TEMA 7. LOS PROTAGONISTAS DEL DIÁLOGO ECUMÉNICO .

1. Quiénes son los protagonistas del diálogo ecuménico.

No es fácil dar una respuesta que satisfaga a todos los que se preguntan por los protagonistas del diálogo ecuménico. No es fácil porque bajo el término "ecumenismo" caben diversos sentidos y, lógicamente, sus interlocutores serán distintos según se acepte uno u otro sentido.

Georges Casalis y Per Lonning, entre otros, revalorizaron hace años el ecumenismo secular como "la convicción de que el deber esencial del cristianismo de hoy es concretar la unión de la Humanidad y no la de las Iglesias". La reconciliación del mundo sería la tarea del ecumenismo, dejando aparte la unión exclusivamente intereclesiástica. Casalis había tomado el término Oikoumene en una de sus acepciones primarias y verdaderas -el sentido geográfico de la "tierra habitada"- como si fuese única y exclusiva.

Pero Oikoumene -en la tradición cristiana- tiene también el sentido de "Iglesia extendida por toda la tierra habitada", es decir, Iglesia universal, Iglesia Indivisa que a pesar de sus legítimas diversidades profesa los mismos credos y por tanto cree la fe ortodoxa. Por eso sus credos son ecuménicos (de todos), sus doctores (Basilio el Grande, Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo...) son ecuménicos y sus Concilios son Concilios Ecuménicos. Finalmente, hay un sentido técnico moderno que expresa el intento de reconciliación de las Iglesias cristianas para mostrar visiblemente la unidad querida por Cristo.

(1) Esta rápida incursión por el término Oikoumene nos pone delante de dos posibles sujetos del movimiento ecuménico: si se acepta la visión de G. Casalis, el sujeto es todo hombre o mujer, creyente o no, católico o protestante, judío, musulmán o budista, que ha emprendido la tarea de la reconciliación de la Humanidad para hacer de ella la casa común en la que caben todos. Es el sentido amplísimo del término ecumenismo.

(2) Si se acepta, en cambio, la acepción de la tradición cristiana en su sentido técnico moderno, el protagonista del movimiento ecuménico es entonces la Iglesia -las Iglesias cristianas- que sintiéndose en una situación anómala mantienen a pesar de todo, una cierta comunión que les impulsa a la plena comunión. Entonces el ecumenismo aparece como una cuestión de obediencia, de fidelidad a la plegaria de Jesús (Jn. 17, 21). Aquí se pone el acento en el ecumenismo intereclesial, pero teniendo como punto de mira la reconciliación de la Humanidad, que es el objetivo real de todas las Iglesias: el anuncio y la preparación del Reino. Las Iglesias -la Iglesia- no son para sí mismas, son para el Reino de Dios que está próximo.

No se trata, como es obvio, de la búsqueda de unión de los individuos, sino de las Iglesias. La comunión entre individuos nace a través de ese denominador común, de esa base única que es como el primer sacramento fontal y que se llama creación. Por creación cada individuo es mi hermano, mi prójimo, es parte mía. La unión con él brota de la pertenencia a la misma humanidad creada por el mismo Dios y redimida por el mismo Verbo encarnado. Pero en el ecumenismo se trata de la comunión de Iglesias que ahora mismo no pueden manifestar visiblemente la plenitud de lazos que deberían manifestar.

Un bello texto del Concilio Vaticano II afirma :" El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores, a cada uno según su capacidad, ya en la vida cristiana, ya en las investigaciones teológicas e históricas..." (UR, 5).

El protagonismo de todos los fieles en la tarea ecuménica se deduce de aquel principio eclesiológico de la "Iglesia como pueblo de Dios" que contradice una larga y desafortunada tradición en la que la Iglesia era ante todo "la jerarquía", y sólo luego, la masa de los fieles. El P. Congar gusta de repetir una acertada fórmula :"El ecumenismo no es una especialidad, es una dimensión, una calidad de toda la Iglesia..., no es una especialidad aunque es verdad que necesita de especialistas".

Dentro de esa enorme y vastísima dimensión eclesial que es la ecuménica, hay también un lugar para los especialistas. El diálogo doctrinal, por ejemplo, requiere especialistas, incluso dentro de cada uno de los temas que se debaten entre las Iglesias separadas. El decreto conciliar se refiere a él cuando afirma :"El diálogo entablado entre peritos y técnicos..., exponiendo cada uno por su parte con toda profundidad la doctrina de su Comunión, y presentando claramente los caracteres de la misma" (UR, 4, 2).

Podría resumirse todo lo dicho hasta ahora diciendo que el protagonista del movimiento ecuménico es la Iglesia, es decir, las Iglesias, que han entrado en la dinámica ecuménica. Por ello sus verdaderos sujetos son todos los miembros del Pueblo de Dios, que necesitan de técnicos y especialistas como de interlocutores válidos dadas las especiales dificultades que implican algunos de los problemas que dividen las Iglesias.

2. Criterios para conocer quiénes son los protagonistas del diálogo ecuménico.

La pregunta por los protagonistas del movimiento ecuménico lleva aneja otra pregunta que demanda algunos criterios para saber en concreto quién o quiénes participan efectivamente en esa "aventura" llamada ecumenismo. ¿Hay criterios para saber qué Iglesias y Comunidades están involucradas en el diálogo interconfesional?

. Criterio subjetivo.

Nos parece que existe un primer criterio, de tipo subjetivo, para poder afirmar la coherencia en la participación ecuménica. Se trata de la voluntad real de dialogar. Es el primer condicionamiento que exige, no sólo el diálogo ecuménico, sino cualquier forma de diálogo. Pero es una exigencia muy firme que implica la voluntad de ponerse en plano de igualdad, sin pretensiones de protagonismo que reflejen deseos de superioridad; conciencia viva de que también los otros, si estamos en actitud de escucha, podrán enriquecernos; la aceptación de la diversidad que no debería en ningún caso romper la comunión; el intento de aproximación a un lenguaje común capaz de engendrar entendimiento y coherencia; la exclusión de actitudes proselitistas o falsamente irénicas.

. Criterios objetivos. Pero hay también otros criterios objetivos, que parecen indispensables para participar coherentemente en el movimiento ecuménico, si es que se mantiene "la búsqueda de unidad visible para que el mundo crea", como objetivo del ecumenismo cristiano.

Y estos criterios hacen referencia a aspectos doctrinales; a la perspectiva de comunión; y a la intención misionera.

- (a) Criterio doctrinal. Ninguna visión pragmática puede tener preeminencia en la tarea ecuménica. La Iglesia de Cristo por ser misterio de salvación -y en el lenguage teológico "algo dado", en el sentido de que no la creamos nosotros sino que nosotros somos llamados e invitados a participar en ella- posee todo aquello que le ha dado su Señor y que profesa desde los tiempos apostólicos en unos credos aceptados por las tradiciones cristianas de todos los tiempos. Ni los reformadores del siglo XVI -tan críticos con ciertas tradiciones no expresamente enseñadas en la revelación bíblica- negaron esos "núcleos fundamentales" de la fe que se expresaron en los grandes Concilios de Nicea, Constantinopla y Éfeso.

Es obvio que nos referimos al núcleo cristológico y trinitario. Sin la profesión de fe trinitaria y cristológica se hace difícil concebir una Iglesia que sea interlocutora en el diálogo ecuménico.

- (b) Criterio de comunión. Cabe, con toda evidencia, profesar el núcleo cristológico y trinitario en sus desarrollos más amplios y, sin embargo, no participar en el movimiento ecuménico. "Ser interlocutor" en el diálogo entre las Iglesias requiere la voluntad positiva de anhelar la reconciliación con las otras Iglesias, dentro de la amplia gama de "modelos de unidad".

Voluntad positiva de comunión, de obediencia y de fidelidad a la "plegaria sacerdotal de Jesús" (Jn 17), significa la aceptación de que el actual estado del cristianismo mundial constituye una situación anómala, precisamente por falta de comunión. Pero esta situación no significa juzgar a ninguna Iglesia histórica como contraria a la voluntad de Cristo

Sin prejuzgar a las Iglesias históricas -sólo Dios conoce en su misterio el sentido y el destino de las Iglesias cristianas en su estado de división-, creemos que participar en el diálogo ecuménico significa, por una parte, querer pasar del estado de comunión imperfecta (actualmente existente), al estado de comunión perfecta y plena (que estamos buscando); y, por otra, tener la voluntad de llegar a alabar y celebrar juntos los misterios del Señor, especialmente la eucaristía

- © Criterio misionero. Existe todavía una dimensión del movimiento ecuménico que no está recogida ni en el diálogo doctrinal, ni en la búsqueda de plena comunión. Es la perspectiva misionera, es decir, la intención de las Iglesias de testimoniar juntas -de manera visible- la fe cristiana que no solo es doctrina (mensaje), sino que es vida, experiencia "para que el mundo crea". Pero este testimonio tiene en cristiano un nombre propio: la construcción del Reino.

Hay ciertamente una estrecha relación entre el servicio o diakonía para la construcción del Reino y la unidad cristiana. El hecho de que diferentes Iglesias se hayan unido en el servicio -perspectiva misionera- fue desde el principio una experiencia decisiva para el crecimiento del ecumenismo. En la Asamblea General de Nueva Delhi (1961), alguien dijo :" Ya en 1922, cuando la "Federación de las Iglesias de los Estados Unidos" y la "Federación de las Iglesias Suizas" fundaron conjuntamente la "Oficina de Ayuda mutua de las Iglesias para Europa Central", se percataron de que su servicio común creaba una nueva relación entre ellas y las moribundas comunidades ortodoxas a las que asistían. Gran parte del mutuo enriquecimiento que se derivó desde entonces de las relaciones entre protestantes y ortodoxos tiene su origen en aquellos días...".

Si desde los anteriores presupuestos teóricos tuviéramos que descender al terreno de las traducciones prácticas para conocer en concreto qué Iglesias llevan adelante el trabajo de la reconciliación, valdría la pena recordar algunas tomas de posición de Oscar Cullmann en su obra L'Unité par la Diversité. Ellas nos permiten desde perspectivas bíblicas abordar nuestra cuestión. Cullmann, en el capítulo dedicado a la "jerarquía de las verdades" desarrolla unos principios que ayudarán a contestar nuestra pregunta:

1. En el diálogo ecuménico caben todas las Iglesias que no han abandonado la base común, o la verdad principal, aunque luego hayan surgido grandes diferencias entre ellas, principalmente en las llamadas verdades derivadas.

2. Entre las Iglesias que han desarrollado grandes discrepancias y que aparecen a la consideración de las otras con graves deformaciones -humanamente insuperables- cabe aplicar el concepto paulino de "débiles en la fe" a las que se debe la tolerancia, tan manifiestamente importante en el pensamiento de Pablo (1 Cor 8,4; 8,7; 1 Cor 10, 27ss; Rom 14, 1ss).

3. Pero la tolerancia tiene sus límites: por una parte, la admisión o el rechazo de la base común o verdad principal; por otra, la existencia de los "falsos hermanos" que nunca debieran confundirse con los débiles en la fe. Con éstos cabe el diálogo, con aquellos no cabe ninguna concesión (Cfr. Gál 1, 9; 2, 4) (pp. 38-40).

3. Las Iglesias protagonistas del diálogo ecuménico.

Estamos ahora en disposición de poder definir, en concreto, la identidad de los interlocutores y protagonistas del diálogo ecuménico: la Iglesias de tradición ortodoxa; las Iglesias de la Comunión Anglicana; las Iglesias del Protestantismo histórico; y la Iglesia Católico Romana. No hacemos sino describir de manera muy rápida las aportaciones de estas tradiciones eclesiales al movimiento ecuménico.

1.- Iglesias de la tradición ortodoxa. El mismo nombre de Iglesias Ortodoxas designa la convicción profunda de algunas Iglesias, cuyas raíces están en Oriente próximo, de mantener en perfecta fidelidad la "fe ortodoxa" de los siete primeros Concilios Ecuménicos de la Iglesia Antigua.

Varios de sus Patriarcados son sedes apostólica y su fe se enraiza en las fuentes bíblicas enriquecidas por la gran Tradición de los Padres. El Patriarcado de Constantinopla (primus inter pares) constituye la expresión visible de la unidad entre todas las Iglesias que componen la Ortodoxia. La contribución y participación Ortodoxa en el movimiento ecuménico es un hecho no sólo admitido por todos, sino valorado por la riqueza teológica y espiritual aportada a las Iglesias que han entrado en diálogo con ella. La iniciativa del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla (1920) en favor de una "liga de Iglesias" para "impulsar la unión de todas las Iglesias en el amor cristiano", debe considerarse como uno de los centros de referencia del origen del ecumenismo. A partir de 1961 casi todas las Iglesias Ortodoxas son miembros del "Consejo Ecuménico de las Iglesias".

2.- Iglesias de la Comunión Anglicana. Estas Iglesias no sólo han sido constantes interlocutoras en el diálogo ecuménico a lo largo del siglo XX, sino que su aportación ha sido esencial tanto en el origen como en el posterior desarrollo del mismo.

La Iglesia de Inglaterra, con su sede de Canterbury, es el lazo visible de unión de todas las Iglesias que habiendo rechazado el Papado, pero no la constitución episcopal de la Iglesia, mantienen entre sí notable comunión a través del Libro de Oración Común (Book of Common Prayer), los 39 Artículos de Fe, y las "Conferencias de Lambeth" que se celebran cada diez años desde 1865.

Las tres grandes corrientes que coexisten en la Comunión Anglicana: la High Chruch (anglo-católica), Low Church (evangélica), y Broad Church (liberal) le dan un carácter tan específico de lazo de unión -de "Iglesia puente"- entre el Catolicismo romano y la Ortodoxia, por una parte, y el Protestantismo, por otra- que puede afirmarse con verdad que sin el Anglicanismo, el movimiento ecuménico sería otra cosa. De ahí su papel tan especial y su capacidad para aunar divergencias tan notables. Nombres de insignes anglicanos estarán siempre escritos en los anales de la historia del movimiento ecuméncio: Charles H. Brent, Robert Gardiner, V.S. Azariah, William Temple, J.H. Oldham, G.K.A. Bell, Michael Ramsey...

3.- Iglesias del Protestantismo histórico. Es conocida la complejidad de las "reformas" -en plural- eclesiásticas que tuvieron lugar en el continente europeo durante el siglo XVI. De ellas emergen dos grandes tradiciones: la luterana y la reformada que, aunque efectuaron una ruptura total con la Iglesia de Roma, mantuvieron los escritos bíblicos como única norma de fe (sola Scriptura, sola fides), y aceptaron también los credos de la Iglesia antigua, como parte del legado cristiano.

Las intuiciones y doctrinas de los grandes reformadores: M. Lutero y F. Melanchton, por un lado; y J. Calvino, U. Zwinglio, M. Bucero, Oecolampadio, John Knox, por otro; están en la base -junto a las diferentes "Confesiones de Fe" - de cada una de las Iglesias nacionales que se constituyen en la generación siguiente a los reformadores. Hoy, estas tradiciones están reunidas en Familias Confesionales, llamadas "Federación Luterana Mundial" y "Alianza Mundial de Iglesias Reformadas".

Las Iglesias que crearon una y otra Familia Confesional han estado presentes en los orígenes del movimiento ecuménico. Tanto en la celebración de la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo (1910), como en el nacimiento y desarrollo de los movimientos Vida y Acción y Fe y Constitución que darán origen al Consejo Ecuménico de las Iglesias (1948) los hombres y mujeres de las Iglesias luteranas, reformadas, congregacionalistas y metodistas juegan un papel decisivo. Cabría hablar todavía del protagonismo menor llevado a cabo por otras tradiciones reformadas que no son estrictamente calvinistas o luteranas.

4.- Iglesia Católico Romana. La conciencia del sagrado deber de mantener con toda fidelidad el "depósito de la fe", es decir, todo aquello que ha recibido del Señor y de ser la única Iglesia fundada por Cristo, está en la raiz de las primeras negativas y grandes reticencias que Roma opuso sistemáticamente a su entrada en el movimiento ecuménico.

La desconfianza y hasta la hostilidad que una y otra vez manifestaba Roma ante las repetidas invitaciones a participar en reuniones de Vida y Acción y Fe y Constitución hicieron exclamar a un hombre como el arzobispo Nathan Söderblom una frase bíblica con un significado terrible :"Petrus vero sequebatur a longe" (Mc 14, 5) (73). "Pedro seguía de lejos..." En el fondo una teología de curia muy corta, un fuerte autoritarismo romano y una conciencia muy clara de ser la "Una Sancta"... Por eso Pedro seguía de lejos... el movimiento ecuménico.

Hasta que llegó el "tiempo de la gracia" -el Kairós- para la Iglesia Católica. Un tiempo relativamente tardío. La entrada oficial de Roma en la empresa ecuménica debe datarse en el Concilio Vaticano II (1962-1965), con un protagonista de excepción: Juan XXIII; con un motor inmenso: el entonces "Secretariado Romano para la Unidad de los Cristianos"; y con una "carta magna", el decreto conciliar Unitatis Redintegratio.

Es evidente que el Vaticano II no es producto del azar, sino que tiene una larga y lenta preparación. Hoy la Iglesia Católica, sin ser miembro del "Consejo Ecuménico de las Iglesias", está llevando a cabo una amplia red de diálogos teológicos con la mayoría de las Iglesias cristianas, y está colaborando en tantas empresas ecuménicas a niveles regionales, nacionales y locales que es, sin duda, uno de los interlocutores más vivos, pero más difíciles -por su misma constitución eclesiástica- que hay ahora mismo en el movimiento ecuménico.

4. Quiénes no toman parte en el diálogo ecuménico.

De todo lo anterior se deduce con cierta facilidad una respuesta a la segunda parte de nuestra pregunta: quiénes no pueden ser interlocutores válidos del diálogo ecuménico. Hay algo claro: aquellas comunidades religiosas que han perdido o nunca aceptaron el núcleo de la fe cristiana profesado en los credos de la Iglesia Antigua se han automarginado del diálogo ecuménico. Y desde esta premisa es fácil concluir que:

- las sectas de origen cristiano, surgidas de las grandes Iglesias históricas, y las sectas religiosas no cristianas no puedan tomar parte activa, entre otras cosas, por el rechazo positivo que hacen del diálogo mismo,

- se hace muy difícil entender como interlocutores del diálogo a las comunidades locales de estricto régimen congregacionalista ya que no se representan sino a sí mismas y está fuera de sus intereses la unidad visible de todas las Iglesias,

- se autoexcluyan igualmente las llamadas comunidades "fundamentalistas" de tradición reformada que han visto en el ecumenismo una negación de la esencia del cristianismo, como por ejemplo, el Consejo Internacional de Iglesias Cristianas de Carl McIntire (1948) y la Alianza Evangélica Mundial (1968), instituciones ambas de tendencia fundamentalista, muy conservadoras en cuestiones políticas y sociales y negadoras de cualquier concepto de "unidad" propuesto en ambientes ecuménicos por su infidelidad a la Escritura y por sus alianzas con el comunismo internacional.