Segunda semana: día quinto
Lee. Lc. 4,16-21
Procura centrarte en ti mismo.
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¿Necesitas liberarte de algo?
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¿Qué críticas te molestan más?
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¿Qué cosas, ideas, en la conversación te ponen más nervioso?
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¿Qué heridas crees hay dentro de ti: físicas, psicológicas, morales?
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¿Qué rupturas en la relación con los demás?
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Debes de reflexionar e ir tomando nota, escribiendo, si es posible, con las contestaciones a las preguntas.
Luego intenta hacer algo de oración:
En silencio ADORAR
Intentar ESCUCHAR: “He venido a traer la libertad …”
Pide a Dios lo que se te ocurra en este momento.
“Jesucristo me quiere. Jesucristo que es mi gran amigo. El Señor, Hijo de la Santísima Virgen María. El Señor de Belén, de Nazaret, de la Cruz. El Señor de la Eucaristía … me quiere a mi, con mi carácter, con mis heridas, con mis problemas e intereses.
Quizás la rutina manche esta verdad sublime, o el desengaño, tantas veces experimentado en lo humano, nos hace adoptar una actitud de recelo.
Sin embargo es verdad. Mucho más bella de lo que nosotros podemos soñar: El Señor me quiere. El me amó primero, antes que pudiera pensar en El, El me amaba: “Con Caridad perpetua te amé” (Juan 31,3).
El Señor me ha amado siempre. Recorro las fechas más importantes: me ama el Señor. Dejo atrás los límites de la Historia: me ama el Señor, y lo hace con inmensa ternura.
Me ha escogido como amigo y quiere que esté junto a El por toda la eternidad.
(termino con los rezos acostrumbrados)