En la Orden, «la prioridad de las prioridades» es la predicación
Fr. Vincent de Couesnongle
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¿Carisma? ¿Identidad?

 

Muchos dominicos pasaron muchos años, principalmente después del Concilio Vaticano II, preguntándose y buscando el carisma o identidad dominicanos. No faltaron los que lo veían claro y no querían entrar en discusión. La solución estaba en fijarse en el fundador, Santo Domingo de Guzmán. Santo Domingo lo vio claro desde el momento en que concibió la idea de fundar una Orden. Su orden sería por su misión específica, por esencia, Orden de Predicadores. Era algo raro o nuevo, pues esa misión como tal, de predicadores, era exclusiva de los obispos, que podían delegar, sólo delegar, en otros.  

Por eso no todos los dominicos lo entendieron plenamente; algunos, con certeza sí, como el beato Jordan de Sajonia, sucesor del santo en el gobierno de la Orden; también los primeros compañeros del santo. Ni el Papa que confirmó la Orden lo entendió en su sentido justo y pleno, como tampoco los obispos, con la excepción de Fulco de Toulouse. El Sumo Pontífice aprobó, todo lo más, una Orden, que pudiera predicar por el mundo entero, por disposición pontificia. A lo de misión esencial o constitutiva de la esencia de esa Orden tardó algún tiempo en llegar.

Veámoslo. El Papa Honorio III confirmó la Orden de Santo Domingo el 22 de diciembre de 1216. Un mes más tarde, justamente el 21 de enero de 1217, dirige una bula “al Prior y a los frailes que predican (praedicantibus) en San Román de la región de Toulouse”. A Santo Domingo no le satisfizo la palabra latina praedicantibus, porque no expresaba plenamente lo substancial de su carisma. Su Orden no era de unos frailes que predican acá o allá, ahora o en otro momento. Los suyos eran frailes esencialmente predicadores, cuya misión esencial (que en verdad los define) era la predicación. Por eso recurrió inmediatamente, sea de modo directo sea a través de un notario curial amigo y conocedor de su pensamiento, a la curia pontificia, para que quitaran la palabra praedicantibus y la sustituyeran por praedicatoribus. Esta demostración es también paleográfica, pues en el pergamino original apararece raspada la primera palabra (praedicantibus), y escrita encima la segunda (praedicatoribus). Desde entonces los documentos del Papa dirán siempre Frailes Predicadores.

Esto era algo nuevo, que no existía. Santo Domingo fue el primero en concebirlo. Por eso no es extraño que no lo entendieran plenamente en un principio ni el Papa, ni los obispos, ni muchos dominicos. Hacíamos la excepción, entre otros, del obispo de Toulouse Fulco, de bastantes seguidores del santo, entre otros los primeros compañeros de Santo Domingo en la predicación en el sur de Francia, y de modo especial el Beato Jordán de Sajonia. Nos dice éste, en efecto, que, cuando Santo Domingo fue a Roma con el obispo Fulco para visitar al Papa iban “con el común deseo de que confirmara la Orden de fray Domingo y sus compañeros, que se debía llamar y ser en verdad de predicadores”.

Algunos dominicos en tiempos de Santo Domingo le recriminaban que enviase frailes jóvenes a predicar. Él exigió siempre una preparación teológica, como lo hizo con sus primeros seguidores antes de la dispersión de 1217. Después de esa preparación doctrinal, al santo no le gustaba esperar por más tiempo. “El trigo amontonado se corrompe; si se dispersa produce fruto”, había dicho para justificar la dispersión. Santo Domingo los anima a confiar en Dios y les promete su oración. Ante la seguridad de la oración del santo los jóvenes se lanzaban contentos a cumplir la misión encomendada.

En el proceso de la canonización de Santo Domingo se dice que “hablaba siempre con Dios y de Dios” y animaba a sus hijos a hacer lo mismo. Era lo propio del buen predicador: vivir personalmente los misterios de Dios y predicar esas vivencias a los demás. Santo Tomás de Aquino, otro dominico que captó en su sentido pleno el carisma o el ideal de Santo Domingo, lo definirá con las conocidas palabras “contemplar y comunicar a otros lo contemplado”. El contemplar de Tomás es el hablar con Dios de Domingo; el dar a otros lo contemplado de Tomás es el hablar de Dios de Domingo.

 

Fr. Ramón Hernández Marín O.P.