La figura del Beato Enrique, junto con el maestro Eckard y Juan Tauler, sobresale en la escuela dominicana de espiritualidad denominada “de los místicos renanos”.
He aquí un pasaje de su Testamento del Amor o Regla del Amor:
“Estad bien convencidos, hijitos, que tal debe ser el esfuerzo en las buenas obras, tal nuestro trabajo ante Dios. Tened, pues variedad de obras, pero unidad de alma. Se recibe más abundantemente la gracia en el tiempo y la gloria en la eternidad cuando nuestro esfuerzo se pone en las manos de Dios que cuando se apoya en una obra externa de perfección, aunque nos parezca santa y grande.
Cultivad todas las virtudes que os sea posible, pero no queráis poner en ellas la confianza sino solamente en Cristo.
¿Queréis sentir al Señor? Ejercitaos en la intimidad y el recogimiento dentro de vosotros mismos.
¿Queréis recibir una nueva iluminación y una nueva gracia de Dios? Aprended a conocer sus dones y a dar gracias a Dios por cada don que de él recibís.
¿Queréis que Dios viva en vosotros y vosotros en Dios en el tiempo y luego en la eternidad? Aprende a morir a vosotros mismos, porque la vida excelente del alma está escondida en la muerte progresiva de la voluntad natural. Esta muerte es la que nos hace seguir a Cristo, despojado y desnudo; despojados y desnudos nosotros en el gozo y en el dolor y en cualquiera cosa que nosotros elijamos, en la que podamos cosechar gozos y dolores.
Esta es la norma más sencilla, que os separéis diligentemente de las cosas temporales. Purificad con sabiduría las apariencias de las creaturas. Elevaos sin desviaciones al cielo con Cristo. Mortificad vuestra naturaleza con discreción pero con firmeza. Sed Dulces en la humildad y seréis capaces de conocer la verdad entera. Nada más por ahora. ¡Seguid bien!”.