TEMA 3. LA UNIDAD QUE BUSCA EL ECUMENISMO.

1. La unidad como núcleo del ecumenismo.

1.jpg (417200 bytes)Hablar de ecumenismo es hablar de unidad. El término mismo, la variedad de descripciones sobre el movimiento ecuménico, los diferentes tipos de ecumenismo que acabamos de analizar confluyen siempre en la misma realidad: la unidad de los cristianos, la unidad de las Iglesias, la unidad de la Humanidad. En la unidad se halla el núcleo del problema ecuménico. Los caminos y medios que conducen a ella son también parte del problema ecuménico. Pero parecen secundarios ante la centralidad de lo que, sin duda, da razón y sentido a este vasto movimiento que ha definido uno de los capítulos más importantes de la historia de las Iglesias cristianas en el siglo XX.

Por eso cuando la división fue una realidad, los cristianos volvieron su mirada al texto bíblico fundamental que subyace en toda búsqueda ecuménica y que se halla en la oración sacerdotal que Jesús dirige a su Padre pidiendo que sus discípulos sean uno como el Padre y él mismo son uno ( Cfr. Jn 17, 21). Texto bíblico con diversas lecturas, pero texto al que siempre se acude como prueba irrefutable de la expresa voluntad de Jesús respecto a los que serían sus discípulos. Y es que la conciencia de los cristianos comprendió siempre que la voluntad de Dios, manifestada en la revelación bíblica, es una propuesta de unidad para toda la creación, para todos los seres humanos y para todos los cristianos. No es de extrañar que los Padres de la Iglesia caracterizaran a la Iglesia como "una, santa, católica y apostólica".

2.jpg (134454 bytes)El problema aparece con toda su crudeza cuando tras la afirmación de que Jesús oró ardientemente por la unidad de sus discípulos, se formula una pregunta que no es tan inocente como a primera vista pudiera parecer. ¿ Y qué tipo de unidad deseaba Jesús para sus discípulos ? Ciertamente el mismo texto bíblico añade algo muy preciso: "que sean uno... para que el mundo crea". Cualquier búsqueda ecuménica de la unidad necesariamente deberá mantener en su perspectiva dos dimensiones: la dimensión teológica, es decir, una comunión tan estrecha como la que existe entre el Padre y Jesús mismo; y la dimensión sacramental o de signo respecto al mundo. La unidad deberá ser, pues, profunda e íntima como las mismas relaciones que se dan en Dios; y significativa para que el mundo crea en el enviado de Dios.

Teniendo estos dos polos bien ensamblados, la pregunta continúa: ¿de qué unidad se trata?, ¿qué formas históricas debe revestir esa unidad que buscan los cristianos y las Iglesias?, ¿qué posibilidades reales existen de que una idea de unidad se imponga a las Iglesias divididas como la más coherente con la voluntad de Jesús y con la experiencia vivida por la Comunidad cristiana de los primeros siglos cuando aún podía denominarse como Iglesia Indivisa? Incluso, ¿es posible tal unidad o es una utopía inalcanzable?, ¿vale la pena perseguir y trabajar por la unidad de las Iglesias, o es realmente una cuestión baladí al lado del gran desafío que tienen los cristianos respecto a la unidad de la Humanidad? Las respuestas a estos interrogantes se analizan en los dos apartados siguientes que tratan de: 1/, la unidad cristiana e identidad confesional; y 2/, los diferentes modelos y propuestas de unidad.

2. Unidad cristiana visible e identidad confesional.

3.jpg (113549 bytes)El movimiento ecuménico conlleva un problema de base siempre que el diálogo entre las diferentes Iglesias se asuma con coherencia y honestidad. Este problema básico es debido a las dos dimensiones que se hallan en la esencia misma del ecumenismo: (1) la necesidad de manifestar visiblemente la unidad, y a la vez (2) la voluntad de salvaguardar la herencia recibida.

La primera dimensión la constituye la necesidad de manifestar de manera visible la unidad cristiana es dimensión esencial de la comunidad de Jesús. El hecho de la división está en total discrepancia con esa convicción profunda que aparece en las primitivas confesiones de fe. K. Barth llegará a decir :" No existe ninguna justificación, ni teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de una pluralidad de Iglesias genuinamente separadas en este camino y que se excluyen mutuamente unas a otras interna y, por lo tanto, externamente. En este sentido, una pluralidad de Iglesias significa una pluralidad de señores, una pluralidad de espíritus, una pluralidad de dioses. No hay duda de que en tanto la cristiandad esté formada por Iglesias diferentes que se oponen entre sí, ella niega prácticamente lo que confiesa teológicamente: la unidad y la singularidad de Dios, de Jesucristo, del Espíritu Santo. Pueden existir buenas razones para que se planteen estas divisiones. Puede haber serios obstáculos para poder eliminarlas. Puede haber muchas razones para explicar esas divisiones y para mitigarlas. Pero todo eso no altera el hecho de que toda división, como tal, es un profundo enigma, un escándalo".

De ahí la búsqueda incansable de la unidad en la que están implicadas hoy todas las familias cristianas si se exceptúan las Iglesias de tradición fundamentalista para las que el diálogo ecuménico es inútil y anti-evangélico. Este primer componente constituye la dimensión creativa y utópica del ecumenismo.

4.jpg (105944 bytes)La segunda dimensión está constituido por otra profunda convicción que contrasta con el dato precedente. Es la voluntad expresa de salvaguardar el patrimonio recibido. Es la fidelidad a la tradición de la propia confesión; en definitiva el deseo de mantener y conservar la propia identidad. Este segundo componente constituye la dimensión conservadora, tradicional e ideológica en el sentido que da Paul Ricoeur a estos términos :"La ideología conserva y preserva la realidad, la utopía -la búsqueda- la pone esencialmente en cuestión".

El ecumenismo, por tanto, significa –al menos aparentemente- confrontación de dos fidelidades. Fidelidad a la voluntad de Cristo para que la Iglesia sea Una, frente a las actuales divisiones eclesiales; y fidelidad a la propia confesión en la que se ha salvaguardado y recibido el "ser cristiano". De ahí que deban mantenerse los dos polos de la tensión dialéctica: búsqueda de la unidad cristiana que trasciende el status quo de las divisiones eclesiales, y fidelidad confesional. Las Iglesias cristianas han hecho diversas lecturas del problema ecuménico. Lecturas que al correr del tiempo se han ido matizando y que constituyen hoy un amplio abanico de intentos y de propuestas de modelos de unidad.

3. Convicciones previas sobre la unidad cristiana.

5.jpg (176329 bytes)Antes de pasar al análisis de los modelos de unidasd, es decir de las propuestas que las Iglesias y los teólogos han ofrecido para poder entender qué tipo de unidad sería el más conveniente en el actual debate ecuménico, parece necesario detenerse en algunas convicciones de fondo ampliamente compartidas por casi todas las Iglesias cristianas que sirven como punto de partida de esta reflexión:

3.1. No se trata de crear la unidad. Ningún proyecto ecuménico serio tiene la pretensión de crear la unidad que Cristo quiere para su Iglesia. Esa pretensión, además de su manifiesta ingenuidad, habría puesto en entredicho parte del núcleo central del Credo que profesan todos los cristianos.

6.jpg (172675 bytes)La unidad tiene una primera consideración desde la perspectiva de su fundamentación en Cristo, el Señor. El Señor no es Señor de muchas Iglesias, es Señor de la Iglesia Una. Y El no ha perdido su señorío sobre la Iglesia. Puede afirmarse que la unidad le es dada, desde el momento del envío. La unidad que nace del diálogo del Hijo con el Padre y que tiene su manifestación en Pentecostés -misterio de unidad en la diversidad- no puede haberse perdido porque es parte constituyente de la Iglesia. De la misma manera que es santa, católica apostólica, ella es una. O mejor, la Iglesia una, es santa, católica y apostólica.

El problema ecuménico surge cuando la unidad cristiana es considerada desde la perspectiva de la historicidad de la Iglesia. Es decir, cuando del terreno de la "sabiduría de Dios" y del "misterio escondido en Cristo" -cuya realidad verdadera y confesada nos sobrepasa- se da el paso al terreno de las realidades históricas en las que los creyentes -vasos de barro- protagonizan el misterio de salvación que les ha sido confiado. ¿Aquella unidad dada y nunca perdida posee su manifestación adecuada y su plenitud sacramental para ser signo de salvación para toda la Oikoumene? La respuesta tiene que ser negativa.

papatere.jpg (6046 bytes)La manifestación de la unidad -que no es un aditamento artificial a la unidad misma, sino su lógico reflejo- sufre de tal manera que en ella -en la manifestación de la unidad- reside en realidad toda la complejidad del problema ecuménico. Quizá ahora se entiende mejor por qué el ecumenismo no puede tratar de crear la unidad. Ella es la obra de Dios. Por tanto todos los intentos, modelos y sugerencias que desde las Iglesias y desde la teología surgen, no pueden tener la pretensión de "hacer" la unidad, como si ésta no existiese; sino que deben tratar de descubrirla en profundidad para hallar las expresiones menos inadecuadas que puedan traducir históricamente la unidad dada de una vez por todas en Cristo.

A todas las Iglesias -incluida la Iglesia Católica- les resulta difícil expresar adecuadamente algunos aspectos primordiales de su vida y de su fe. El hecho de las divisiones ha venido a oscurecer de tal manera el legado de cada tradición eclesial que resultan ambiguas muchas expresiones de su propio ser. El Vaticano II no dudará en afirmar :"... a la misma Iglesia le resulta muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida, la plenitud de la catolicidad..." (UR, 4).

3.2. La unidad invisible que ya poseen los cristianos. Es innegable que existe una unidad profunda, íntima, indestructible, no solamente entre los cristianos de las diferentes Iglesias, sino entre todos los seres humanos y en la creación misma.

El Dios de Jesús, revelado como uno y trino cuyo misterio nos sobrepasa, no es un Dios inmóvil e inerte. Es un Dios de vida. El es Dios cuya unidad no es soledad, sino unidad de personas divinas, en perfecta armonía, pero tan distintas como distintos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ese Dios es el Dios de la creación, que en la riqueza de su diversidad ha mantenido una unidad cósmica. La unidad profunda de Dios es el tipo de toda unidad. Hay una unidad oculta, básica, pues, desde el plan de la creación que no se rompe por la diversidad ni tampoco por la voluntad torcida de sus criaturas.

ico004.jpg (21175 bytes)En Cristo -Señor de la Iglesia y rey de la creación- cualquier desorden ha vuelto a encontrar el dinamismo interno que desde la creación siempre existió. "La unidad cósmica en Dios -en palabras de Max Thurian- desconcierta y sumerge nuestras mezquinas disputas y nos obliga a relativizar considerablemente la división de los cristianos". Por ello en la unidad divina encuentran su raíz, no solo la unidad de la Iglesia, sino también la unidad de la humanidad y la unidad del mismo cosmos. Ninguna barrera -tampoco ninguna barrera eclesiástica- es capaz de comprometer aquel designio divino, aquella voluntad expresa de unidad que existe en el querer de Dios y que se ha manifestado en Cristo.

Esta unidad -invisible pero real- es una unidad inclusiva. La Iglesia que es misterio de salvación pero comunidad visible encarnada en la historicidad, no puede sentir nada ajeno a ella misma. Por eso la Iglesia como germen del Reino, cuyo Señor es el Señor de todos, es una comunidad abierta y reconoce que quienes incluso se hallan fuera de ella misma visiblemente, mantienen tantos vínculos y guardan tan profunda relación con el Señor, que su designio de salvación eterna está asegurado para todos. He aquí, pues, la segunda convicción ecuménica ante el problema de las divisiones eclesiales: la existencia de una unidad profunda, invisible, que nuestras divisiones confesionales no pueden destruir. Ahí reside la razón y la fuerza de toda esperanza ecuménica.

3.3. La unidad visible que "ya existe" entre las Iglesias: los signos visibles. La unidad invisible -enraizada en el misterio de la Trinidad- está ahí y nada ni nadie puede atentar contra ella. Pero la doctrina oficial católica afirma también que la unidad de la Iglesia, fundamentada en esos lazos internos e indestructibles, se manifiesta visiblemente de un triple modo:

a). En la profesión de una fe unánime: proclamando un solo Señor, una sola Iglesia, un solo bautismo, una sola fe, un solo Espíritu (Ef. 4, 4). Fe nacida de la revelación bíblica cuyo contenido es mantenido y custodiado en la Iglesia por un ministerio cuyo servicio de interpretación ayuda y conforta la fe de todos los cristianos.

b) En una unidad litúrgica y sacramental: tomando todos de un solo pan, en el sentido que habla Pablo en I Cor 10, 17, y celebrando unos ritos sacramentales dentro de un amplio espíritu de libertad.

c) En una unidad de vida comunitaria: que nacida del mismo Espíritu hace que entre el Pueblo de Dios y aquellos pastores que están a su servicio (diáconos, presbíteros y obispos al frente de los cuales está el que preside la Iglesia de Roma) existan estrechos lazos de unión que reflejan las imágenes bíblicas de un solo cuerpo y muchos miembros (I Cor 12), del cuerpo de Cristo (I Cor 12, 27), de la esposa de Cristo (2 Cor 11, 2; Ef 5, 23), de un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10, 16).

Esta doctrina católica de la unidad de la Iglesia muestra que ella tuvo, desde el principio, conciencia de reunirse en torno a la enseñanza de la Palabra de salvación, en fidelidad a los signos que vinculan fraternalmente (bautismo, eucaristía y los otros sacramentos junto a la oración común), y en comunión con aquellos, a través de la sucesión apostólica, que fueron los apóstoles. El texto bíblico de Hechos 2, 42 :"... se mostraban asiduos a la enseñanza de los Apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a la oración", está en la raíz de los tres principios de unidad que la teología católica ha desarrollado posteriormente. Ella es una porque enseña la Buena Noticia (comunión en la fe apostólica), es una porque comparte los mismos signos de unidad (comunión en el culto y en la fracción del pan), y es una porque se reúne en torno a los pastores (servidores), vive la "koinonía" y mantiene la comunión con los apóstoles (comunidad en la vida común, gobernada por el servicio de la caridad).

Con Heinrich Fries cabe decir que "la unidad de la Iglesia, como la Iglesia misma, no se puede asentar ni en su invisibilidad ni en el imprevisible futuro. La unidad de la Iglesia es algo visible y actual... Se da allí donde se da la Iglesia con toda su catolicidad, con todos los elementos y características constitutivos: en la esencia, en la estructura y en la constitución, en la fe y en la doctrina, en la liturgia y los sacramentos, en el ministerio, los cargos y los carismas...".

En la Iglesia se da la tensión dialéctica que se da siempre en las realidades humanas. La Iglesia es una con la unidad que le ha sido dada, pero a la vez debe realizar y manifestar esa unidad de manera cada vez más plena; de lo contrario no tendría sentido que Cristo, el Señor, hubiese hecho de la unidad de sus discípulos objeto de su oración. Este hecho lo entendió bien la Iglesia Antigua que en su liturgia, siendo consciente de la unidad recibida, recogía también la oración por la unidad.

La unidad es don, pero constituye a la vez tarea y responsabilidad. Nada histórico hay que sea pura y simplemente la mera realización de lo existente históricamente. La Iglesia católica no podría, por tanto, contentarse con afirmar y proclamar que la unidad le ha sido dada. La unidad visible en su plenitud es la tarea y la preocupación de la Iglesia católica de la misma manera que de todas aquellas Iglesias que se hallan en la dinámica del movimiento ecuménico.

La unidad visible no está totalmente destruida. Existen signos visibles de unidad que refuerzan doblemente la tarea ecuménica. Incluso la Iglesia católica que junto con las Iglesias Ortodoxas mantiene una doctrina eclesiológica menos flexible que las Iglesias reformadas respecto a la unidad y unicidad, ha reconocido que existen lazos visibles muy fuertes que unen ya a unas comunidades eclesiales con otras.

La Constitución Lumen Gentium (n. 15) admite este hecho y ha enumerado como vínculos de unión fraterna entre todas las Iglesias el mismo bautismo, la posesión de las mismas Escrituras y, en algunas de ellas, el episcopado, la celebración de la eucaristía y la manifiesta y sincera piedad hacia la Madre de Dios. Y en el decreto Unitatis Redintegratio, se reconoce, por una parte, la comunión existente ya con las Iglesias Orientales y, por otra, respecto a las de Occidente y afirmando las "discrepancias esenciales" respecto a la interpretación de la verdad revelada, se enumera una serie de "lazos" muy fuertes de unión como son la "confesión de Cristo" (n. 20), el estudio de la Escritura (n. 21), la "vida sacramental" (n. 22) y la "vida en Cristo" (n. 23).

Vale la pena resaltar algunas expresiones de la unidad visible reconocidas por todas las comunidades cristianas.

a) Muchos autores ponen, en primer lugar, la aceptación de la Biblia como palabra inspirada de Dios. El mismo Espíritu hace aceptar esa Palabra, no como algo estático, sino como vida de la Iglesia que en su devenir histórico va creando una Tradición que llega a ser el contexto o el marco donde esa palabra resuena como Palabra de Dios. La Tradición tuvo momentos privilegiados que hoy en el estado anómalo de las divisiones cristianas son punto de referencia para todos: la Iglesia de los Padres.

b) El bautismo es un signo mayor de la unidad visible de las Iglesias. El reconocimiento de la validez del bautismo impartido en otras Iglesias cristianas es conciencia viva y explícita de que los cristianos han participado en la muerte y resurrección del único Señor y, por tanto, reconocimiento de la incorporación de los bautizados en la vida misma de Cristo. ¿Se puede acaso vivir la vida de Cristo en una Iglesia sin que en ella esté Cristo presente y activo, por el Espíritu, creando precisamente esa visibilidad bautismal que es garantía de unidad profunda?

La unidad visible del bautismo, que es unidad inicial y signo de unidad de todos en Cristo, empuja a la eucaristía, como sacramento de la plenitud. Pero el actual estado de las divisiones no permite siempre que esa unidad inicial y visible se desarrolle en su plenitud.

c) Existen, además, otros signos visibles que están llamando a una unidad más plenamente manifestada. La plegaria común, la confesión del símbolo de los Apóstoles y de Nicea-Constantinopla, así como la estructura episcopal -compartida por católicos, ortodoxos, anglicanos y vétero-católicos- son expresiones teológicas de una unidad visible que ya existe, pero que a la vez, pide y exige plenitud.

d) Algunos autores señalan también como signos visibles de unidad, ciertos organismos de distinto orden a los ya enumerados, pero que demuestran el deseo decidido de trabajar por la manifestación de la unidad dada en Cristo. Y se señalan entre otros:

-- El Consejo Ecuménico de las Iglesias,

-- el Secretariado Romano paea la Unidad de las Iglesias , o Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad,

-- las Comuniones Cristianas Mundiales (Christian World Communions), término que ha venido a sustituir desde 1979 al clásico de Familias Confesionales Mundiales (World Confessional Families), que incluyen:- Comunión Anglicana- Alianza Bautista Mundial- Federación Luterana Mundial- Conferencia Metodista Mundial- Alianza Mundial de Iglesias Reformadas -Comité Mundial de los Hermanos (Cuáqueros)- Consejo Ecuménico Consultivos de los Discípulos de Cristo- Conferencia Mennonita Mundial- Conferencia Internacional de los Obispos Vétero-Católicos- Conferencia Mundial Pentecostal- las Iglesias Unidas (United Churches).