El proceso europeo y la paz
La historia de la unión europea comienza por un acto político que tiene como primer objetivo la paz. Condición de esa paz es la reconciliación entre dos enemigos históricos, Francia y Alemania, que en un siglo se habían hecho la guerra tres veces, y por dos veces fueron causa de la devastación del Continente. Con la creación de la Comunidad europea del acero y el carbón (CECA), en 1950, se pretendió elaborar un método capaz de asegurar la paz y la estabilidad en Europa.
El acto de Schuman es un acto a la vez político, ético y espiritual. La propuesta es estrictamente económica, pero en el fondo la motivación es ética: la paz y la reconciliación, pero también la libertad y la solidaridad. El objetivo, así propuesto, no podía recibir una respuesta positiva: al menos en Francia no había disposición para una auténtica reconciliación. Schuman propone una vía prudente e indirecta convencido de que, iniciado el camino, la experiencia podría conducir a la reconciliación y, a partir de ella, a la paz. La perspectiva no era sólo la paz en Europa, sino una paz mundial; e igualmente la solidaridad habría de ser mundial, porque ya en el discurso de 1950, se toma en consideración de manera explícita a los países pobres, de modo más concreto los de África. Fue un acto profético. Schuman y Monet en Francia, Adenauer en Alemania, Spaak en Bélgica, De Gasperi en Italia, se atrevieron a creer que la paz y la reconciliación eran posibles, a pesar de no estar cicatrizadas las heridas del pasado. Porque se atrevieron a creer y se arriesgaron en un camino posible, se consiguió lo que iniciaron.
Este origen, está primera intención se ha borrado de la memoria de muchos europeos, y desde luego de la mayoría de las jóvenes generaciones, las ahora plenamente activas. En los países occidentales este proyecto fundador se ha convertido en algo lejano, ha desaparecido la memoria y el miedo a la guerra, porque la paz entre los países responsables de la guerra se ha establecido con solidez a través de lazos económicos y políticos y por una reconciliación real. En la Europa central el horizonte de la memoria está marcado por la época comunista: ¿cómo manejar políticamente esta memoria? Pregunta crucial en la Polonia actual.
Esta paz se consiguió en una Europa dividida por el Telón de acero. En el Este existía la paz soviética, ausencia de guerra entre los Estados, pero también ausencia de libertad. El imperio soviético felizmente se ha hundido. Se creyó que había llegado una época de prosperidad y de paz. Pero la violencia se desencadenó en los Balcanes, así como en Chechenia. Varios países de la ex-Unión soviética, son hoy auténticos polvorines, en especial la región del Cáucaso. Fuera de Europa, África es le lugar donde se multiplican los conflictos. También en Asia. La guerra ha llevado el caos a Irak, mientras que continúa la violencia en Palestina, donde hoy por hoy las perspectivas de negociación son frágiles y muy inciertas. No se puede excluir que un nuevo conflicto bélico estalle en la frontera de Europa, en Irán, si Estados Unidos o Israel deciden bombardear los lugares nucleares de ese país. Nadie puede hoy asegurar las consecuencias de un tal acto de guerra. En estos lugares, por desgracia, Europa es casi inoperante, incapaz de una voz y una política común. Está políticamente dividida y de hecho, deja las manos libres a los Estados Unidos, que sistemáticamente prefieren sus intereses políticos y económicos a la paz y la estabilidad, confiando en seguida en la fuerza de las armas.
Por otra parte, se han desarrollado los integrismos y fundamentalismos religiosos, en especial en el mundo musulmán, pero también entre los cristianos, sobre todo en Estados Unidos. Son integrismos que alimentan un espíritu guerrero, más o menos mesiánico En algunos países la crispación religiosa va unida a reivindicaciones nacionalistas. En los Balcanes la confrontación violenta de las culturas étnico-nacionales sucede entre tres grandes tradiciones religiosas europeas: católica (o, más ampliamente, latina), ortodoxa y musulmana, con acciones de purificación étnica de todas las partes. La situación no está aún plenamente consolidada. La ampliación de la Unión europea a los países de la antigua Yugoslavia es condición de paz y estabilidad en la región. La candidatura de Croacia ha sido aceptada, pero también se ha de contar con Servia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro y Kosovo, si accede a la independencia. No hay duda de que los países de la Unión están cansados de tanta ampliación. Pero debe estar en el horizonte si se quiere la reconciliación de toda Europa. Queda, sin embargo, una cuestión abierta: ¿cuáles son las fronteras de la futura Unión? ¿Con o sin Turquía?
El proceso europeo significado por la Unión Europea, tiene como original objetivo la paz. Pero también la democracia y el Estado de derecho. La ampliación de las fronteras de la Unión Europea debe estar unida a la perspectiva de establecimiento y consolidación de la democracia y del Estado de derecho en los países europeos anteriormente sometidos al totalitarismo comunista.
Hay que añadir que en el seno mismo de la Unión europea existen conflictos intraestatales de carácter cultural y político que no están aún resueltos. El de Irlanda está en el camino de la reconciliación y del compromiso político. La utilización de la violencia para reivindicaciones nacionalistas o regionalistas se mantiene aún en el País vasco, aquí en España, en Córcega, Francia, y en un país candidato a la unión como Turquía, por el contencioso de Kurdistán.
Respecto a la reconciliación, han surgido nuevas tensiones en el diálogo ecuménico, en particular entre las iglesias de tradición latina, católica y protestante, y aquellas de tradición greco-bizantinas y eslavas, ortodoxas.
La paz: desafío a nuestra predicación
El proceso institucional europeo ha sido capaz de asegurar la paz de los Estados miembros: es un gran éxito, éxito que se amplía en la medida que se consigue ampliar la Unión. La paz sigue siendo una apuesta del proyecto europeo. Iglesias y tradiciones religiosas tienen una responsabilidad importante ante esta apuesta, precisamente por la historia de sus conflictos, de su inmersión en las realidades nacionales y de sus dificultades para entenderse y cooperar unas con otras.
Como religiosos y religiosas tenemos que dar testimonio de que Jesús vino para, a través de muerte en la cruz, destruir las barreras del odio. La reconciliación será siempre un lento y largo camino. Sólo es posible por profetas osados, que creen en ella y la preparan con gestos, a veces modestos, y la siembran en la historia. Las redes que constituyen a las entidades religiosas, dada su implantación internacional, son un factor posible de diálogo, que permite el encuentro, el cambio de la memoria y la reconciliación.
En el ámbito del mundo hemos de apoyar las gestiones dirigidas a continuar la tendencia mayoritaria en Europa, que confía más en la negociación política que en la fuerza de las armas para resolver las situaciones de crisis.
La Unión Europea tiene como divisa: “Unidad en la diversidad”. Divisa que nos invita, como religiosos, como dominicos, a una doble responsabilidad.
En primer lugar hemos, de realizar el trabajo entre nosotros, un trabajo que sea evangélica y políticamente ejemplar: ejercer una capacidad de diálogo dentro de una confianza fraterna, en busca de la verdad en aquello que se refiere, por una parte a nuestra historias pasadas (por ejemplo, la guerra civil española), y por otra al presente de los conflictos políticos con connotaciones nacionalistas (que sé que es muy difícil, por ejemplo, en Bélgica).
Además una responsabilidad de compromiso y de iniciativa en el diálogo ecuménico e interreligioso.
Desde el punto de vista ecuménico, la credibilidad de las Iglesias ha de tener en cuenta: que nuestro discurso sobre la reconciliación y la unión en la diversidad no será escuchado si entre nosotros los cristianos, no somos capaces de manifestar una comunión visible que respete las diferentes tradiciones. La unidad de las Iglesias, según diversas formas posibles, que no se puede reducir a que todas vuelvan al seno de la Iglesia católica, es no sólo un imperativo de la fe, “que todos sean uno”, sino también la mayor apuesta política de hoy.
El diálogo interreligioso, en particular con el Islam, es también urgente: si se quiere evitar el conflicto entre civilizaciones. Aún habiendo cuestiones mayores en el ámbito de lo político, existe una urgencia de diálogo en la verdad, que ha de comenzar en el mismo seno de Europa ante la nueva presencia del Islam entre nosotros.
