A través de esta vida de estudio y de la lectura crítica de la realidad, podemos ser signos de libertad frente a las ideologías de moda
Cap. Ávila 1986

Los lemas y la Biblia

Los lemas ofrecen un interesante tema de reflexión, pues son breves y estimulan el pensamiento. Comencemos por el lema de los benedictinos. Su Orden no nació con un lema, pero en el transcurso del tiempo llegaron a adquirir al menos uno: Quaerite faciem eius semper, "buscad siempre su rostro". Procede de los salmos, como conviene, dado que los monjes recitan semanalmente todo el salterio. El lema expresa la búsqueda de Dios y el deseo del monje de vivir con Él, en un amor espiritual. Su fuente se encuentra en el salmo 104, versículo 4, que debe ser cotejado con Sal 24,6 ("Éste es el grupo que busca al Señor") y 26,8 ("Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro"), según la numeración hebrea.

El lema de los jesuitas es muy conocido: Ad maiorem Dei gloriam, A.M.D.G., "(hacedlo todo) para la mayor gloria de Dios". Hace mucho tiempo, Pablo exhortaba a la cristianos de Corinto diciéndoles: "Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para mayor gloria de Dios" (1 Co 10,31). Y la primera carta de Pedro (4,11) añade: "Si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo". Esta referencia añade una nota cristológica importante, que conviene a una orden llamada "Sociedad de Jesús". Lo que falta, no obstante, es el magis (el más), característico del ejercitamiento de la voluntad en San Ignacio de Loyola, a fin de que ésta dé su todo, e incluso más. Podemos encontrar esta especificación en la magnífica oración de San Pablo: "Que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento" (Fil 1,19). Dice también: "Os exhortamos, hermanos, a que continuéis practicándolo más y más" (1 Tes 4,10).

 

VÉRITAS, lema de los dominicos y de Harvard

Si dirigimos ahora nuestra mirada hacia los tres lemas dominicanos, nos encontramos en primer lugar con VÉRITAS (la Verdad). Es un tema que encontramos especialmente en San Juan (y en San Pablo) dentro del Nuevo Testamento, aunque está presente en todo él, excepto en el Apocalipsis (donde, sin embargo, el adjetivo alethinos, "verídico", se encuentra diez veces). Hay que decir que, entre los numerosos textos que han podido inspirar esa selección de los dominicos de aquella época (queremos ser selectivos), un punto de partida evidente es el versículo que une verdad y libertad: "Vosotros conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8,32). Este versículo tiene raíces fuera de la Biblia, en la filosofía estoica; más tarde será un texto apreciado por la "Filosofía ilustrada". Thomas Jefferson, por ejemplo, lo eligió como inscripción (en griego) para el pórtico de entrada de la biblioteca de la Universidad de Virginia, cuyo programa académico y diseño arquitectónico habían sido establecidos personalmente por él.

Veritas es un lema que la Orden legó a la Universidad de Harvard, en Cambridge (Massachusetts), aunque de modo indirecto. He aquí cómo. La casa de los dominicos ingleses de Cambridge, o Blackfriars, había sido fundada en 1238. Durante la Reforma, los frailes fueron expulsados, y el edificio pasó a llamarse Colegio del Emmanuel. A lo largo de los siglos XVI y XVII, ese colegio se convirtió, en la variedad del protestantismo inglés, en un colegio puritano. Conservó el lema dominicano Veritas. Algunos de sus graduados se encontraron entre los Padres Peregrinos que, en tiempos de la persecución real, se refugiaron en Massachusetts y fundaron en 1634 la Universidad de Harvard en una ciudad que llamaron Cambridge, en los alrededores de Boston. Dieron a la universidad (que inicialmente era un modesto colegio) el lema que habían heredado del Colegio del Emmanuel en Cambridge, Inglaterra. Es así como Harvard y la Orden dominicana llegaron a compartir un mismo lema.

En la base de la Constitución de los Estados Unidos

El vínculo que establece San Juan (8,32) entre verdad y libertad es importante en un contexto dominicano a causa de la naturaleza de nuestras Constituciones, signo temprano de la democracia representativa. Los frailes eran libres para elegir a sus superiores, así como a los delegados en el capítulo provincial y en el general. Según una obra de sir Ernest Barker, especialista inglés en ciencias políticas, esas Constituciones fueron estudiadas por el entonces arzobispo de Cantorbery, Stephan Langton (vivió entre aproximadamente 1150-1228), que las tomó como modelo para la Convocatoria (Sínodo) de la Iglesia de Inglaterra. (En razón de su influencia sobre la Carta Magna, Langton es llamado el Padre de las libertades inglesas.) Cuando la Inglaterra de la Edad Media se esforzó en proyectar la Cámara de los Comunes como futuro Parlamento (frecuentemente llamado “madre” de todos los posteriores parlamentos), se tomó el modelo de la Convocatoria. Y así fue como las Constituciones de los dominicos contribuyeron a la formación del primer parlamento de Europa (ver Ernest Barker, L'Ordre dominicain et la Convocation, Londres 1913). Cuando en 1554 los protestantes reformados de Francia se reunieron por primera vez en Sínodo nacional, también ellos tomaron como modelo las Constituciones de los dominicos (ver J.T. McNeill, Histoire du calvinisme, New York, 1954.) El modelo británico influyó en la formación de la democracia estadounidense, así como en la de las otras colonias británicas anteriores.

Predicar sin desvariar

Consideremos aún algunos otros textos bíblicos. Regresemos, nuevamente en San Juan, a la oración de Jesús por la unidad: "Conságralos en la verdad: tu palabra (logos, ¿Cristo?) es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al  mundo. Y por ellos me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la verdad" (Jn 17,17-19). El Cristo de Juan ruega dos veces para que sus discípulos sean consagrados en la verdad. Para Juan, esta verdad es una persona, el propio Cristo, revelación definitiva del Padre. El versículo intermedio habla de misión, de evangelización. Jesús es enviado al mundo por su Padre. Cuando él se prepara para dejar este mundo, ruega para que su misión sea prolongada, en el espacio y en el tiempo, por sus discípulos. Esta idea de una misión para proclamar y testimoniar la verdad es la que impide que los versículos próximos sucumban a una inercia intemporal y estática. El conjunto del pasaje puede aplicarse a todos los discípulos de Cristo, pero se aplica particularmente a los dominicos en razón del acento específico de su vocación de predicadores. A esto podemos añadir la afirmación de Jesús ante Pilatos: "Para esto he nacido yo y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad" (Jn 18,37). Tomás de Aquino, en su pequeña autobiografía al comienzo de la Summa contra Gentiles (1,2), aplica ese versículo a su propia vocación y para definirse a sí mismo. ¡Pues nada, manos a la obra!

Mencionemos aún el texto de Efesios 4,15: "Siendo sinceros en la verdad y el amor, crezcamos en todo hasta Aquel es es la Cabeza, Cristo..." (La Vulgata traduce el participio introductorio por "haciendo la verdad", lo cual pone el acento más bien sobre el acto moral que sobre la predicación.) Aquí la misión de anunciar o de predicar la verdad, que es la misión central de los dominicos, es puesta en contacto con ese valor esencial del cristianismo que es la caridad, añadiéndole una relación con el proceso de maduración psicológica y espiritual. Predicar el evangelio de la verdad debe integrarse con esos otros valores, si no se quiere desvariar y terminar en una academicismo estéril e inhumano.

 

CONTEMPLAR Y PROCLAMAR

Llegamos ahora al segundo lema: Contemplari et contemplata aliis trádere, "contemplar y dar a los otros el resultado de nuestra contemplación". La fuente es bien conocida. La fórmula procede de Tomás de Aquino, en su breve tratado sobre el proyecto de vida dominicana (Summa theologiae II-II, q. 188, a. 6): "¿Es superior una Orden religiosa dedicada a la vida contemplativa a aquella otra que se consagra a las obras de la vida activa?". Santo Tomás responde: "Es más perfecto comunicar a los otros lo que se ha contemplado que únicamente contemplar". Esto es muy conocido, pero hasta el momento presente no se ha buscado el fundamento bíblico de este ideal de vida. El propio Tomás no cita ningún texto bíblico para apoyar su postura. Pero está impregnada de literatura joánica. Resulta evidente, cuando las cosas se ven detenidamente, que la célebre fórmula de Tomás no es sino una condensación, quizás inconsciente, de los versículos que abren la primera carta de Juan: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida -pues la vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y que se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn 1,1-3). Tenemos ante nuestros ojos los elementos esenciales de la fórmula de Santo Tomás: contemplación y proclamación, en este orden. Ni Tomás ni Juan utilizan aquí la palabra técnica para referirse a la predicación, Keryssein, pero el sentido está claro.

Juan Bautista como modelo

Otro pasaje que puede aportar alguna luz a este lema es del Benedictus (Lc 1,76-79), donde Zacarías se dirige directamente a Juan Bautista: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos (cf. Lc 3,4 y Is 40,3) y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de los pecados..., a fin de iluminar a los que se hallan sentados en tinieblas y sombra de muerte y guiar nuestros pasos por el caminos de la paz". Este pasaje puede ser aplicado a todo predicador de la salvación. Los primeros dominicos consideraban a Domingo como un nuevo Bautista, un predicador cuya tarea consistía en llamar al pueblo a arrepentirse y a preparar el camino para que los hombres pudiesen acoger a Cristo en su vida. (La reflexión previa o contemplación puede encontrarse en el versículo 66, así como en Lc 2,19 y 2,51.) Cada dominico o dominica puede hacer de ese pasaje una oración y un programa personal, considerando tales palabras como dirigidas a él personalmente.

San Pablo cita el salmo 116,10: "Creí, por eso hablé". Y añade: "También nosotros creemos, por eso hablamos" (2 Cor 4,13). También ahora tenemos, en primer lugar, creer/contemplar, y después, como una consecuencia necesaria para un apóstol, hablar. Esta palabra que expresa la fe es una forma de predicación.


 ALABAR, BENDECIR, PREDICAR

El tercer lema es: Laudare, benedicere, praedicare, "alabar, bendecir, predicar"; lo que significa que nos preparamos para predicar a través de una vida de oración y de la liturgia. También la fuente directa de este lema es muy conocida: procede del prefacio de la bienaventurada Virgen María. Hasta donde yo he podido saber, la fórmula no aparece tal cual en la Biblia. Resultó difícil encontrar para ella un fundamento bíblico. Pero la idea era sencilla y fundamental para la religión de la Biblia. Los salmos rebosaban alabanza, especialmente los cinco últimos. Los salmos 148 y 150 son puras alabanzas. El eco bíblico más cercano que yo he podido encontrar respecto de este lema se encuentra en el salmo 145. En hebreo es un salmo acróstico. Tenemos, en su orden, las tres palabras claves: "Todos los días te bendeciré por siempre jamás, alabaré tu nombre..., edad a edad encomiará tus obras, pregonará tus proezas" (Sal 145 2,4). El salmo continúa (vv. 11-13) hablando del Reino de Dios, tema extraño en el salterio e incluso en todo el Antiguo Testamento, excepto en Daniel, pero de importancia capital para los evangelios apócrifos, y particularmente para Mateo. La mención del reino es habitualmente interpretada como signo de un salmo tardío, aunque esto esté lejos de constituir una certeza. A continuación el salmo habla del Señor que alimenta a los hambrientos (vv 15-16), en unos versículos comúnmente utilizados en la oración clásica de acción de gracias antes de la comida, y nos conduce hacia el final con un versículo que nos asegura la proximidad del Señor para "todos los que le invocan con verdad" (v. 18). Lo cual nos remite a nuestro primer lema.

 

LA COHERENCIA DE LOS TRES LEMAS

Podemos reflexionar brevemente, a modo de conclusión, sobre la unidad o la coherencia de esos tres lemas. Podemos hacerlo en términos de objeto, de sujeto y de acción o de respuesta social. La verdad, en sentido dominicano, es el fin o el objeto de nuestra búsqueda de sabiduría de vida y de nuestra comprensión de la realidad. A través de la razón y de la fe, llegamos a Dios como fundamento de todo cuanto existe, como creador, sostén y redentor de su mundo. El acceso más directo a esta presencia-ausencia de Dios lo encontramos en la palabra explícita que Él nos dirige, Jesucristo, y en la revelación que le anuncia y le presenta. Tanto Comtemplari como Laudare, benedicere describen nuestra primera respuesta subjetiva a ese don objetivo. En él depositamos nuestra mirada, lo estudiamos, reflexionamos sobre él, lo memorizamos, le cantamos, le alabamos a través de nuestras palabras, nuestros gestos, nuestros ritos, y, lo que es más, a través de todo nuestro estilo de vida. Sin embargo, esta apropiación personal de la verdad no nos resulta suficiente. Necesitamos proclamarla, predicarla "desde los terrados" (cf. Mt 10,27). Se trata de nuestra misión de predicadores, de nuestra acción hacia los demás, de nuestra caridad fraterna. Entendidos de este modo, los tres lemas describen el amplio contorno del carisma y del modo de vida de los dominicos, que en ellos pueden encontrar, por lo tanto, la unidad y la coherencia de ese carisma y de ese modo de vida.

 

Benedict Thomas Viviano op,de USA,
P
rofesor de Sgda. Escritura-NT en la Universidad de Friburgo.

Publicado en “Sources et vie dominicanine”, marzo-abril 1999, nº 2.



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