TEMA 1. QUÉ ES EL ECUMENISMO
1. El término ecumenismo.
El término ecumenismo no es de fácil comprensión.
Pertenece a una familia de palabras, del griego clásico, relacionadas con términos que
tienen que ver con la vivienda, el asentamiento, la permanencia. He aquí algunos
términos-raíz de esta familia lingüística:
- OIKOS: casa, vivienda, habitación, pueblo.
- OIKEIOTêS:relación, emparentado, amistad.
- OIKEIOW: habitar, cohabitar, reconciliarse,estar familiarizado
- OIKONOMEô: administración, encargo, responsabilidad de la casa
- OIKOUMENE:tierra habitada, mundo conocido y civilizado,universo
La raíz primera de la que provienen los otros términos es, pues, OIKOS, casa, lugar donde se mora, espacio habitable y habitado. Oikoumene, de donde procede directamente ecumenismo será consecuentemente, el mundo habitado en el que coexisten diversos pueblos, con diversidad de lenguas y culturas. Pero en su sentido primero y más obvio sería la "tierra habitada por los helenos", es decir, por un pueblo civilizado que ofrece una cultura abierta a todos dando esa unidad básica de cosmovisión que exige una civilización auténtica. De ahí que OIKOUMENE llegará a entenderse como el "mundo habitado" hasta donde se extendía la influencia griega, porque más allá es el mundo de los bárbaros... Las perspectivas geográfica y cultural, entrelazadas, aparecen como el significado primero de la palabra ecumenismo.

Roma aportará, después, una perspectiva política y la "pax romana" será el símbolo de la Oikoumene, es decir, de todos los pueblos que aceptan vivir bajo la influencia del "mundo civilizado" que viene a identificarse con el Imperio Romano.
El término Oikoumene aparece también en la literatura bíblica. En el Nuevo Testamento se emplea en quince ocasiones, en algunas de las cuales recupera el viejo sentido de mundo (Hec.11, 28), o de Imperio Romano (Lc 2, 1). En la carta a los Hebreos (2, 5) se pone especial énfasis en el carácter transitorio de la presente Oikoumene, para afirmar con fuerza la inminente llegada de una nueva y transformada Oikoumene regida directamente por Jesucristo.
Oikoumene, desde una perspectiva neotestamentaria parece que debe entenderse como un proceso en continuo desarrollo que se inicia como la "tierra habitada", que va haciéndose "lugar habitable", la casa en la que cabe toda la familia humana y cuya realidad no se encierra en la frontera inminente de la Historia. La respuesta del hombre en esta tierra, ante la llamada de Dios, es como el germen de una nueva Oikoumene, que viene como obra de Dios pero con la colaboración humana.

En el cristianismo primitivo el término Oikoumene -siguiendo la trayectoria bíblica- es usado en las acepciones ya conocidas: mundo, Imperio Romano, mundo civilizado, etc. Así, por ejemplo, el autor del Martirio de Policarpo (un escrito del siglo II) se refiere varias veces en su escrito a "la Iglesia Católica extendida por la Oikoumene". La palabra se introduce en el lenguaje eclesiástico oficial cuando el Concilio de Constantinopla (381) denomina al Concilio de Nicea -celebrado en el 325- como "Concilio ecuménico". Desde ese momento el término "ecuménico" va a designar aquellas doctrinas y usos eclesiales que son aceptados como norma autoritativa y con validez universal en toda la Iglesia Católica.
Con la caída del Imperio Romano, el término deja de tener obviamente connotaciones políticas y pasa a tener ya con exclusividad un sentido exclusivamente eclesiástico: la OIKOUMENE es la Iglesia Universal. Tres grandes hombres de Iglesia serán designados "doctores ecuménicos": Basilio el Grande, Gregorio Nacianceno y Juan Crisóstomo. A partir de ahí se emplea para designar los Concilios que hablan en nombre de toda la Iglesia. Más tarde la palabra se aplica también a los grandes Credos de la antigua Iglesia, y así son llamados "credos ecuménicos" los de los Apóstoles, el de Nicea y el de San Atanasio.

Durante el siglo XIX aparece un nuevo significado que con el tiempo tendrá la acepción técnica moderna. En 1846 se constituye en Londres una Alianza Evangélica, con el fin de preparar un "Concilio ecuménico evangélico universal". Sus participantes pertenecen a diferentes denominaciones. En la clausura de aquel encuentro, el pastor calvinista francés Adolphe Monod agradecía a los organizadores británicos "el fervor de su piedad" y el "espíritu verdaderamente ecuménico" que habían demostrado. Visser't Hooft ha recordado que aquella expresión del pastor francés "parece haber sido la primera cita consignada respecto del uso de la palabra para indicar una actitud más que un hecho...".
Pero el uso del término en la acepción recordada no goza todavía de una aceptación universal. Así, por ejemplo, en 1900 se celebra en la ciudad de Nueva York una "Conferencia Ecuménica Misionera". Los organizadores dejan muy claro que han aceptado ese calificativo porque se han propuesto un plan de expansión misionera que "abarque toda la tierra". La acepción común continúa siendo la del primitivo sentido geográfico, universal. Poco después, en la famosa "Conferencia Misionera Mundial" de Edimburgo (1910), el título de "ecuménica" es eliminado pues la ausencia de las Iglesias Ortodoxas y Católica -según sus organizadores- hace inapropiado su uso.

Los movimientos Fe y Constitución y Vida y Acción van a suponer un drástico cambio en el significado del término "ecumenismo". El arzobispo luterano Nathan Söderblom durante la Primera Guerra Mundial sugiere la creación de una "reunión internacional de Iglesias" con el apelativo de "ecuménica" para intentar resolver el problema de la guerra. Y propone la puesta en marcha de una especie de "Consejo Ecuménico de las Iglesias". Su idea, no obstante, sólo tomará cuerpo varios decenios después. Pero la palabra adquiere ya una nueva acepción: la relación amistosa entre Iglesias con la finalidad de promover la paz internacional, de tratar de la unión de varias Iglesias, o incluso de generar el espíritu de acercamiento entre cristianos de diversas confesiones.
A partir de la Conferencia de Oxford (1937), el término "ecuménico" designa ya con toda claridad las relaciones amistosas entre las diferentes Iglesias con el expreso deseo de realizar la Una Sancta y de estrechar la comunión entre todos los creyentes en Jesucristo. Tras la fundación del Consejo Ecuménico de las Iglesias -en el mundo anglosajón prefieren referirse a él como Consejo Mundial de Iglesias- en Amsterdam (1948), el término "ecuménico" expresa ya sin duda alguna el intento de reconciliación de las Iglesias cristianas como expresión visible de la "universalidad del cristianismo" y como signo "para que el mundo crea".

A las primeras acepciones de tipo geográfico, cultural y político, se añade después la referencia a la Iglesia, tanto la Iglesia Universal extendida por todo el universo, como más tarde al interés por la tarea misionera y al deseo inequívoco de unidad cristiana que se extiende por las distintas Iglesias separadas durante siglos.
2. Hacia la definición del ecumenismo .
Teniendo como telón de fondo la pequeña historia del término "ecumenismo" es conveniente recordar ahora algunas descripciones que se han dado del ecumenismo, tanto por parte de quienes han reflexionado desde instancias eclesiales y teológicas -ya sean católicas, protestantes, ortodoxas o anglicanas- como de aquellos que desde la sociología religiosa han encontrado en el ecumenismo un fenómeno digno de la máxima atención.
a/ Algunas descripciones.
Resulta inútil buscar una "definición" -en el sentido clásico de esta palabra- para adentrarse en la esencia del ecumenismo. Y ello fundamentalmente porque el ecumenismo se sitúa en una dinámica, en un movimiento. Por eso preferimos recoger algunas descipciones que desde la teología y desde el magisterio de algunas Iglesias se han ofrecido en estos últimos decenios.
"Es un movimiento constituído por un conjunto de sentimientos, de ideas, de obras e instituciones, de reuniones o de conferencias, de ceremonias, de manifestaciones y de publicaciones que tienden a preparar la reunión no solamente de los cristianos, sino de las diferentes Iglesias actualmente existentes, en una nueva unidad". (4).
"El ecumenismo comienza cuando se admite que los otros -y no solamente los individuos, sino los grupos eclesiásticos como tales- tienen también razón, aunque afirmen cosas distintas que nosotros; que poseen también verdad, santidad, dones de Dios, aunque no pertenezcan a nuestra cristiandad. Hay ecumenismo... cuando se admite que otro es cristiano no a pesar de su confesión, sino en ella y por ella" (5).
"El ecumenismo no es, en modo alguno, el resultado sincretista de una suma de Lutero o de Calvino a Santo Tomás de Aquino, o de Gregorio Palamas a San Agustín. Pero, enfocado desde la vertiente teológica que nos interesa, implica un esfuerzo hacia dos cualidades de la vida cristiana, que, a veces, parecen opuestas una a otra, pero que deben alcanzarse y conservarse conjuntamente: la plenitud y la pureza" (6).
"Movimiento suscitado por el Espíritu Santo con vistas a restablecer la unidad de todos los cristianos a fin de que el mundo crea en Jesucristo. En este movimiento participan quienes invocan el Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador, y que en las comunidades donde han oido el evangelio, aspiran a una Iglesia de Dios, Una y visible, verdaderamente universal, enviada al mundo entero para que se convierta al evangelio y sea salvado para la gloria de Dios" (7).
"El ecumenismo es una actitud de la mente y del corazón que nos mueve a mirar a nuestros hermanos cristianos separados con respeto, comprensión y esperanza. Con respeto porque los reconocemos como hermanos en Cristo y los miramos como amigos más que como oponentes; con comprensión, porque buscamos las verdades divinas que compartimos en común, aunque conozcamos honestamente las diferencias en la fe que hay entre nosotros; con esperanza, que nos hará crecer juntos en un más perfecto conocimiento y amor de Dios y de Cristo..." (8).
"El ecumenismo es un movimiento de pensamiento y acción cuya preocupación es la reunión de los cristianos" (9).
"El movimiento ecuménico no es el lugar de encuentro para el triunfo de una Iglesia sobre otra. Es la confrontación fraterna de los cristianos divididos pero hermanos... La finalidad del diálogo ecuménico no es hacer conversiones. Es un esfuerzo del amor cristiano para dar y recibir testimonio del evangelio" (10).
"Es el movimiento cristiano nacido hacia principios del siglo XX, en ambientes misioneros protestantes y anglicanos, con el deseo de testimomniar juntos el evangelio de Jesucristo entre los pueblos paganos, para lo cual se debería llegar a ser miembros de la sola Iglesia de Cristo" (11).
"Con todo, el Señor de los tiempos, que sabia y pacientemente prosigue su voluntad de gracia para con nosotros los pecadores, en nuestros días ha empezado a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí la compunción de espíritu y el anhelo de unión. Esta gracia ha llegado a muchas almas dispersas por todo el mundo e incluso entre nuestros hermanos separados ha surgido, por impulso del Espíritu Santo, un movimiento dirigido a restaurar la unidad de todos los cristianos. En este movimiento de unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador, y esto lo hacen no solamente por separado, sino también reunidos en asambleas en las que oyeron el Evangelio y a las que cada grupo llama Iglesia suya y de Dios" (12).
"Puesto que hoy, en muchas partes del mundo, por inspiración del Espíritu Santo, se hacen muchos intentos, con la oración, la palabra y la acción para llegar a aquella plenitud de unidad que quiere Jesucristo, este Sacrosanto Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica.
Por "movimiento ecuménico" se entiende el conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos..." (13).
b/ Desde la experiencia cristiana
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| Pre-asamblea
de mujeres celebrada en vísperas de la Asamblea de Amsterdam del CEI. Baar - Holanda 1948 |
Desde una visión estrictamente religiosa y según las descripciones expuestas, parece que tres elementos esenciales deben ser resaltados en el ecumenismo: originalidad, actitud y voluntad de diálogo, espiritualidad.
(a) Originalidad. El ecumenismo es una experiencia inédita, original, sin precedentes en la historia del cristianismo. Su novedad radical estriba en que las Iglesias confrontadas en diálogo -superada ya la etapa de la polémica- mantienen viva la convicción de que no se han agotado las posibilidades en la intelección del misterio que supone la realidad eclesial de las otras comunidades cristianas. Contradice por ello de manera frontal la teoría de que todo está dicho y experimentado en la Iglesia y en la teología.
La dimensión utópica del proyecto ecuménico soslaya, por una parte, el peligro de caer en el escepticismo o el relativismo ante la verdad que pueda desprenderse de las otras Iglesias, y, por otra, supera la dificultad que se antojaba insuperable de llegar a ver algún día la comunión de Iglesias separadas secularmente no sólo por una lectura distinta de la Buena Noticia de Jesús, sino también por unos condicionamientos sociales, geográficos y culturales que las moldearon de maneras tan radicalmente diversas.
Congar ha expresado en términos más claros este elemento de originalidad de la experiencia ecuménica. " Creemos lícito entablar hoy un diálogo del que el pasado cristiano no ofrece ningún precedente. No todo ha sido previsto en el pasado... La situación es, en efecto, inédita. En el mundo de las divisiones, que es casi tan antiguo como la Iglesia, puesto que los Apóstoles conocieron ya las primeras traiciones a la Unidad, hay verdaderamente algo nuevo...". Resulta muy difícil, y tal vez sea imposible, pensar el ecumenismo con sólo las categorías de la teología clásica: el ecumenismo es nuevo. O mejor aún, es un movimiento, algo que aún no está hecho, algo sin definir, pero que cada día va haciéndose y definiéndose. El ecumenismo es una realidad que nace más de la Historia de la salvación, de una Voluntad libre del Dios de la gracia, que se traduce en unas vocaciones, que de la revelación hecha...".
(b) Actitud y voluntad de diálogo. En las descripciones anteriores que se han dado del ecumenismo, y a pesar de su notable variedad, aparece siempre como telón de fondo la actitud dialogal. Cabe decir que el ecumenismo es fundamentalmente una actitud. Es también muchas otras cosas: organización, estructura, estudio sistemático, etc., pero en el fondo es una actitud del espíritu que se define como dialogal.
La historia de las relaciones entre los cristianos y las Iglesias separadas es la historia del eterno monólogo. Fue la larga noche de la Polémica. Cada Iglesia daba su opinión sobre sí misma pero también sobre las demás. Por eso la condena era la forma habitual de las relaciones interconfesionales. Uno sólo era el agente que se interpretaba a sí mismo y hacía además la interpretación de los otros. En la actitud dialogal, por el contrario, existen dos agentes. Cada uno da la propia interpretación de sí mismo, pero escucha la del otro. Y es que existe voluntad de escucha. Se toma en serio lo que los otros dicen de ellos mismos.
La actitud y voluntad de diálogo llega, sin embargo, más pronto o más tarde a la convicción de las dificultades que supone franquear los límites de la comprensión de las otras Iglesias. Dificultades debidas al peso de la propia tradición, de las propias costumbres, de la manera propia de presentar y vivir la fe cristiana. Pero la actitud dialogante, precisamente por su conciencia de las limitaciones, produce una incesante movilidad en los planteamientos de la problemática de la desunión cristiana. Por ello es una actitud creativa. Es el ensayo continuo de nuevos enfoques, ya que desde uno sólo las oposiciones son casi siempre irreductibles. Es rastreador de nuevas pistas, forjador de utopías. Molesto, sin duda, para aquellos que se conforman con la situación, anómala pero segura, de la desunión cristiana.
(c) Movimiento espiritual. Los cristianos saben que en el fondo de la problemática ecuménica -tras los años hermosamente ingenuos de los orígenes- existe como un acuerdo implícito y una conciencia muy viva de que las divisiones son humanamente insuperables, y que la unidad tendrá que ser obra de Dios. A partir de esa fundamental convicción surge espontáneamente una actitud orante.
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| II Asamblea Ecuménica Europea (Graz 23-29 julio 1997) Culto de la mañana. |
A medida que han pasado los años se ha ido comprobando que la cuestión ecuménica no consiste sólo en resolver problemas doctrinales aislados -el tema de la intercomunión, o el del reconocimiento mutuo de los ministerios, o la aceptación de una autoridad común, etc.-. La fe cristiana es un cuerpo total -una cosmovisión- que implica también un determinado comportamiento ético y una manera de ver y afrontar la vida.
Sin embargo las Iglesias cristianas se desunieron también en esas cosmovisiones que trascienden los problemas meramente doctrinales. Y así cada Comunión cristiana fue encarnándose de tal manera en una particularidad que la universalidad del evangelio sufrió deterioros irreparables generándose factores nuevos de división. Piénsese, por ejemplo, en la presentación latina del catolicismo romano, o en la germanidad del luteranismo, o en la britanización del anglicanismo. El problema se agrava cuando estas visiones -marcadamente eurocéntricas- fueron presentadas a los pueblos del Tercer Mundo como inseparablemente unidas a la esencia del evangelio. La incapacidad humana para afrontar la cuestión ecuménica aparece así con todo su realismo. No sólo separan puntos doctrinales distintos. La división llega a la visión misma de la vida, a la lectura profunda del evangelio, a la concepción del hombre y a sus relaciones con Dios.
Por eso, casi desde los comienzos mismos del movimiento ecuménico, las asambleas y reuniones ecuménicas han estado casi siempre precedidas por "cultos de apertura" y se han clausurado con plegarias interconfesionales. El Concilio Vaticano II llegará a afirmar que la "plegaria" es el alma del ecumenismo (UR 8). El llamado ecumenismo espiritual que tiene en Paul Couturier uno de sus grandes inspiradores, y en la Semana de Oración por la Unidad (18-25 enero) su más fuerte expresión, es reflejo de la conciencia que existe respecto a la eficacia de la plegaria en orden a la reconciliación cristiana. La unidad -bajo esta perspectiva- se revela entonces más como "misterio" que como "problema", y su acceso requiere una actitud orante, humilde, de súplica y oración. No es de extrañar que el mismo P. Congar declarase en una ocasión que se había acercado más al Anglicanismo participando en los oficios vespertinos de la "Iglesia de Inglaterra" que leyendo grandes libros escritos por autores anglicanos.
c/ Desde la sociología religiosa
Los análisis de tipo sociológico que se vienen haciendo últimamente sobre el ecumenismo son de indudable interés. Interesa, pues, conocer la lectura sociológica del fenómeno ecuménico, porque viene a completar la visión estrictamente religiosa que acabamos de recordar.
Jean-Paul Willaime ha hablado recientemente del ecumenismo descuartizado, y Roger Mehl ha escrito sobre las "estrategias ecuménicas", extremadamente complejas, que han posibilitado su reemergencia cuando desde tantas instancias -demasiado superficialmente- se estaba vaticinando el "fin del ecumenismo". Ninguno de estos autores cree que pueda afirmarse con cierta coherencia el fín de la era ecuménica. Pero la lectura que hacen ambos autores invita a clasificar en dos grandes momentos la experiencia ecuménica vivida por las Iglesias cristianas durante el siglo XX.
1. Por una parte estaría la comprensión del ecumenismo como movimiento social. Sus agentes, en su mayoría personalidades carismáticas y muchos de ellos intelectuales laicos, poseían una clara conciencia del papel que tiene el individuo dotado de ciertos carismas dentro de la institución eclesial. Se trataba de trabajar por el cambio de la propia institución, con miras evidentes al reagrupamiento de las Iglesias cristianas, pero con una intencionalidad de lucha por el control del cambio social. Habría que recordar los intentos ecuménicos, aunque estériles finalmente, por mantener a cualquier precio la paz europea en los años previos a las dos Guerras mundiales, para llegar a calibrar lo ecuménicoo como una fuerza con clara vocación de historicidad.
El ecumenismo como fenómeno social tiene un primer desarrollo en un contexto en el que se valoran hasta el extremo los intercambios ideológicos y culturales. Ayudan, con toda evidencia, a que se agilicen y potencien estos espacios fluidos de circulación interideológicas los "mass media" que se convierten en verdaderas mediaciones para el movimiento ecuménico.
La evolución del sentimiento religioso contemporáneo influye también -desde el punto de vista sociológico- en el desarrollo del ecumenismo. Willaime habla de la elevación del nivel cultural de la población y del cuestionamiento de los esquemas de "autoridad", lo que lleva directamente a la individualización del sentimiento religioso y, a veces, a una religiosidad preferentemente vivida, experimentada, en definitiva, emocional. Pero ambos fenómenos se traducen en una relativización de las diferencias confesionales.
Las Iglesias buscan resituarse de manera nueva en la sociedad. En esta búsqueda de un nuevo protagonismo social, las Iglesias se ven abocadas a encontrarse frente a las otras Iglesias en una relación que no puede primar el enfrentamiento polémico del pasado, sino más bien favorecer y estimular las corrientes autocríticas dentro de cada una de las comunidades eclesiales para encontrarse mejor unas a otras.
Un ecumenismo como movimiento social de renovación, con voluntad expresa de integrarse en el contexto histórico del momento, motor de creatividad eclesial y de diálogo abierto, instancia crítica que augura una unidad interconfesional muy próxima, son algunos de los rasgos que desde perspectivas sociológicas se han resaltado en el primer estadio del movimiento ecuménico. Pero los mismos sociólogos han detectado que este tipo de ecumenismo toca a su fin. Lo cual no significa necesariamente la "muerte del ecumenismo", sino el final del ecumenismo como movimiento social.
2. En una segunda fase, el movimiento ecuménico presenta unas características ciertamente diversas que permiten hablar de la evolución, o si se prefiere de la transformación del ecumenismo.
Como primer dato de este nuevo estadio cabe afirmar su institucionalización. Más que de un "acontecimiento" o de un"movimiento" -como gustaban hablar los pioneros- éste es hoy una "institución". La institución ecuménica es producto de varias premisas entre las que sobresale el cambio de las clases sociales que protagonizan la acción ecuménica. Los expertos, los especialistas, las jerarquías, los teólogos han venido a relevar a los "profetas" y los "visionarios" en los puestos de dirección.
Aquellos primeros intelectuales laicos han sido sustituidos -incluso en los niveles de la base- por los nuevos agentes que según todos los indicios no están capacitados para llevar adelante el tipo de crítica ejercido en la fase anterior. Ni los matrimonios mixtos, ni los jóvenes que se acercan a espacios ecumenicos -piénsese en los miles de jóvenes que visitan anualmente Taizé, por ejemplo- ni los párrocos y pastores interesados en el intercambio ecuménico a niveles locales parecen dispuestos a mantener aquel protagonismo que caracterizó la primera etapa.
Pero este relevo de los agentes sociales del ecumenismo ha tenido un efecto que va a definirlo -según la perspectiva sociológica- de manera nueva en esta segunda etapa. Una etapa en la que cada Iglesia -tras un período de apertura a las otras- vuelve a una reafirmación de sí misma, a una nueva toma de conciencia de su propio pasado, no para rechazarlo, sino para justificar precisamente sus diferencias.
Estamos delante, sin duda, de un fenómeno no exento de ambigüedad que habla de la necesidad de subrayar la propia identidad precisamente tras un encuentro en el que se acentuaron tan fuertemente las convergencias esenciales. El nuevo y amplio marco social demanda con vigor las "seguridades" y certezas perdidas. No parece ser el tiempo propicio para ningún género de utopías. La proliferación de tantas sectas y "Nuevos Movimientos Religiosos" -con su carga de ofertas de seguridad- aparece como un capítulo de ese fenómeno universal de vuelta a las seguridades.
En ese marco también las Iglesias cristianas recuperan en su vuelta a la propia tradición mayor seguridad que aquella que podía ofrecer una eventual e hipotética unión de Iglesias que está todavía por conseguir. Si la vuelta al pasado fortalece las seguridades, el futuro suele abrigar incertidumbres.
La institucionalización del ecumenismo ha llevado, pues, a una revalorización de la propia confesionalidad, es decir, a un efecto quizá no expresamente deseado por los pioneros del movimiento ecuménico, pero efecto que configura el ecumenismo de hoy. En este ha adquirido mayor importancia lo institucional, la reafirmación de las identidades confesionales en detrimento de aquellas primeras intuiciones que trataban de llegar a cualquier precio a una reunificación del cristianismo. Aquel ecumenismo se inscribía también en un vasto movimiento social de cambio de la sociedad y de las mismas comunidades eclesiales. El mismo Willaime habla de que el ecumenismo se ha desenganchado de su carga utópica y social confinándose en los límites más estrictamente eclesiales. Se está centrando en diálogos teológicos y doctrinales, dirigidos siempre desde la cúspide de las jerarquías eclesiásticas. En este sentido los sociólogos intuyen la emergencia de un ecumenismo diplomático, generador de excelentes y armoniosas relaciones interconfesionales, pero cada vez menos interesado en conseguir realmente la unidad visible y orgánica que se presentó como la utopía ecuménica. Y es que resulta cada vez más difícil de armonizar unidad ecuménica y propia identidad confesional.
Esta perspectiva sociológica que acabamos de esbozar complementa, sin duda, la visión del ecumenismo que se hace desde las instancias estrictamente religiosas y teológicas. Pero con toda seguridad que la sociología -por lúcidos que sean sus análisis- tampoco tiene en este asunto la última palabra. No obstante el análisis precedente facilita, sin duda, algunas pistas para la comprensión del fenómeno ecuménico en la actualidad.