No es cuestión de palabras, discursos o largos parlamentos. Es, sobre todo, comunicación interior, afectiva, mental. La oración no se escribe ni se declama; se piensa y se siente al mirar al buen Dios que te acompaña. COmo a un Padre: así, sin paliativos, con sencillez infantil. Dios siente más ternura por sus hijos que una madre por su indefensa criatura.
José Luis Gago, OP