Oración en Santo Domingo el Real de Toledo

 “Todo es interesante en esta santa casa. Extendido el convento en amplio perímetro formado por varios edificios de época y construcción distinta, se encuentra con ejemplares variadísimos de todos los estilos y principalmente sometidos a los efectos de hondísima emoción. Como consecuencia del abigarrado conjunto, nada se presenta armonizado en la variedad de sus patios y en las líneas generales de los aposentos; la policromía abunda en la techumbre de aquellos y estos, pero sin complicaciones, dada la sencillez de la composición, que por sus rasgos y colores recuerdan los tiempos del goticismo tan extendido en la decoración de la casa toledana, prescindiendo de otros monumentos.

Un espíritu intensamente religioso lo invade todo; intensa la emoción desde el momento que se descorre el velo de la claustra, se acrecienta al desfilar por pasillos y patios variadísimos y adentrarse por las habitaciones del Monasterio”1.

Así terminaba el dominico Luis Vidal Gómara2 al acabar su trabajo sobre Santo Domingo el Real; lo hace con la impresión de D. Elías Tormo y Monzó en su informe para la declaración de Monumento Nacional, hoy Bien de Interés Cultural (BIC). Han pasado los años y también ha cambiado la distribución de algunas dependencias del monasterio, pero aún perdura esa sensación de silencio y misterio que la leyenda ha adornado con un tono de romanticismo.

En la plaza de la Iglesia se inspiraba Gustavo Adolfo Bécquer y en una de sus leyendas, Las Tres Fechas, plasmó este sentimiento. Hoy, una placa adosada a la pared del coro3 recuerda su paso por estos silenciosos pasajes que invitan a la oración y a la contemplación. Muchos son los que a lo largo de los siglos han escuchado el canto litúrgico de las monjas desde la plaza de Santo Domingo el Real.

El Vizconde de Palazuelos en su Guía Artístico Práctica comienza así hablando de este monasterio: “Pocos serán los sitios de Toledo, tal vez ninguno, que encierren tanto carácter de época, conviden a la meditación y leven tanto el pensamiento a otras edades, como esta solitaria plaza en que está situado el convento de Santo Domingo. No es posible hallarse en ella, tan apartada de todo tránsito, sin repetir involuntariamente la frase estampada sobre el dintel de la puerta de la iglesia: Vere Dominus est in loco isto4.

Sí, efectivamente, Dios está aquí, en este rincón de Toledo donde tradición, leyenda e historia se han conjugado a lo largo de más de seiscientos años y sin interrupción. Han sido muchas sus moradoras, algunas de ellas no eran monjas, como en el caso de Santa Beatriz que estuvo aquí más de treinta años en calidad de pisadera. Todas intentaron vivir de cara a Dios aunque fuera distinta su situación social y su importancia dentro de la misma comunidad.

¿Cuál ha sido nuestra misión a lo largo del tiempo? “Nuestra misión es rezar, como la de una lámpara es alumbrar. A nadie se le ocurriría encender una lámpara para alumbrar a otra”.5 En palabras de Bernanos “no somos una empresa de mortificación ni conservatorio de virtudes, somos casas de oración; sólo la oración justifica nuestra existencia; el que no cree en la oración, sólo puede considerarnos como impostoras o parásitos”6. Incluso todo es un misterio para nosotras mismas, aunque lógicamente tiene sentido porque estamos iluminadas por el don de la fe y ésta hace que vivamos nuestra vida con ilusión y entrega. Pero para muchos observadores, ¿qué sentido tiene nuestra vida? “No muere cada uno para sí mismo, sino los unos por los otros, o quizás unos en el lugar de otros, ¿quién sabe?7.Nuestra vida tiene sentido en función de los demás, no solo de las nuestras propias. A este propósito, en nuestras Constituciones podemos leer: “En la quietud y en el silencio, busquen asiduamente el rostro del Señor y no dejen de interpelar al Dios de nuestra salvación para que todos los hombres se salven”8.

Tanto en el coro como en la Iglesia hay una serie de cartelas que nos recuerdan continuamente nuestra misión, el sentido de nuestra vida, la importancia de esta casa como lugar de oración. Entrando a la iglesia, pasando de la luminosa claridad de la Plaza del Silencio9, nos encontramos con un espacio amplio cubierto por una bóveda pseudo elíptica donde podemos leer la siguiente leyenda:

ELEGI LOCUM ISTUM MIHI IN LOCUM SACRIFICII, OCULI QUOQUE MEI ERUNT APERTI ET AURES MEE ERECTE AD ORATIONEM EIUS. QUI IN LOCO ISTO ORAVERIT.SANCTIFICAVI ENIN LOCUM ISTUM UT SIT NOMEN MEUM IBI IN SEMPITERNUN ET PERMANEANT OCULI MEI ET COR MEUM IBI CUNCTIS DIEBUS. – Z, PARALI 7.10

Es una invitación a entrar en terreno sagrado, al igual que Moisés cuando estaba delante de la zarza ardiendo. El ambiente de recogimiento que se nota en esta iglesia invita ya de por sí a la oración. El silencio hace más fácil la comunicación con Dios, así como la gran cantidad de obras de arte distribuidas por el amplio recinto. Prácticamente todo lo que se puede apreciar es del siglo XVI en adelante debido a la reforma realizada por doña Ana Duque, priora del monasterio y gran mecenas del mismo. Cuenta de ella el cronista de la Orden fray Juan López11 que entró muy jovencita en el monasterio y desempeñó con mucha humildad los oficios de la cocina y del refectorio y los otros del convento. Fue seis años priora y en este tiempo fue cuando hizo las grandes reformas del coro y la iglesia. Tenía continua oración tanto de día como de noche y siendo de más de ochenta años se levantaba a Maitines y se quedaba en el coro orando hasta la hora de Prima. Tuvo espíritu de profecía, con el cual dijo muchas cosas antes de que sucediesen. Ella, en su humildad les daba el nombre de sueños a lo que eran revelaciones y como tales los refería. Después, el tiempo declaraba lo que eran. Todo el tiempo libre que le quedaba lo gastaba en presencia del Santísimo. Al igual que Santo Domingo, se puede decir que solo hablaba con Dios o de Dios.

El otro espacio de oración del monasterio es el coro, en el cual se conjugan armoniosamente el mudéjar y el renacimiento. Siguiendo insistentemente en la idea de la oración y de la presencia de Dios en el recinto, encontramos en la nave de la Virgen de la Encarnación o del Evangelio, dos puertas de acceso al coro; en la que comunica el Palacio con el coro se lee la inscripción en letras capitales: VERE DNS EST IN LOCO ISTO –VERE D(omi)N(u)S EST IN LOCO ISTO- (Realmente Dios está en este lugar), que nos recuerda la de la entrada a la Iglesia, aunque de época diferente, pues estas puertas pertenecen a la reforma que hizo la priora Catalina de Castilla, nieta del rey Pedro I de Castilla, a mediados del siglo XV.

La otra inscripción de la puerta del final de la nave dice: DOM’ MEA’ DOM’ ORONIS –DOM(us) MEA DOM(us) ORA(tio)NIS- (Mi casa es casa de oración). Nunca se podrá olvidar que el recinto es sagrado y que está dedicado al culto y a la oración. Así se ha vivido a lo largo de la historia del monasterio.

Una forma de oración es el afán de dotar de gran cantidad de obras de arte en un espacio dedicado al rezo del Oficio Divino y a la oración personal que cada monja diariamente hace. Dan un ambiente de recogimiento, de poder posar la mirada en los misterios de la vida de Cristo y de sus santos. También se contempla a través de las obras la fede los artistas que trabajaron en embellecer este monasterio. Hay detalles en retablos y pinturas que se encuentran a gran altura que son imposibles de apreciar a simple vista y que ahora, gracias a la tecnología se han podido conocer y esto lleva a pensar que trabajaban por amor a Dios, pues en la época en que trabajaron, no pensaron que esos detalles se pudieran conocer ni apreciar a simple vista. Cuidaban con mimo los adornos dando pinceladas en sus obras que hacían de éstas una oración y que solo conocerían Dios y ellos, aunque se supone que las monjas que habían encargado la obra la verían en todo su esplendor y todos sus detalles.

¿Leyendas en el monasterio? Hay muchas, algunas graciosas e ingenuas, otras piadosas. ¿Hubo algo de verdad en ellas? Vamos a pensar que las leyendas fueron alguna vez historia y que con el correr de los años no se sabe ya qué fue la realidad y qué lo que se ha ido añadiendo al suceso original. Fray Juan López el que nos vuelve a narrar la vida de doña Francisca Gudiel12, monja con la que comienza al hablar del convento y dice de ella que era natural de Talavera. Vivió en el monasterio muchos años, pues murió a los ciento diez años, llevando una vida santa y sacrificada. Era una gran bordadora e hizo muy ricos ornamentos para el culto. Por entonces venían al monasterio muchos bordadores a las llamadas Salas de la Labor, en la parte meridional del monasterio. Un día doña Francisca estaba señalando a un bordador lo que tenía que hacer y para esto sacó una mano, que según decían, las tenía muy bonitas. Él le dijo: Qué linda mano, Dios la bendiga. Al punto se fue y se las lavó con tinta tantas veces veces, que se le quedaron con muchas manchas. No quiso ser ocasión de caída para nadie por la belleza del cuerpo, en este caso de las manos, pues iba cubierta la cara con un velo. Fray Juan sigue relatando las virtudes heroicas de doña Francisca. ¿Ocurrió? No lo sabemos. Sí que hay algún dato en el relato que resulta extraño. En la documentación del monasterio no aparece para nada esa actividad de bordado y dada la época de mediados del siglo XVI es difícil de comprender que hubiera una especie de taller de bordado dentro del monasterio. También ha llamado a engaño lo de Las Salas de la Labor, que Sierra Corella situó en el dormitorio de las monjas y donde no había ni una sola ventada por la que entrara la luz. ¿Leyenda, realidad? Nos quedamos con que Francisca Gudiel solo quería agradar a Dios y no a ningún hombre y que quería ofrecer a su Señor todo su ser.

Otra leyenda curiosa es aquella en que Santo Domingo se apareció a dos monjas parlanchinas, en la llamada “Claustra”, en la parte alta del pasadizo que hizo Monegro partiendo el Patio del Moral, después de tocar a silencio profundo. Ellas no hicieron caso de la campana y continuaron su diálogo, pero oyeron unas palmadas y al volver la vista hacia donde sonaban, vieron a Santo Domingo pero tal como aparece en el retablo que está en la nave de la Epístola, la imagen central que es de alabastro. Desde entonces hasta ahora, algunas veces cuando se toca a silencio profundo se dan tres palmadas.

Hay otra anécdota en la que se muestra el cuidado de Santo Domingo por este monasterio es esta otra tradición en que aparece con el mismo aspecto que en el anterior relato, pero esta vez paseando por La Granja, la calle a la que da la huerta. El motivo era que se había caído el muro y él vigilaba para que no entrara nadie.

Hay una preciosa talla llamada Cristo de las Aguas. Nos hallamos probablemente antela mejor imagen de Cristo crucificado gótica que se conserva en la ciudad de Toledo. Los nombres de Cristo de las Aguas o de Arriba, tienen orígenes muy curiosos. El primero según una tradición conventual, se debe a que la imagen, junto con otras dos, también de Cristo crucificado, vinieron en una gran caja por el río Tajo. Al embarrancar, se abrió la tapa y nuestro Cristo tenía un rótulo que designaba que era para el convento de Santo Domingo el Real. Los otros dos, uno para la parroquia de la Magdalena, también en Toledo y otro para la de San Millán, está en Madrid.13 El segundo de los nombres proviene del lugar donde estaba depositada históricamente la santa imagen. Durante siglos el Cristo presidió la Sala de Ejercicios en la nave más alta del claustro del Moral, lugar escogido por la comunidad para hacer penitencia y rezar en Miserere los viernes de cuaresma.

La noticia más antigua que de la imagen se conserva se remonta a inicios del siglo XVII, y más concretamente a la crónica del obispo de Monópoli, el cual al hablar de la casa enuncia cómo “ay assi mismo en este convento un Christo crucificado, con quien se tiene mucha devoción” por el cual las monjas habían recibido algunas mercedes que quedan consignadas por el historiador14.

Solo otro relato curioso y es el del Niño de la Virgen de la Encarnación. Doña Francisca Gudiel pidió una Bula a Pío IV15 para que se celebrara en el monasterio como Jubileo la fiesta de la Encarnación, retablo que ella misma costeó y que se encuentra en la Nave del Evangelio. Al ser la Virgen de la Encarnación no tenía que llevar Niño Jesús, pero entonces apareció en el torno un Niño que se parecía extraordinariamente a la Virgen y las monjas no lo pensaron dos veces. De hecho, exceptuando el manto de oro para la fiesta del 25 de marzo, el Niño tiene las mismas ropas que su madre. Lo curioso del Niño es que tiene la misma sonrisa que la Virgen y desde luego se ignora su procedencia y el material de que está fabricado, pues no es marfil, no es alabastro… Otro misterio.

Tuvimos un ilustre vecino y parece ser que amigo también, fray Gabriel Téllez, mercedario más conocido como Tirso de Molina, cuyo convento estaba pegado al nuestro. Debió tener bastante relación con este monasterio y sentir por él aprecio y cariño, pues le cita al menos en dos de sus obras. Una de ellas, La Santa Juana, Primera Parte hay un diálogo entre San Francisco, Santo Domingo y la Santa Juana. Ambos santos invitan a Juana a que entre en sus respectivas órdenes. Santo Domingo le dice así: El gran padre San Francisco, a quien por hermano tengo, y yo, Juana, competimos con amorosos extremos sobre cuya hija has de ser; yo, en mi favor alego por ser mía pretendiste en mi amado Monasterio El Real, que ilustra mi nombre y tanto estima Toledo, y a quien tan devota fuiste. Sigue Santo Domingo, Niña, mi hábito recibe. Ya ves los santos que dieron hoy al mundo de mi orden. Ya sabes lo que te quiero. Este escapulario blanco es de la pureza ejemplo que a Dios su virginidad consagra. El hábito negro es el luto por el mundo, pues que para ti ya es muerto. La devoción del rosario que ves adornar mi cuello, de mi Orden es. ¿Qué aguardas? Paga el amor que te muestro con tomar mi hábito santo16. Juana acabó yéndose con San Francisco, pero parece ser que tuvo una tía monja en este monasterio, aunque documentalmente no se la puede localizar. Los libros de profesiones y defunciones empezaron a escribirse a finales del siglo XVII y por lo tanto hay muchas monjas que nunca conoceremos.

Otra obra de Tirso de Molina, es Doña Beatriz de Silva. Estamos en el primer cuarto del siglo XVII en que está abierto el proceso de beatificación de Beatriz y las monjas de Santo Domingo el Real aparecen como testigos en esta causa. Sería en estas fechas cuando fray Gabriel visitaba nuestro monasterio y participaba del entusiasmo del momento haciéndose eco en esta pieza del ambiente que vivía en Toledo y la comunidad de dominicas de Santo Domingo. En la obra de teatro, la dama Beatriz escribe una carta a la reina Isabel, segunda esposa de Juan II: «Sospechas de Vuestra Alteza y desengaños míos (en tres días que estuve sepultada) me enseñaron los peligros de Palacio, pues al cabo de ellos podré afirmar que resucité al tercero día. Ya, pues, que lo estoy determino huir segundos riesgos en la quietud de un monasterio; para mi propósito ninguno mejor que el de Santo Domingo el Real de Toledo, donde tengo parientas y noticia de la santidad con que se vive. Retírome a él sin licencia de Vuestra Alteza, por dificultad de alcanzarla; pero con la obligación perpetua de pedir al Cielo toda mi vida prospere la de Vuestra Alteza y la del Rey, mi señor, en cuya compañía goce años felices esta Corona y después eterna, etc.-Doña Beatriz de Silva17

En su camino de huida a Toledo, doña Beatriz se encuentra con dos frailes menores, uno de ellos es el mismo San Antonio que viene a consolarla. Comienza este diálogo entre el santo y la dama18.

BEATRIZ: En fe de esto he de encerrarme/ con sus esposas divinas/ en Santo Domingo el Real,/ si puedo, este mismo día.

ANTONIO: De Santo Domingo el Real/ saldrás a empresa tan digna/ de la honra de su madre/ que, no en vano determina/ que en Santo Domingo empiece/ Religión que Dios fabrica/ a la pura Concepción,/ porque la honre su familia. Tendrás mil contradicciones;/ pero siendo defendida/ por Fernando e Isabel/ luz de Aragón y Castilla.

A propósito de todo esto, quisiera hacer notar que tiene el monasterio un privilegio de la reina Isabel para la celebración de la fiesta de la Concepción19, algo inusual en un convento de dominicas, pues por principio los dominicos no eran inmaculistas. Está fechado en 1477, cuando aún estaba Santa Beatriz entre nuestros muros. La misma fiesta aparece en el cuadro de dotaciones de misas que hay en el archivo. Un detalle que tuvo la Reina Católica con nosotras y que ahora se lo devolvemos prestando este documento y algún otro más, junto con el Cristo de Antequera, un cáliz gótico y El Chinito, la imagen relicario de Santo Domingo, para la Exposición sobre Isabel la Católica en la Catedral de Toledo.

Pero resumiendo, ¿qué queda de tanta gloria y fama tan lejanas? Una comunidad que intenta vivir cada día con ilusión su misión en la Iglesia y en la Orden de Predicadores. Quizá como decía San Pablo a los Corintios, no hay grandes personajes entre nosotras, sino gente humilde y sencilla que ha elegido Dios para vivir en su casa. Ya no se disputan las grandes familias de la nobleza la entrada de sus hijas entre nuestros muros. Ahora sufrimos la escasez de vocaciones, pero no está bien decir que “sufrimos”, sino mejor dicho “vivimos”. Lo importante no es el número de monjas, aunque lógicamente para un monasterio tan grande se echan en falta, lo importante es vivir con ilusión cada día, cada momento que se nos va presentando, cada acontecimiento que nos regala Dios y en los que vemos su mano protectora.

La fuerza de nuestra vida la encontramos en la oración, en el contacto continuo con el Señor. Ciertamente el ambiente favorece nuestra vida, pues todo respira religiosidad, recogimiento, deseos de alabar a Dios. Es un gran don ser cristiana, ser monja contemplativa dominica y vivir en Santo Domingo el Real.

Sor María Jesús Galán


1 TORMO , E. “Cuatro Monumentos de Toledo” Boletín de la Academia de Bellas Artes de San Fernando Madrid 1934
2 VIDAL GÓMARA, L. Los dominicos y el Arte. Santo Domingo el Real.Cuaderno 7º. Madrid 1925
3 BÉCQUER, G. A. Rimas y leyendas Biblioteca Edad de bolsillo. Págs.215-234. En la placa se lee: LEYENDAS TOLEDANAS “LAS TRES FECHAS” La mirada y el saludo furtivo de una joven desconocida enamoraron a Bécquer… La abadesa la vistió el hábito y se adentró, para siempre tras la puerta claustral. Tertulia Zocodover. 2001
4 PALAZUELOS, Vizconde. Toledo Guía Artístico Práctica,pág. 851. Toledo, 1890
5 BERNANOS, G. Diálogos de Carmelitas, pág. 47. Ediciones Encuentro 1992
6 Ídem. Pág. 49
7 Ídem. Pág. 79
8 Libro de las Constituciones de las Monjas de la OP. Pág. 61
9 Título de una canción compuesta por las monjas.
10 He elegido para mí este lugar en el del sacrificio, y mis ojos estarán abiertos y mis oídos atentos a la oración de aquel que orare en él. Porque he santificado este lugar para que esté aquí mi nombre para siempre, y continúen fijos en él mis ojos y mi corazón en todo tiempo.II Paralipómenos, 7
11 LÓPEZ. J. (Obispo de Monopoli) “Historia de Stº. Domingo y suOrden” Libro 1º de la 3ª Parte. Valladolid 1613 pp. 343-344.
12 LÓPEZ. J. (Obispo de Monopoli) “Historia de Stº. Domingo y suOrden” Libro 1º de la 3ª Parte. Valladolid 1613 pág. 342
13 A.S.D.R. Crónica de la M. Patrocinio. Pág. 26
14 LOPEZ, Fr. J. (Obispo de Monópoli). Historia de Santo Domingo… Pág. 345
15 A.S.D.R. Doc. 1232
16 Tirso de Molina, La Santa Juana, Primera Parte.
17 Tirso de Molina, Doña Beatriz de Silva. Escena VI, 680
18 Tirso de Molina, Oc. Escena IX, 840-850, 885-890.
19 A.S.D.R Doc. 1137. Carta de privilegio de la reina Isabel otorgando al convento de Santo Domingo el Real para que tenga cargo en cada año por el día y fiesta de la Concepción de Nuestra Señora del mes de diciembre de celebrar la dicha fiesta diciendo vísperas con su vigilia y misa solemnemente en memoria de su esposo y de ella y es su merced tenga el dicho convento 20.000 maravedíes con el dicho cargo situados en las rentas de las alcabalas de Toledo.