TEMA 5. MODELOS DE UNIDAD (II)

Este tema presenta varias propuestas de unidad debidas a teólogos particulares de diferentes Iglesias.

1. El modelo propuesto por Oscar Cullmann

Oscar Cullmann, el teólogo reformado cuyas investigaciones en el campo de la teología bíblica son reconocidas mundialmente, ofreció en el atardecer de su vida una obra L'Unité par la diversité con el propósito de trascender el status quo de las divisiones eclesiales.

Su idea base, sin embargo, puede aparecer a primera vista como un estancamiento en las mismas divisiones. Cullmann, en efecto, no aboga por una desaparición de las diversidades eclesiásticas ni por la fusión de todas las Iglesias. Cree, por el contrario, que cada Iglesia deberá conservar aquellos dones que le configuran en su propia identidad. Al principio de su obra afirma tajantemente "que toda confesión cristiana posee un don inamisible del Espíritu, un carisma, que tiene el deber de conservar, cultivar, purificar y profundizar y que jamás debería vaciar de sus sustancia por un deseo de uniformidad".

El libro consta de tres capítulos, el primero de los cuales contiene la principal aportación. En él trata de precisar la concepción de unidad a partir de sus estudios sobre el Nuevo Testamento. Todo nace de la obra del Espíritu Santo. No hay unidad posible, ni verdadero ecumenismo, sin el Espíritu Santo pero, a la vez, allí donde obra el Espíritu nace la diversidad, incluso eclesial. Por eso Cullmann llega a afirmar que "los intentos de uniformidad eclesial son un pecado contra el Espíritu Santo". La Iglesia una reposa sobre la diversidad y desarrollo de carismas particulares ofrecidos por el Espíritu. Así, cada Iglesia da forma histórica a la Iglesia una.

Es evidente que el carisma propio corre el riesgo de ser deformado. La historia es muy elocuente al respecto. Por eso cada Iglesia debe vigilar su propio don para alejarlo de las siempre amenazantes deformaciones. En esa tensión por evitar la deformación del propio carisma y reconocer y apreciar los carismas de las demás consiste precisamente el ecumenismo. El falso ecumenismo consistiría en creer que las Iglesias han de renunciar a sus particularidades para hallar la unidad.

Para Cullmann los principios del Nuevo Testamento sobre la unidad impiden aceptar la fusión de Iglesias. Y es que además de ser utópica, la fusión es contraria a la naturaleza misma de la unidad. De ahí su propuesta: una comunidad de Iglesias perfectamente autónomas que continuarán siendo católicas, protestantes, ortodoxas, guardando cada una los dones que el Espíritu le confirió, no para replegarse sobre sí mismas, sino para formar la comunión con todos aquellos que invocan el nombre de Jesucristo.

Pero su fórmula "unidad por la diversidad" no significa en ningún caso aceptar la diversidad de Iglesias como si fuese un estado anómalo y provisional, tendente a la desaparición en un futuro en que las Iglesias estarían realmente unidas. La diversidad actual es el estado definitivo. Lo que deberá cambiar, ciertamente, son las rivalidades polémicas actuales- que impiden la comunión- en diversidades pacíficas portadoras de complementariedad y comunión. Cullmann dedica el segundo y tercer capítulo del libro a la ardua cuestión de la realización práctica de la unidad y a la comparación de su propuesta con otros proyectos. Reconoce las dificultades de su modelo de unidad pero sugiere la solución a través de lo que denomina superestructura que en vez de anular, articularía las estructuras propias de cada Iglesia particular.

¿ Se trata de una "diversidad reconciliada" que en parte señala ya el Vaticano II al reconocer elementos de eclesialidad en las otras confesiones ?, ¿ se salva en el proyecto de O. Cullmann las convicciones de fe y la normatividad de la verdad que para algunas Iglesias tiene tanta importancia?.

2.- El modelo propuesto por Fries y Rahner

Karl Rahner y Heinrich Fries publican en 1983 un libro titulado La unión de las Iglesias. Una posibilidad real , persuadidos de que "la unidad de las Iglesias es el mandato del Señor,... y una cuestión de vida o muerte para el cristianismo". Los dos teólogos alemanes ponen en cuestión, desde el principio, tanto la impaciencia ecuménica -que no ayuda nada a la plasmación histórica de la unidad-, como la resignación ecuménica que convierte casi en dogma el "todavía no ha llegado el momento" y paraliza cualquier iniciativa eclesial en el terreno de la unidad de las Iglesias.

Para Rahner y Fries la posibilidad de que la "unidad de fe y de Iglesias" sea real y no meramente utópica depende de unas condiciones que formulan en ocho tesis y que explican detalladamente a lo largo del libro. Presuponen, sin embargo, en las Iglesias tanto el abandono de sus "excesivas precauciones tácticas e inercias tradicionales" como la voluntad positiva de trascender la actual situación de desunión cristiana. La lectura del libro, aunque no resulta siempre fácil debido a la mutua concatenación de las tesis, estimula al lector porque pronto se descubre la seriedad de las propuestas. He aquí el enunciado de las tesis:

I. Las verdades fundamentales del cristianismo, tal como se expresan en la Sagrada Escritura, en el símbolo apostólico y en el niceno-constantinopolitano, son obligatorias para todas las Iglesias particulares de la futura Iglesia unida.

II. Aparte esto, debería implantarse un principio de fe realista: ninguna Iglesia particular puede decidir y rechazar como contraria a la fe una afirmación que otra Iglesia particular profesa como dogma obligatorio. Por lo demás, fuera de lo establecido en la tesis I, lo que en una Iglesia particular es confesión expresa y positiva no puede imponerse como dogma obligatorio en otra Iglesia particular, sino que debe encomendarse a un amplio consenso en el futuro. Lo dicho es aplicable, en primer lugar, a las declaraciones doctrinales auténticas, pero no definidas, de la Iglesia Romana y debe observarse, sobre todo, respecto a las cuestiones éticas. Este principio equivale tan sólo a consagrar lo que ya hoy día practica cada Iglesia respecto de sus propios seguidores.

III. En esta Iglesia una de Jesucristo, formada por las Iglesias que se unen entre sí, hay Iglesias particulares regionales que pueden conservar gran parte de sus estructuras propias. Estas Iglesias particulares pueden también coexistir en un mismo territorio, puesto que no lo impide ni la eclesiología católica ni la praxis de la Iglesia Romana, por ejemplo en Palestina.

IV.a) Todas las Iglesias particulares reconocen el sentido y el derecho del servicio petrino del romano pontífice como garantía concreta de la unidad de la Iglesia en la verdad y en el amor.

IV.b) El papa, por su parte, se obliga expresamente a reconocer y respetar la autonomía, previamente convenida, de las Iglesias particulares. Declara (iure humano) que sólo usaría aquella suprema autoridad magisterial (ex cathedra) que a partir del Vaticano I le compete según los principios católicos de una manera que corresponde jurídica u objetivamente a un concilio universal de toda la Iglesia, tal como de hecho ha ocurrido en sus anteriores definiciones ex cathedra, promulgadas de acuerdo con el unánime sentir de la totalidad del episcopado católico.

V. Según la antigua tradición, todas las Iglesias particulares tienen obispos al frente de sus grandes subdivisiones. No es preciso que la elección de obispos en estas Iglesias particulares se atenga al esquema normal actualmente en vigor en la Iglesia Católico Romana (el nuevo Código de derecho canónico romano conoce otras formas de nombramiento de obispos, además del de la libre elección del papa: canon 377, 1).

VI. Las Iglesias particulares viven en mutuo y fraternal intercambio en todas sus dimensiones vitales, de tal modo que la historia del pasado y la experiencia de las Iglesias antes separadas puedan ejercer eficaz influencia en la vida de las otras Iglesias particulares.

VII. Sin prejuzgar en nada la legitimidad teológica de los ministerios hasta hoy existentes en las Iglesias separadas según la opinión de otra Iglesia, todas las Iglesias particulares se obligan, a partir de ahora, a conferir el sacramento del orden mediante la oración y la imposición de manos, de tal modo que también la Iglesia particular católico romana pueda admitir sin dificultad su validez.

VIII. Entre las Iglesias particulares hay comunión de ambón y altar.

El libro La unión de las Iglesias ha recibido atenta aprobación por parte de ciertos sectores, pero también un rechazo frontal tanto desde el catolicismo romano como desde el pensamiento reformado. El católico D. Ols, profesor de teología en Roma, reprocha a los autores no haber tenido en cuenta el conjunto de la dogmática católica; y el teólogo protestante E. Herms -convencido de la irreductible oposición entre la fe católica y protestante- ve en las propuestas de Rahner y Fries un intento ambiguo al pretender reducir las distancias dogmáticas insuperables a base de fáciles concesiones que afectan al núcleo de la verdad. O. Cullmann, mucho más moderado en sus críticas, reconoció el valor de las propuestas del libro, aunque cuestionando -en razón de su propio proyecto- la finalidad de las tesis de los dos teólogos alemanes. El objetivo final y a largo plazo de las ocho tesis le parece a Cullmann que sería la reunificación de todas las Iglesias; para él, en cambio, el objetivo final de cualquier proyecto de unidad será la "comunión de Iglesias" pero permaneciendo cada una -diversa, separada y autónoma- fiel al carisma recibido.

3- El modelo propuesto por Christian Duquoc

Presentamos, finalmente, la obra de Christian Duquoc, Iglesias provisionales. Ensayos de eclesiología ecuménica. El autor no pretende ofrecer un modelo de unidad como nueva alternativa que viniese a sumarse a las variadas ofertas que hemos recordado anteriormente. Difícilmente podría aventurarse en una tal empresa quien opina que "nunca ha habido un modelo de unidad eternamente válido", aunque hayan existido "momentos de unidad por comunión".

El interés del libro radica, más que en la descripción de una propuesta concreta de unidad, en la aproximación -desde perspectiva católica- a una eclesiología en la que las categorías de "pluralidad de Iglesias", "historicidad y provisionalidad", "ecumenismo y unidad" cobran un sentido distinto y original con consecuencias indudables para el movimiento ecuménico en su conjunto y para la búsqueda de un modelo de unidad por precario y humilde que sea.

Tres ideas vertebran la obra de Duquoc. (1) En primer lugar el acento puesto en la multiplicidad de Iglesias cristianas como valor positivo y como punto de partida del pensamiento teológico en eclesiología. Quienes, por el contrario, parten de un concepto de Iglesia ideal, la multiplicidad aparece como un desgraciado accidente, efecto de la desobediencia a la voluntad de Dios. Duquoc cree descubrir en la "ideología de la unidad" (p. 166) la imposibilidad de asumir la diversidad eclesial como valor positivo. La "ideología de la unidad", que es "ideología de conquista a partir de un 'centro' que se cree factor de unificación, ha demostrado palpablemente en la historia de las Iglesias su repetido fracaso. Todas las rupturas son efecto de la voluntad hegemónica y del deseo de acentuar la presión del centro para mantener la unidad empírica superando los límites tolerables. Por eso "el ecumenismo -para el dominico francés- representa la originalidad de no tratar las relaciones eclesiales a partir de un 'centro' real o imaginario, sino en función de la pluralidad".

Pero la pluralidad y multiplicidad de Iglesias está en relación directa con la segunda idea (2) la historicidad. No cabe separar la esencia de la Iglesia de sus formas históricas e institucionales. La Iglesia se da, pues, en la multiplicidad de las Iglesias. "La Iglesia no tiene esencia fuera de la construcción temporal que hace de sí misma...; no existe, pues, en un origen que es preciso recuperar, una definición o una esencia pura de la Iglesia... La Iglesia no es otra cosa que la que se presenta aquí y ahora... En este sentido pertenecen al carácter histórico de la Iglesia su aspecto institucional, su visión utópica, su vitalidad mística, sus formas plurales. Es inútil separar de una esencia o idea pura de la Iglesia sus formas institucionales, divididas, variables, que describen su presencia en nuestro mundo. Estas rápidas precisiones bastan para establecer que rechazo una eclesiología inspirada por una pretendida pureza originaria, y que me aparto de una eclesiología definida por la pureza mística".

La pluralidad de Iglesias históricas atestigua la llegada del reino de Dios. Ellas no son el reino, y de ahí (3) su carácter provisional. La categoría de provisionalidad es básica en el planteamiento de Duquoc. Lo provisional "califica el hecho de que las Iglesias son históricas y, por tanto, perecederas, lo que no es un juicio peyorativo que insinúa un defecto de valor...Lo provisional designa la condición de la innovación, de la creación continua, de la presencia en las situaciones cambiantes; se opone a la obstinación en la voluntad de detener el instante, la movilidad de las formas o la mortalidad de las relaciones. Por eso lo provisional afecta a todas las formas que en las Iglesias son históricas: la organización, las formas sociales, las formas simbólicas, las expresiones doctrinales. Al afectarlas, no las encierra en el instante, sino que las abre a su objetivo: la llegada del reinado de Cristo".

A partir de ahí ya no cabe la pretensión por parte de Iglesia alguna de apropiarse, por ejemplo, de las notas de unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad. Las notas no tienen el valor demostrativo que quiso una determinada eclesiología del pasado, ni son meramente escatológicas como aplicables sólo a una Iglesia ideal; su carácter imperativo invita a cada una de las Iglesias históricas a superar las rupturas actuales y la mediocridad, a salir de su aislamiento y a recuperar la comunión..

Cabe preguntarse, al final, si Duquoc se conforma con el status quo de las divisiones cristianas al poner tanto énfasis en el valor positivo de la multiplicidad de Iglesias. La respuesta es ciertamente negativa. Este autor es consciente de la existencia de una pluralidad de exclusión. Por eso afirma, "la pluralidad de Iglesias entendida como oposición mutua en el convencimiento de cada una de poseer (con exclusividad) el evangelio es el mayor pecado contra la profesión de fe en 'un Dios, un Señor, un Espíritu'. No es efecto del Espíritu cuando va acompañada de esta conciencia de exclusión".

Por eso aboga, salvaguardando la pluralidad de Iglesias como valor en sí mismo que nace directamente del Nuevo Testamento, por una unidad de comunión, cuyas condiciones insinúa a lo largo de su obra:

- el abandono de la confrontación y de la polémica por la negociación y el diálogo,

- el reconocimiento, por parte de cada una de las Iglesias, de no ser actualmente el lugar en que esta comunión podría vivirse "sin transformación institucional y sin cambio de su política" (p.110),

- la aceptación de que las otras Iglesias no son la negación de la propia, sino el límite que manifiesta abiertamente que ninguna de ellas es el reino o "lo Ultimo" (54).

Nos parece que la aproximación de Duquoc a una eclesiología inductiva, que parte de la multiplicidad de Iglesias, y su rechazo positivo del método deductivo que parte de una Iglesia ideal, le lleva a la conclusión de que el "sistema múltiple" es la posibilidad más viable para una solución del problema ecuménico y que expresa con la categoría de "unidad de comunión". Esta categoría cura de la tentación -según Duquoc- a que están siempre expuestos todos los intentos eclesiásticos de estructuras unitarias y de prácticas centralistas.