Fragmento de la Carta al Abad Gerardo de Puy, nuncio apostólico. Es la Carta nº 109. Contestación de su carta. Le pide que influya en el Papa para que éste se desprenda de sus parientes y nombre buenos pastores y cardenales. Finales de 1375
“...Recibí, dulce padre mío, vuestra carta con gran consuelo y alegría, al pensar que os acordabais de tan vil y miserable criatura. Entendí lo que decía. Contestándoos a la primera cosa que me preguntabais, creo que nuestro dulce Cristo en la tierra [1] (así me parece en la presencia de Dios) debería desarraigar dos cosas por las que se echa a perder la esposa de Cristo. Una es la excesiva blandura y cuidado por os parientes, en lo que es preciso que él, en todo y por todo, se mortifique. La segunda es la excesiva blandura fundada en el exceso de misericordia. ¡Ay, ay! Esta es la causa de que los miembros de la Iglesia se pudran, o sea, por no corregir. Cristo lleva muy mal en especial tres perversos vicios: la inmundicia, la avaricia y la engreída soberbia que reinan en la esposa de Cristo, es decir, en los prelados, que no se preocupan más que de deleites, cargos y grandísimas riquezas. Ven que los demonios infernales se llevan las almas d sus súbditos, y no les da cuidado, porque se han convertido en lobos y en revendedores (simoníacos) de la gracia divina. Se necesitaría, pues, una justicia fuerte para corregirlos, porque la demasía en piedad es grandísima crueldad. Se debería corregir, sin embargo, con justicia y misericordia. De veras os digo, padre, que por la bondad de Dios confío que el pecado de la blandura con los parientes se comenzará a evitar en razón de las muchas oraciones y estímulos que tendrá (el Papa) de los servidores de Dios. No digo que la esposa de Cristo no vaya a ser perseguida, pero creo que, como debe, permanecerá en flor. Para recomponerlo todo, hay que derribar hasta los cimientos. Lo que he dicho de derribar hasta los cimientos, quiero que lo entendáis bien, y no de otro modo.
A la pregunta a cerca de vuestros pecados, Dios os conceda la abundancia de su misericordia. Sabed que Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Por lo cual yo, indigna hija vuestra, he tomado y tomaré vuestros pecados sobre mí y ellos, junto con os míos, arderán en el dulce fuego de la caridad, donde se consumirán. De modo que confiad y manteneos firmes, pues la gracia divina os lo ha perdonado. Emprended ahora un orden de vivir bien y virtuosamente, teniendo implantado en vuestro corazón el torturante amor que Dios os tiene, prefiriendo la muerte a ofender al creador o a disimular los pecados de vuestros súbditos.
Digo más. Cuando os pedí que trabajaseis en la santa Iglesia no quise referirme ni hablar de los trabajos que tengáis por las cosas temporales (aunque sean buenas) sino que debéis trabajar, principalmente con el Padre Santo y hacer lo que podáis para apartar de él a los lobos y demonios hechos carne, los pastores, esos que no atienden a otra cosa que a comer, hermosos palacios y a los grandes caballos. ¡Ay, que lo que Cristo adquirió en el madero de la cruz se malvierte en meretrices! Os ruego que, aun con peligro de vuestra vida, habléis de esto al Padre Santo para que ponga remedio a tanta maldad y que, cuando llegue el momento de nombrar pastores y cardenales, no se hagan los nombramientos por lisonjas, por dinero o por simonía. Pedidle, en cuanto podáis, que preste atención y mire si el candidato tiene virtudes y buena y santa fama, y que no aprecie más al noble que al que se gana su pan, porque la virtud hace al hombre noble y grato a Dios. Esta es, pues, padre, la dulce tarea que os suplico y suplicaré que emprendáis. Aunque otras sean buenas, esta es óptima.
No digo más por ahora. Perdonad mi presunción. Me encomiendo a vos cien mil veces en Cristo Jesús...”
[1] Así llama al Papa.