A mediados del siglo XIV, y de una gran familia (eran veintitrés hermanos) surge la señera figura de nuestra Santa seglar, miembro de la Tercera Orden Dominicana. Es pues natural que pueda hablarnos de la vida de familia, así lo hace en su carta a la Señora Pantasilea, esposa de Ranuccio da Farnesse.
“Elevad del mundo vuestro afecto y deseo poniéndolo en Cristo crucificado, que es firme y estable, que nunca falla ni os puede ser quitado si vosotros no queréis. No digo con esto que no permanezcáis en el mundo o en el estado de matrimonio todo lo que queráis, que no gobernéis a vuestros hijos y demás familia en conformidad con las exigencias de vuestra posición, sino que viváis con orden y no desordenadamente.
Dad honor y gloria a Dios poseyendo las cosas del mundo, marido, hijos, riquezas y todo placer, como algo prestado y no como propio, porque, como queda dicho, eso falla y no lo podéis poseer a vuestro gusto sino prestado, según plazca a la Bondad divina. Obrando así, no haréis de los hijos ni de otra cosa un dios, sino que todo lo amaréis en razón de Dios, y consideraréis lo demás como una nada; despreciaréis el pecado y amaréis la virtud.
A los hijos alimentadlos en las virtudes y en los dulces mandamientos de Dios, porque no basta que la madre y el padre los alimenten en cuento al cuerpo; eso lo hacen también los animales. Deben alimentar el alma con la gracia de su poder, reprendiéndoles y castigándolos por los defectos que cometieren. Haced que con frecuencia se confiesen, oigan la misa cada mañana, o por lo menos los días preceptuados por la Santa Iglesia. Así seréis madre del cuerpo y del alma. Estoy cierta de que, si tenéis verdadero conocimiento de Dios lo haréis; pero que sin ese conocimiento, no lo conseguiréis.”