Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

Una visión panorámica de América Latina y El Caribe

Aspectos sociales

Atendemos, en primer lugar, a los aspectos sociales y, entre ellos, los de la desigualdad y la pobreza. El índice de Gini, al que vamos a referirnos, es un indicador estadístico de la desigualdad de ingresos que oscila entre 0, que sería la igualdad perfecta, y 100, la desigualdad absoluta. Es sobradamente conocido que una de las características históricas más sobresalientes de América Latina es la acentuada desigualdad en la distribución del ingreso. Pues bien, la situación contemporánea sigue siendo exactamente la misma: todos los países latinoamericanos son más desiguales que el promedio mundial y América Latina es, junto con el África subsahariana, la región del mundo que conoce una mayor desigualdad de ingresos. Mientras que el promedio mundial del índice de Gini para los años 90 fue de 38, el de América Latina fue 55 y llegó a 58 al final de la década.

            Cabe, sin embargo, identificar una leve mejoría en los últimos años. Entre 1999 y 2005 han disminuido las diferencias relativas entre los más ricos y los más pobres en la mayor parte de los países de la región. La relación de ingresos entre el 10% más rico y el 40% más pobre de la población disminuyó entre un 8 y un 23% en Argentina, Brasil, Ecuador, El Salvador, Méjico, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela. No se registraron cambios ni en Chile ni en Costa Rica, mientras que Colombia, Honduras, Uruguay y República Dominicana conocieron aumentos de la desigualdad entre esos dos sectores que en algún caso alcanzan el 12%. Nuestra República Dominicana, en efecto, tiende a una mayor desigualdad de ingresos: mientras que en el período 1998-99 su índice de Gini fue de 55, en los años 2003-2005 fue de 57.

            Insistimos: la mejoría distributiva que muestra el panorama general es muy leve. La desigualdad actual sigue siendo muy acentuada, como lo muestran estas dos series de datos. En primer lugar: el 20% más rico recibe el 54% del ingreso; el 20% más pobre un 5%; el 60% restante el 41%. En segundo lugar: el 10% más rico de la población percibe 30 veces el ingreso del 10% más pobre.

            Veamos ahora qué hay de la pobreza, cuya definición y medición siempre representan un problema. Aquí adoptamos el método de la CEPAL, técnicamente complejo, pero que, grosso modo, consiste en establecer, a partir de los ingresos de los hogares, su capacidad para satisfacer, por medio de la compra de bienes y servicios, un conjunto de necesidades alimentarias y no alimentarias consideradas esenciales. Conduce a definir como pobres aquellos hogares que tienen que gastar más de la mitad de sus ingresos sólo en la canasta básica de alimentos.

            Es conocido que en los años 80 se asistió en América Latina a una extensión tanto de la pobreza como de la indigencia, es decir, la extrema pobreza. En 1980 la pobreza afectaba al 21,9% de la población y en 1990 al 25,8%. La indigencia, por su parte, pasó de un 18,6% a un  22,5%. Los años 90 mejoraron ligeramente la situación en términos porcentuales: el porcentaje de pobres en 2002 era de 24,6% y el de indigentes 19,4%. Debido a la expansión demográfica, se produjo, eso sí, un empeoramiento en términos absolutos, pasando de 190 millones de pobres e indigentes en 1990 a 224 millones en el 2002.

            En los años más recientes se ha continuado esa tendencia hacia el mejoramiento porcentual. Las últimas estimaciones disponibles, referidas al 2005, indican que en ese año la pobreza descendió levemente, situándose en 24,4%, pero la indigencia lo hizo más fuertemente, hasta 4 puntos porcentuales (15,4%). Ahora bien, la gran novedad del período 2002-2005 es que en él se han registrado disminuciones consecutivas del número absoluto de pobres e indigentes. Es verdad que se trata de pequeñas disminuciones, pero el hecho no tiene precedentes en la región. Las mejoras más notables en este último cuatrienio se presentaron en Argentina y en Venezuela. En el otro extremo se encuentran República Dominicana y Uruguay, con un notable deterioro entre 2002 y 2004, y con una leve mejoría entre 2004 y 2005 en ambos casos.

            No obstante, esos alentadores progresos recientes, que cabe atribuir tanto a la recuperación del crecimiento económico como al cambio distributivo ocurrido en algunos países, no deben ocultarnos que los niveles de pobreza de la región siguen siendo muy elevados. Todavía hoy son más de 200 millones las personas que viven en pobreza o en indigencia.

            A continuación pasamos revista rápidamente a algunos de los temas siempre sensibles en la descripción de una situación social: empleo, salud y educación.

            El tema del empleo, en efecto, tiene una importancia fundamental, dado que el trabajo es un mecanismo clave de inclusión social. En la década de los 90 aumentó el desempleo, aunque se conoció un pequeño avance en la tasa de ocupación, que incluye a asalariados e independientes: pasó de 59,8% de la población activa en 1990 a 61,2% en 2002. Se extendió el empleo informal, de tal modo que el 70% de los nuevos empleos correspondieron al sector informal. Y se extendió también el empleo desprotegido, hasta el punto de que el 60% de los empleos generados en el sector formal no tuvieron acceso  a ningún tipo de cobertura social (salud, pensiones, sindicación, etc.). Cabe también señalar que se estancaron o deterioraron las remuneraciones en términos reales, es decir, el poder adquisitivo de los salarios.

            Durante el último cuatrienio ha tenido lugar una aceleración del incremento de la tasa de ocupación, que ha pasado de 61,2% en el 2002 a 63,3% en el 2005. Ahora bien, a diferencia de lo sucedido en el anterior período, esta vez ha incluido una recuperación del empleo. Tal recuperación ha beneficiado particularmente a los jóvenes, aunque su tasa de desempleo sigue siendo muy superior a la media, y ha beneficiado más a los varones que a las mujeres, a pesar de la inferior tasa de empleo conocida por éstas al comienzo de este período de recuperación. Sigue sucediendo, con todo, una gradual incorporación de las mujeres al mercado de trabajo: hemos pasado de un 29% en 1990 a un 36% en 2005. Está reduciéndose, por lo demás, su disparidad de ingresos por relación a los varones, pero sigue siendo sustancial.

            Valga también decir que esa recuperación del empleo que destaco se ha visto acompañada en varios países por un aumento de los salarios reales. El salario medio registró un pequeño aumento, creciendo a una tasa media anual de un 0,9% en el trienio 2003-2005. Esto, añadido a las reducciones -aunque ligeras- de la desigualdad y de la pobreza, confirma que los últimos años han sido los de mejor desempeño social de América Latina desde 1970.

            En cambio, esa última recuperación del empleo y en parte de las remuneraciones no se ha visto acompañada por un cambio significativo en la calidad de los nuevos puestos de trabajo. Los actuales niveles de cobertura social de los empleados no permiten avanzar hacia la constitución de una modalidad universal de jubilaciones y pensiones que otorgue prestaciones mínimas y adecuadamente financiadas a largo plazo. Casi 1 de cada 3 de los nuevos asalariados urbanos no consiguieron empleos con prestaciones sociales. Se puede afirmar que no ha tenido lugar un cambio significativo de tendencia en el conjunto de la región en lo relativo a la calidad del empleo.

            También en el ámbito de la salud se pueden identificar algunos pequeños avances recientes. La desnutrición infantil, por ejemplo, ha retrocedido unos 5 puntos porcentuales desde comienzos de los 90, pero sigue afectando al 16% de la población menor de 5 años, unos 9 millones de niños. En lo que respecta al conjunto de la población, hay que decir que más de 52 millones de personas padecen hambre o desnutrición. Eso a pesar de que la producción de bienes e insumos alimentarios de la región triplica las necesidades de la población.

            Se ha reducido igualmente la mortalidad infantil, entendida como la probabilidad de fallecimiento antes del primer año de vida. Se ha pasado de 56 muertes por cada mil nacidos vivos durante el quinquenio 1980-90 a 28 para el período 200-2005.

            Si recurrimos a un indicador altamente sintético para el conjunto de la población, como es la esperanza de vida, encontramos reflejada esa misma tendencia positiva de la salud. Se ha pasado de una edad media de 67 años en el período 1985-1990 a 72 en el quinquenio 2000-2005. Sobra decir que en todos estos indicadores nos encontramos significativamente peor que los países ricos.

            Digamos algo sobre educación. En primer lugar, que la tasa de analfabetismo tiende a la baja en todos los países. En 1980 la media latinoamericana era del 22%, pero en la actualidad todavía supera el 11%. Igualmente se registran progresos en las tasas de escolarización, alcanzando el 92% para la primaria y el 55% para la secundaria. Tales datos deben ser tomados con un optimismo muy moderado, pues también sabemos que el promedio de escolaridad en la región no alcanza los 6 años, lo que se sitúa muy por debajo de los países ricos y las economías emergentes. No es menos cierto que la calidad habitual de los sistemas educativos es muy deficiente, hasta el punto de que, según un estudio de la UNESCO, casi la mitad de los alumnos latinoamericanos, aunque estén alfabetizados, no tiene capacidad real de entender lo que leen.

            Este panorama social debería ser completado con referencias a otras precariedades y problemas padecidos por sectores sociales específicos. Piénsese, por ejemplo, en la violencia vivida diariamente por muchos millones de mujeres o, en el caso de los niños, en el tráfico de personas, en los abusos laborales y en la pornografía infantil.