La comunidad vive en función de la misión, siempre en movimiento y en la búsqueda del otro
Cap. Bogotá n. 163
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Ejercicios espirit. II

Magisterio espiritual del P. Arintero

Fray Vito T. Gómez, O.P.
Roma

 

Introducción

Santo Tomás, al comienzo de su comentario al Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo (In I Sent. Proœm. q. 1), compara el influjo o la acción del maestro sobre el discípulo a una «biga», es decir, a un carro de la antigüedad tirado por caballos que se deslizaba sobre dos ruedas; estas dos ruedas –aclaraba– vienen a ser como la lengua, el lenguaje hablado, y el estilete o la pluma, la transmisión escrita del pensamiento. De estos dos medios se vale el maestro para conducir al discípulo; el motor del magisterio, precisaba también, debe estar en la caridad de Cristo. Móvil muy primero y principal es éste, recordaba asimismo un pedagogo dominico prácticamente de la primera generación: Guillermo de Tournai, que compuso una obra titulada «De modo docendi pueros», escrito que mandó copiar y distribuir por todos los conventos de la Orden de Predicadores el Capítulo General de 1264 celebrado en París. «La enseñanza —escribía al comienzo— es fruto del amor, y prueba del amor son las obras».

El P. Arintero fue maestro por medio de la palabra y se valió igualmente de los escritos. Su móvil fue, ciertamente, el amor de Cristo. Habló mucho y escribió mucho ¡qué duda cabe! Ambas afirmaciones se conjugan perfectamente con otras: buscaba el silencio, devoraba libros y dedicaba amplio espacio a la reflexión y meditación.

El lenguaje fue instrumento de su magisterio. Fue profesor en el llamado Real Colegio Seminario de San José de Vergara (Guipúzcoa), e igualmente en Corias (Asturias), Salamanca y Roma; enseñó en la Academia de Santo Tomás, fundada por él en Valladolid cuando comenzaba el siglo XX. Asistió a congresos, predicó ejercicios espirituales y misiones populares, pronunció conferencias y charlas; dirigió exhortaciones en locutorios y confesonarios de monasterios; entabló diálogos con muy diferentes personas. Toda esta actividad ha dejado huella duradera.

Fue, igualmente, escritor, la segunda rueda del magisterio aludida por Santo Tomás. En el tiempo en que le llamaban todavía «Juanín» escribió cartas familiares, y asimismo a los superiores dominicos desde Boñar (León), donde estudiaba latín; cuando contaba poco más de 17 años; ya en el aludido convento de Corias, empezó unos apuntes de tipo personal, y en ellos volvió la mirada hacia la etapa inmediatamente anterior de su vida, es decir, al 1875[1], en que, por encargo de su madre, y todavía en el pueblo natal de Lugueros (León), se despidió de los santos, o imágenes de la iglesia parroquial para irse dominico.

Apenas terminados los estudios de su especialidad en ciencias naturales y los cursos filosófico-teológicos, tomó la pluma en sus manos y no la abandonó de por vida, hasta llenar de papeles las celdas conventuales que habitó, aquella «inmensa balumba de papeles, o escritos originales», a que alude Fr. Adriano Suárez en su conocida biografía[2].

Magisterio escrito

            Podemos referirnos, en primer lugar, al magisterio escrito. Tantos escritos, sin duda, han quedado inéditos. Algunos tenían una utilidad puramente personal: tomaba notas a partir de las lecturas valiéndose de cualquier papel, que se encargaba de «reciclar»: el sobre de una carta, márgenes de alguna hoja de calendario, cualquier espacio en blanco dejado por impresos ya inservibles… Su epistolario, si se hubiera podido recoger todo, ocuparía varios volúmenes, y a la verdad que tales cartas, por lo general, podrían ofrecer muchos aspectos, hechos de vida, entorno en el que se mueve, revelar innumerables tonalidades de su rico magisterio. Sería muy deseable disponer de una buena edición del Epistolario arinteriano.

Al tratar de su magisterio escrito puede centrarse la consideración en lo que se afanó para editar, sin pretender, claro está, hacer aquí un elenco bibliográfico; lo ha hecho de manera ejemplar Fr. Antonio Gutiérrez en la revista Ciencia Tomista, hace ya treinta años[3]. Es obvio que tampoco es posible en estas circunstancias analizar a fondo toda su producción bibliográfica. Sí queremos, empero, destacar algunos rasgos en función de nuestro tema, recoger algunas características del magisterio que aparecen ya desde los primeros escritos.

En términos generales puede afirmarse que manejaba bien el arte de la escritura; llegó a expresarse con gran facilidad y elegancia; era conciso, procedía con orden, lograba transmitir claramente cuanto pensaba; su estilo, verdaderamente científico, era sobrio, y consideramos que permanece en la actualidad pletórico de vida. Despertaba interés, aun cuando habitualmente aducía muchos testimonios de otros, pero los citaba con oportunidad y precisión. Mantenía un estilo académico elegante, sin permitirse nada que no estuviera a la altura de la nobleza de los temas que trataba. Iba al fondo de las cuestiones y presentaba un discurso bien concatenado, como llevando de la mano al lector a adentrarse en los conocimientos que él había adquirido de manera gradual, con fatiga, y durante largo tiempo.

Sus muchas lecturas y reflexiones estaban en la base de cuanto entregaba a la imprenta; repasaba los originales y corregía las galeradas que le entregaban los tipógrafos, de modo que, siempre habida cuenta de las limitadas técnicas del momento, son raras las erratas en sus escritos. Es verdad, también en general, cuanto afirmaba su Prior Provincial, Esteban Sacrest, refiriéndose a una obra de los comienzos: que palpitaba en el fondo de la misma un gran espíritu cristiano.

A la altura de los treinta años, en 1890, y hallándose en Vergara, comenzó una colaboración en el periódico El Movimiento Católico, que trabajaba por la unidad de la Iglesia en España en el pontificado de León XIII. El tema escogido fue el paraíso terrenal, y el origen celestial del hombre. En tales escritos se reflejaba con nitidez un alma profundamente enraizada en la fe y dispuesta a su defensa, un espíritu buscador del Dios de las ciencias, con aprecio por la labor que puede realizar el entendimiento en el campo de la naturaleza, convencido de que no existe oposición entre las verdades naturales y la verdad revelada, sino que unas y otras se apoyan e ilustran mutuamente ¡Cuántas veces repitió esto el P. Arintero! Exclamaba desde lo más hondo de su ser: «Toda verdad es hija del cielo y nos pertenece por herencia»[4].

Estimaba que los descubrimientos científicos derramaban mucha luz sobre verdades reveladas hasta entonces inaccesibles. Se advertía en él una acusada preocupación por apoyarse directamente en los escritos que trataba de enjuiciar; sus lecturas eran ya amplias en este tiempo que abarcaba la tercera década de su vida; manejaba una amplia literatura francesa. Se abría a las creencias y pensamiento de las religiones antiguas, y aducía textos en que podía demostrarse su armonía con determinadas afirmaciones bíblicas. Le interesaba, sin duda, la sabiduría clásica y la literatura antigua, en general; era detallista a la hora de fijar bien una traducción a partir del griego; mostraba gran capacidad para la admiración —que es principio del razonar— y se maravillaba de la riqueza insondable de la Sagrada Escritura, que demostraba conocer muy bien[5].

Laboriosidad a toda prueba fue característica que le acompañó a lo largo de sus años. Como es natural, las conclusiones de estos primeros escritos a que nos referimos, por ejemplo a la hora de fijar, en concreto, el lugar del paraíso terrenal, o el momento de la aparición de la vida y del hombre sobre la tierra, estaban marcadas por el tiempo en que vivía. Significaba, con todo, un noble esfuerzo y, en conjunto, un apoyo muy meritorio para contribuir al progreso del movimiento bíblico entre los católicos a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Manifestaba respeto y aprecio por el trabajo de los demás: «No nos gusta —escribía— emprender trabajos que ya están bien hechos»[6].

Sin rodeos, puede afirmarse que evidenciaba firmeza en sus convicciones frente a posturas que degradaban la condición del hombre hasta colocarla al mismo nivel del mundo animal. No debía cuestionarse la «noble dignidad humana», nobleza que le viene a la humanidad de Dios, de su origen celestial. Estimaba que las razones estaban de más ante los ojos que de propósito se obstinaban por cerrarse a toda luz. Mostraba perplejidad ante los autores partidarios del transformismo, y no sabía qué decir; se le oprimía el corazón de dolor, pero estaba convencido de que la ciencia, al fin, conduce al Dios de las Ciencias. Distinguía entre transformación y evolución. La transformación tiene lugar cuando alguna cosa, al desarrollarse, cambia sustancialmente. La evolución, por el contrario, consiste en el progreso dentro de la plena fidelidad a la naturaleza del ser de que se trata.

En 1891 publicó un libro de más de 600 páginas, aunque lo calificaba de «obrita», quizás por el pequeño formato con que aparecía. Firmó su epílogo el 19 de marzo[7]. Continuaba su magisterio al servicio de la fe y en diálogo con las ciencias; se pronunciaba a favor de la universalidad del diluvio, aunque no desde el punto de vista geográfico, sino antropológico. A favor de esta tesis emprendía una verdadera batalla dialéctica, porque se gloriaba de militar bajo las banderas de los hijos de la luz[8]. Reconocía que sus débiles fuerzas no daban mucho de sí y, además, se hallaba en lugar retirado, a saber, en un colegio entre la juventud; pero esto no era obstáculo, para que dispusiera de una amplia biblioteca, especialmente, como queda dicho, en lengua francesa; los escritores eran, en ocasiones, alemanes o ingleses, aunque utilizaba sus publicaciones en francés o en español. Aclaraba que tenía puesta toda su confianza en Dios, y a su gloria dirigía los esfuerzos; pedía perdón por los yerros, y sometía todas sus opiniones, de manera literal, «al infalible dictamen de la santa Iglesia Católica, en cuyo sagrado y maternal seno queremos vivir y morir»[9]. Por la gloria de Dios y el celo de la salvación de las almas se impuso un trabajo largo y penoso para el que se venía preparando desde el tiempo de sus estudios en la Universidad de Salamanca. El libro se concluía con una sentida oración[10].

Esta obra le llevó a publicar 23 artículos en la revista La Ciudad de Dios, a partir de 1894-1895[11]. No sabemos hasta qué punto influyeron en el ánimo de un joven agustino que se hallaba al final del estudio de la teología en El Escorial, donde se editaba la mencionada revista; el estudiante agustino a que nos referimos sacó después el título en ciencias naturales, como el P. Arintero, pero en la Universidad Central de Madrid; se dedicó en adelante a la enseñanza de su especialidad, en el Real Colegio Alfonso XII de El Escorial, en Guernica y, finalmente, en Madrid, en el Colegio de San Agustín, situado en la calle Valverde[12]. Ha alcanzado ya el honor de los altares con el título de Beato Sabino Rodrigo Fierro, y fue martirizado con algunos dominicos seguidores del P. Arintero en Paracuellos de Jarama (Madrid). Este último se propuso contestar en los aludidos artículos de La Ciudad de Dios al entonces canónigo de Toledo y después obispo auxiliar de Santiago de Compostela Ramiro Fernández Valbuena. Es curioso que los tres recordados tuvieron alguna vez oportunidad de encontrarse en un pueblecito de la montaña leonesa —Villacorta—, donde D. Ramiro tenía a su hermano Balbino como párroco, el P. Arintero a su sobrina Aurora, maestra de primera enseñanza, y, finalmente, el Beato Sabino visitaba allí a la familia constituida por su hermana Elvira.

El P. Arintero se situaba claramente entre quienes deseaban para su tiempo una juventud estudiosa y al tanto de los grandes descubrimientos modernos; suspiraba por un nuevo florecimiento de los estudios en España, esplendor semejante al que se dio cuando los sabios llevaban de frente todas las ciencias y marchaban a la cabeza del movimiento intelectual. Para ello estimaba que hacía falta remediar algún tanto los estudios clásicos, y amoldarse en todo a las necesidades de la época, tal como hicieron los santos doctores de todos los siglos. Había que estudiar a fondo las ciencias modernas, servirse de sus clarísimas luces e inapelables testimonios, apoderarse de todos los nuevos descubrimientos, antes de que cayeran en manos de los adversarios. Programa que indudablemente asumía.

Animaba a no temer jamás los nuevos descubrimientos, antes bien, ser los primeros en procurarlos y marchar a la cabeza del movimiento científico. Jamás las verdades que se fueran descubriendo podrían contradecir a las reveladas. La mejor garantía de que se sirve a la verdad es no temer la luz, y suspirar por ella con todas las veras del alma; entendía que, si se trata de luz verdadera, proviene indudablemente del cielo. La ciencia perfecta conduce siempre a Dios, y hay que contribuir a activar su desarrollo; no hay que resistir a la irresistible corriente, si no se quiere caer en la ignorancia, en la sección de retrógrados, en el grupo de los enemigos de la ciencia. Las verdades están de tal modo enlazadas, que la negación de una, por ínfima que parezca, conduce lógicamente a la negación de las otras.

El magisterio escrito del P. Arintero se presentó de manera verdaderamente espléndida en 1898, al final de su docencia en Corias, a los 38 años de edad, y en fecha especialmente significativa para la historia general de España, al rayar en su ocaso el siglo XIX, tal como escribía. Gracias al mecenazgo del obispo de Oviedo Fr. Ramón Martínez Vigil, O.P., pudo publicar un libro de tomo y lomo que se imprimió en Gijón; es la obra más hermosa en cuanto a la impresión se refiere, entre todas las editadas por él. La dedicó al tema de la evolución y la filosofía cristiana[13].

Repasaba los grandes progresos de las ciencias naturales en el siglo que finalizaba; avances en la física, la mecánica, el desarrollo industrial; el vapor llevaba en sus alas por tierras y mares; la electricidad ofrecía el dominio de los aires, y en los submarinos prometía la conquista de los abismos del mar; la electricidad lograba la comunicación del pensamiento a distancia con la rapidez del rayo, y convertía a la humanidad «en una sola familia»; el teléfono transmitía la voz articulada a través de mares y tierras; el micrófono, estereotipando y eternizando las vibraciones sonoras, hacía que la misma palabra viviente resonara a través de los siglos; la fotografía grababa las fugitivas imágenes y podía reproducir las formas en movimiento, las escenas animadas; los invisibles rayos X de Röntgen, última maravilla del siglo, mostraban lo que no pudieron descubrir ni aun los vibrantes destellos solares. Seguía enumerando los avances en el campo de la química, historia natural, anatomía, fisiología, biología, citología, que manifestaba los misterios de la vida de las células, la paleontología, geología, astronomía… Pero cada nuevo horizonte ofrecía nuevos misterios que pedían soluciones verdaderamente científicas, a partir de una serena investigación de la verdad.

            Convencido estaba de que el cultivo de la ciencia había de hacerse con «santa libertad», sin estrechez de criterio, tampoco con temor a las novedades legítimas, o estancándose en conclusiones científicas o exegéticas que se habían manifestado inútiles o nocivas[14].

Las verdades dogmáticas ayudaban a esclarecer puntos de las ciencias, y, a su vez, las verdades científicas podían ilustrar el dogma, aclarar pasajes difíciles de la Sagrada Escritura y facilitar su debida inteligencia[15]. La filosofía y, más en concreto, la metafísica, debía colaborar con las ciencias experimentales. A este propósito, estimulado por la encíclica Æterni Patris de León XIII, ofrecía una reflexión metodológica de gran interés para el estudio de santo Tomás. No puede hacerse revivir el espíritu del Santo Doctor en la solución de las grandes cuestiones que plantea la actualidad y ponerlo en pugna con ellas. Por el contrario, el camino adecuado será el de «aplicarles ese espíritu, imprimirles las tendencias elevadas del Angélico Doctor, resolviéndolas como él las resolvería, si viviera en nuestros tiempos, si dispusiera de los preciosos y numerosísimos datos recientes que hoy se tienen a la mano, esto es lo que la razón y la prudencia dictan al fiel y verdadero tomista, que reconoce en el Ángel de Aquino, no ya al gran Doctor del siglo XIII, sino al Doctor incomparable de todos los siglos»[16].

            Opinaba que resistir a las declaradas tendencias científicas y querer violentar las evoluciones de la razón humana, era pretender lo imposible, era como querer que un río corriera hacia atrás. Había que imprimir un rumbo racional y católico a tales tendencias, precaviéndolas de todo lo que pudieran tener de aventuradas y señalándoles un norte seguro; ésta era tarea del filósofo y del teólogo: estudiar las verdades científicas a la luz de los principios de la filosofía cristiana[17].

            Ofrecía otra aportación de maestro en el amplio campo del espíritu cuando aseguraba que en la discusión se suscitan y agitan muchas cuestiones, pero sólo se resuelven en un clima de calma[18]. Así, por ejemplo, confesaba que había nacido y fue educado en un ambiente de discusión del darwinismo, y que fue arrastrado por la corriente dominante en su entorno; el marco en que vivía le hizo antitransformista decidido, incluso apasionado. Lo combatió repetidas veces de palabra, como por ejemplo, en el ejercicio para la licenciatura en ciencias; lo combatió entonces con toda energía; pero fue, si no la última, una de las últimas veces que lo rechazó.

Consideradas las cosas con honradez, no cabía la menor duda de que, para impugnar el evolucionismo, había que conocerlo a fondo; y para ello no bastaba mirarlo por un lado sólo; había que considerarlo bajo todos los puntos de vista, y examinarlo a la luz de las diversas ciencias con las que se relacionaba, a la vez que estudiarlo en la misma realidad. Escribía: «Por eso quisimos tomar el asunto con calma, a fin de poderlo examinar a sangre fría con toda imparcialidad, a la vez que íbamos adquiriendo los conocimientos necesarios en las referidas materias»[19].

De este modo la aversión a la evolución se trocó progresivamente en simpatía. Pero este cambio no lo hizo a la ligera; estudió a fondo y por largo tiempo, unos diez años, los pros y los contra, y así concluyó que el evolucionismo era verdadero en el fondo, y que los errores estaban sólo en la exageración del sistema, en las consecuencias forzadas de sus partidarios sistemáticos. Se podía impugnar lo exagerado y violento, pero lo esencial quedaba en pie. Despojado de sus extremismos servía mejor que ningún otro sistema, para revelar la grandeza de Dios y su infinita sabiduría en la realización del magnífico plan del Universo visible.

A través de este sistema descubrió la grandeza del Dios Creador, que no tiene que estar todos los días corrigiendo, retocando o reparando su obra. Ese Dios obraría de manera demasiado humana; ese Dios no es el Dios Inmenso, Omnipotente, Sapientísimo, que cautiva las inteligencias y arrebata las almas y a quien los corazones adoran[20]. El Dios verdadero impera a la naturaleza y le manda desarrollarse, perfeccionarse.

            Esta autoconfesión del P. Arintero alcanza expresiones particularmente reveladoras de su mundo interior de verdadero maestro en las siguientes palabras: «Esa grandeza de Dios, que se descubre en el evolucionismo, es el imán poderoso que nos atrajo hacia tan sublime sistema, y que hoy nos mantiene unidos a él de una manera firmísima, inquebrantable. Sin embargo, antes de habernos adherido con seguridad, ¡cuántas vacilaciones, cuántas dudas, cuántas perplejidades agitaron años y años nuestra alma!»[21]. Distinguió perfectamente entre las especies orgánicas y las metafísicas, y así llegó a la conclusión de que santo Tomás debía figurar entre los padres del evolucionismo teológico. Se sentía muy en comunión de ideales con el Siervo de Dios, P. José María Lagrange, O.P., y así lo aseguraba cuando repetía que rompió prevenciones y se adhirió al evolucionismo moderado[22].

            Sobre la creación y evolución publicó en 1901 siete artículos en la Revista Iberoamericana. Comparaba la naturaleza a un libro inmenso que en todas sus páginas mostraba al Creador. La evolución realza la providencia, descubre el plan del Arquitecto del mundo, pone de relieve la Inteligencia ordenadora de cuanto existe; la obra del progreso se realiza obedeciendo siempre a una sapientísima ley que coordina lo disperso y heterogéneo.

            De este mismo año 1901 es la obra en que recoge y completa unos artículos que publicó en la Revista Eclesiástica; la tituló: El Hexamerón y la ciencia moderna; reunía en ella intervenciones tenidas en Valladolid, en la Academia de Santo Tomás, de la que fue fundador y director[23]. Dedicó este volumen al Papa León XIII, «restaurador de los estudios bíblico-científicos». Intentaba responder a las cuestiones que se refieren, tanto a los orígenes de la humanidad, como a su destino. Venía a complementar otro libro que escribió, pero del que se le extraviaron dos capítulos en el viaje de Madrid a Venta de Baños (Palencia). Se titulaba La evolución y la filosofía cristiana[24].

            En 1904 publicó un libro en dos partes, con más de setecientas páginas en total, sobre la Providencia y la evolución[25]. De él fue censor el Beato Vicente Álvarez Cienfuegos, tres años menor que el P. Arintero. En la censura admiraba el nuevo Beato mártir la sólida erudición del autor y la habilidad con que utilizaba los principios de la sana filosofía, los descubrimientos de la ciencia y las confesiones de los enemigos de la religión en defensa de ésta.

            Estimaba el P. Arintero, en el prólogo, que sólo el que tuvo poder para crear el mundo, tiene la sabiduría necesaria para ordenarlo y gobernarlo. En toda la naturaleza hay un orden admirable, un orden racional que se explica magníficamente por la sublime Inteligencia provisora y ordenadora que es la Providencia[26].

            En esta etapa, y durante su profesorado en Corias, por los años 1897-1898, demostró gran capacidad para adentrarse en las profundidades del alma humana, con motivo de una enfermedad del todo especial que se le declaró a uno de los formandos; en tal ocasión revelaba que había realizado estudios psico-fisiológicos, y era aficionado a estudios médicos; con permiso de aquella persona, que cuando se lo dio era ya sacerdote diocesano, publicó el caso en una serie de artículos en La Ciencia Tomista (1916-1920). Por su escrito se advierte que observó todos los detalles del largo proceso, siguió las diferentes fases de aquel caso extraño, recogió datos no guardados por otros[27]; aludió a ellos en una de sus obras en 1904. Lo que más interesa a nuestro propósito es que, lejos de mantenerse a distancia del enfermo, se hizo cercano por demás; lo llevaron a la enfermería que estaba junto a su celda; además, por entonces era vicerrector de la comunidad; procuró alentar al paciente, quitarle los temores y sugerirle siempre muchas esperanzas de curación; no tuvo inconveniente en dejarle su caja del rapé cuantas veces se la pidió sonámbulo; a veces lograba que durmiera tranquilo y contribuía a que no le dieran los ataques; en ocasiones le ponía cariñosamente la mano en la frente y le apretaba del mismo modo, consiguiendo que durmiera y se calmara. Todo un modo de comportarse que pone de relieve sus valores y sus virtudes. Estos artículos de Ciencia Tomista revelan que el maestro de espiritualidad de los últimos años se iba forjando desde mucho tiempo atrás.

            En mayo de 1907 tenía terminados dos escritos, que se publicaron en 1908, y llevaban por título común: Desenvolvimiento y vitalidad de la Iglesia. Formaban parte de un magno proyecto, y figuraban como Libro III, Evolución mística, y Libro IV, Mecanismo divino de los factores de la evolución eclesiástica[28]. Aunque el Libro I, dedicado a la Evolución orgánica, se publicó en 1911[29], tres años más tarde de los anteriores, al comienzo del mismo se desvelaba la razón de ser de esta tan importante obra.

No ignoraba, claro está, las tesis tan difundidas por la Ilustración y el Liberalismo decimonónico; para tantos pensadores y literatos de los siglos anteriores, a la Iglesia católica le había llegado la hora de la muerte; si no estaba medio muerta, al menos sí moribunda y próxima a fenecer. El P. Arintero, por el contrario, creía en su progresiva renovación espiritual; las terribles pruebas que sufría servirían para purificarla más y más. Era preciso, sin embargo, que sus hijos no escondieran los talentos recibidos, a causa del temor o la pereza, sino que los hicieran fructificar.

La Iglesia católica –estaba convencido– es un maravilloso organismo que, a diferencia de otros, en vez de perecer en las grandes crisis, se rejuvenece y recobra en ellas nuevos bríos[30]. Es lo que se propuso mostrar en esta obra: la vitalidad prodigiosa de la Iglesia, que es la perenne encarnación del Verbo de vida; es la gloria de Cristo, o el mismo Cristo-Jesús perpetuado en la tierra a través de los siglos, para hablar a todos los hombres las palabras de vida eterna que cada cual necesita. El Espíritu está operando de continuo una misteriosa renovación espiritual en cuantos procuran no resistirle en nada, siendo en todo dóciles a la Iglesia. El secreto para alcanzar tal renovación está en seguir a Jesucristo, que es camino, verdad y vida, «pues siguiendo sus pasos, escribe, e imitando sus maravillosos ejemplos y practicando sus consejos según lo pida nuestro estado y condición, serviremos a Dios y al prójimo en la medida de “nuestro especial carisma” –como decía San Clemente; y así contribuiremos a edificar el místico cuerpo de Cristo, donde tendremos luz de vida»[31].

El examen del desarrollo y renovación de la Iglesia a lo largo de los siglos orientará hacia futuras evoluciones y renovaciones, hasta llegar a su plena expansión y hermosura. Hay que aceptar y retener lo bueno y legítimo, venga de donde viniere, sea antiguo o moderno, pues toda verdad y bondad, donde quiera que se halle, siempre viene de Dios. Tal es el progreso esencial de la Iglesia.

            Se da un progreso accidental, que consiste en modificar oportunamente, en armonía con las circunstancias, todas aquellas cosas que de suyo varían o piden variar con los tiempos y lugares, para utilizar del mejor modo posible las diversas condiciones de existencia. Hay que adaptarse, en cuanto se puede, a toda clase de personas; hay que tener muy en cuenta las necesidades especiales de cada época o nación, para saber remediarlas; hay que hablar a cada cual en su propio lenguaje, y según su mentalidad, para que pueda entendernos y luego atendernos.

            Juzga el P. Arintero que en la renovación tiene una parte decisiva la meditación de la Palabra de Dios; por ello hay que ser, por encima de todo, amigos de vivir de ella, y no contentarse con especular o discutir sobre ella, sintiendo al vivo y haciendo vivir su virtud[32]. La Palabra dará vuelos al corazón, y a las más nobles les proporcionará aspiraciones propias del alma cristiana. La revelación ha de estar en la base de la teología de la razón, complementada con la teología del corazón. Las dos teologías, de la razón y del corazón, deben mutuamente auxiliarse y apoyarse para evitar extravíos y para poder constituir una ciencia directora de la vida integral del cristiano. Llevarán a la evolución mística, mediante la cual se crece verdaderamente en gracia y conocimiento del Hijo de Dios. Esta evolución es la razón capital de todas las demás evoluciones con que la Iglesia, y cada uno de sus miembros, van progresando en todo, merced al continuo influjo que reciben de Cristo.

            Palabra y Eucaristía son dos ejes necesarios para la evolución y progreso de la Iglesia. La Eucaristía es sacramento de los sacramentos: alimenta, hace crecer, da vida, une con Cristo y transforma en Él[33].

            Estas obras eclesiológicas del P. Arintero, combatidas por algunos, fueron, sin embargo, calificadas por muchos como magistrales y únicas, impregnadas de sano criterio católico; admiraban su profundo conocimiento de las Escrituras, Padres de la Iglesia, teología, autores de vida espiritual.

            Al Desenvolvimiento y vitalidad de la Iglesia siguieron las Cuestiones Místicas, Los grados de oración (1918), La Exposición amplia del Cantar de los Cantares. Desde 1921, tantos y tantos trabajos publicados en La Vida Sobrenatural, su revista, que, tras ochenta y siete años de existencia, sigue llena de vitalidad y sembrando el bien.

            En 1925 publicó en la editorial «Fides» de Salamanca, La verdadera mística tradicional. De ella hizo recensión la revista «Rosas y Espinas», en el tiempo en que la dirigía el mártir Beato Francisco Calvo. Se reconocía que, desde hacía algunos años, se daba un franco resurgimiento místico, aunque, como era natural, no había faltado la oposición de encontradas opiniones. El P. Arintero era propulsor como el que más de este saludable movimiento; venía luchando denodadamente por el restablecimiento de las puras y tradicionales doctrinas; llevaba ya varias obras publicadas en este sentido. La obra que presentaban en esta ocasión obedecía a un recrudecimiento de la contienda. Estaba integrada por trabajos editados en distintas ocasiones, pero todos se encuadraban bien en el marco en que aparecían, y todos llevaban el sello de la competencia que el autor tenía en estas materias. El décimo era el más importante capítulo; en él se defendía la unidad de la perfección cristiana, que tiene su pleno desarrollo y coronamiento en la vida mística. El P. Arintero se vio forzado, «muy contra su natural modo de ser y de pensar», a rebatir con entereza las armas empleadas por sus adversarios para descrédito de su doctrina y persona[34].

Magisterio hablado

            El magisterio del P. Arintero se proyectó por medio de la palabra, como asegurábamos más arriba. A veces sus intervenciones habladas pasaban a la imprenta. «Fue un apóstol infatigable,/ y la pluma era poco para saciarle: corrió la España,/ haciendo bien a todos con su palabra», escribió en forma poética el operario diocesano José Mª Feraud García en 1930.

            En 1898 volvió a Salamanca, decía él que después de doce años de ausencia, y pronunció una conferencia el 10 de diciembre en la Academia de Santo Tomás, fundada por el dominico francés Gil Vilanova (n. 1851, profeso en 1876, y fallecido en 1905 en la misión de Brasil); fue lector de teología para los dominicos franceses refugiados en Salamanca a partir de octubre de 1881. El P. Lagrange, uno de los discípulos, recordaba su palabra lúcida y arrebatadora cuando explicaba artículos de la Suma de Teología de santo Tomás. El P. Arintero, por su parte, que convivió con él, guardó en la memoria el recuerdo de un hermano humilde y cariñoso, sabio profundísimo, orador fogoso y arrebatador, «que a pesar de luchar con las dificultades de una lengua para él extraña, supo encender tal entusiasmo y arrancar tales aplausos con sus luminosas conferencias pronunciadas en el paraninfo de la Universidad salmantina, que aún me parece oír resonar allí el eco de su fascinadora palabra. El P. Vilanova era un genio benéfico, a semejanza del Divino Salvador, que por todas partes “pasaba haciendo bien y sanando enfermos”, donde quiera que sentaba sus plantas dejaba la huella de beneficios»[35].

            Trató en esta oportunidad el P. Arintero de la evolución, «una de esas fascinadoras palabras que de cuando en cuando surgen en el curso de los siglos». Recordaba ahora que la evolución se aplicaba a todo y todo se pretendía explicar por ella; sanamente concebida era como un rayo de luz que orientaba y dirigía al investigador de la verdad. Deseaba que no se comprometiera la verdad eterna con las eternas disputas de los hombres, ni con los mudables resultados de las investigaciones humanas; no debía hacerse al dogma solidario de simples doctrinas filosóficas o naturalísticas, tales como la fijeza de las especies, que la ciencia podía quizás desmentir. No había que alarmarse ante las nuevas doctrinas, ni precipitarse en condenas, y exclamaba: «La ciencia es luz, y la luz siempre es amable a los hijos de la verdad; solamente a los hijos de las tinieblas es aborrecible». Como lo hizo en la obra Evolución y filosofía cristiana reconocía en este discurso que él se había opuesto decididamente a la teoría de la evolución, con la particularidad de que en el acto académico estaban presentes quienes fueron testigos un día de su impugnación, al finalizar los estudios universitarios[36].

Hacia la conclusión de la conferencia ofreció a los estudiosos que se hallaban presentes unas pautas de comportamiento. Entendía que lo primero que se necesita para combatir con éxito el error, era aceptar la verdad parcial con que se le encubre y disfraza; jamás una verdad se opondrá a otra, ni la verdad científica pugnará contra la dogmática; la verdad, sea cual fuere su proveniencia, es hija del cielo, y se debe amar y aceptar; la tierra tiene escondida entre sus pliegues la propia historia, escrita por el mismo dedo divino; y esta historia, descubierta por la geología y demás ciencias naturales, consigna la evolución gradual de los organismos, junto con la evolución de la misma tierra; semejante historia, tan vasta como auténtica y luminosa, se armoniza admirablemente con otra muy compendiada, que el mismo Dios mandó escribir por mano de sus profetas. La verdad de la evolución, moderada y restringida, se imponía.

            Terminaba la conferencia a que venimos refiriéndonos con un texto, que Dios quiera que un día pueda ofrecerse, al menos en parte, para la celebración litúrgica en honor del P. Arintero. Es éste: «Indigno me juzgaría de ser el ínfimo de una orden que por bandera ostenta la sublime palabra Veritas, si por miramientos humanos o por cualquier otro pretexto, dejare de amar y de abrazar con ardor la menor verdad científica conocida. Porque, con fama de inquisidores y todo, los dominicos y en general los herederos del espíritu del Dr. Angélico, entre los cuales se cuentan hoy los miembros de esta Academia, se han distinguido siempre por su amor sincero a la legítima ciencia, y el dominico que la despreciare o se opusiere a una sola verdad científica, por creerla nueva o peligrosa, ha mancillado y debe borrar para siempre el emblema de todas sus glorias, el lema divino: Veritas.–Pero no; los discípulos de Santo Tomás amarán aún la verdad; y unidos aquí hoy, como siempre, con los sabios representantes de esta Universidad gloriosísima, Princesa de todas las ciencias, y con los de este ilustre cabildo, donde nació la Universidad misma, procurarán hacerse dignos de tremolar, con Deza y Cano, y Soto y Báñez y Vitoria, la blanca bandera de la Verdad. Porque la verdad puede obscurecerse entre las nubes de la pasión; puede encontrar obstáculos y enemigos; pero al fin descubre su rostro hermoso y brillante, se impone y triunfa. Veritas liberabit eos». Su antiguo condiscípulo en las aulas de Salamanca, Juan Domínguez Berruela, decía, tras escucharle en esta oportunidad, que se mantenía siempre el mismo, candoroso, ingenuo, lleno de infancia espiritual, sin asomo de petulancia, a mil leguas de toda pedantería; aludiendo a su sordera, le parecía que se había hecho sordo a sí mismo para no oírse. Todo su hablar, de corrido, como un niño, era para comunicar su pensamiento, lleno de sinceridad, a quien quisiera escucharle.

            Entre los discursos es también obligado mencionar uno que tuvo en 1900, en Valladolid, al reanudar los estudios superiores exegético-apologéticos en el histórico Colegio de San Gregorio; el acto se celebró en la antigua capilla, con la asistencia de un nutrido grupo de personas, presididas por el Cardenal Cascajares[37]. Le parecía la realización de un sueño dorado, por largo tiempo mantenido; no es extraño que se manifestara conmovido, maravillado, atónito, a la vez que lleno de satisfacción. San Gregorio evocaba lo mejor de la historia dominicana en la España del siglo XVI; por aquel Colegio pasó una pléyade de santos y sabios, y hasta recordaba con precisión los nombres de algunos, como Fr. Luis de Granada, Bartolomé de Carranza, Francisco de Vitoria, Báñez, Soto, Cano, Bartolomé de las Casas, Navarrete, Morales, Zumárraga… Parece significativo el elogio que hace de Fr. Luis de Granda, ya en este momento de su vida: «Aquí el incomparable Fr. Luis de Granada, el príncipe de la elocuencia española, el padre de los místicos modernos y el más fecundo de todos los místicos […]. Las circunstancias hacen a los hombres; y la lucha con los errores de Lutero y de los iluminados acrisoló la ciencia de Cano y de Granada, y los estimuló a ellos y a tantos otros a trabajar por la gloria de Dios, el bien de las almas y la prosperidad de la patria»[38].

            Preocupación suya en este memorable discurso, como puede decirse que siempre, era prestar un verdadero servicio en el momento histórico en que vivía. En esto coincidía plenamente con Francisco de Vitoria: se colocaba valientemente ante los nuevos problemas. Uno de ellos consistía en la falta de preparación en tantas personas encargadas de defender la verdad. Con certero juicio entendía que la crisis que vivían en aquellos momentos venía preparándose desde hacía siglo y medio, desde mediados del siglo XVII –a cuyo tiempo dedicó Paul Hazard su famosa obra «Crisis de la conciencia europea»– y, sin embargo, aunque la crisis venía preparándose desde hacía tan largo tiempo, había sorprendido a sabios católicos de todo el mundo. Se dio el fenómeno de una multitud de teólogos fósiles, y tomaba la expresión de Fonsegrive.

Llamaba a sacudir la pereza frente a inminentes peligros, que resultaban de luchas muy intensas; de hecho se combatía todo: la Iglesia, Escritura, religión sobrenatural, religión natural, orden social, propiedad, seguridad personal, y tales combates dejaban un inmenso vacío que mataba. España no se hallaba al margen de toda esta problemática, por mucho que se repitiera que era eminentemente católica. Los falsos principios habían traspasado las aulas y se difundían entre las masas. Invitaba a fijar los ojos en las librerías de viejo y barato que llenaban las calles de Madrid para ver lo que se leía y había leído la gente; podían fijarse también en las librerías aparatosas donde estaban las obras flamantes que consultaban profesores, alumnos y gente pensadora; podían igualmente fijarse en los periódicos de mayor tirada y circulación, prestar atención al tipo de conferencias que se pronunciaban en diferentes ámbitos, y se comprobaría que las ideas que se difundían por España eran anticristianas. Toda idea constituye una fuerza y, a veces, las más absurdas, eran las más fecundas. Citaba a su maestro el cardenal Zeferino González para asegurar que la lucha en el terreno ideal es mil veces más temible que la sangrienta.

            Creía que en España estaba extendido el indiferentismo, e invitaba a comparar el número de hombres que se acercaban a oír el sermón con los que frecuentaban el casino, el café o la taberna; a comparar el número de aquellos que en las elecciones votaban según el deber y conciencia, o según la rutina o el interés anticristiano. Pero el indiferentismo era un fenómeno inestable y, a no retroceder, llevaría a la irreligión, y el día en que las madres fueran descreídas o indiferentes, se acabó en el hogar doméstico toda religión. Había que acertar en el tratamiento de las cuestiones candentes, despertar del letargo a los que no iban a los templos y a la predicación. Era preciso especializarse en las diferentes ramas de la ciencia, escribir en todo tipo de publicaciones, en la prensa seria y ligera, en libros, revistas y periódicos; dirigir la palabra en círculos, clases y academias, en las calles y ferrocarriles: jamás debía desaprovecharse la prudente ocasión de defender la fe[39].

            Suspiraba desde hacía muchos años, andaba entonces por los 40 de su edad, ansiaba con toda su alma ver desarrollado entre los católicos, y especialmente entre los eclesiásticos, el amor y cultivo de la ciencia y de la crítica. Tarea tan enorme sería ciertamente posible con la ayuda de Dios. Como estaba convencido de ello, quiso trabajar algo, aun en medio de las imprescindibles ocupaciones que la obediencia le imponía. Le animaba cuanto se hacía en el extranjero, en particular la creación de la Escuela Bíblica de Jerusalén, con su órgano de expresión la Revue Biblique[40]. Trabajó para que se fundara una revista análoga y fue, por su parte, preparando algunos materiales; una y otra vez estuvo a punto de ser realidad, «y cuando ya contaba con excelentes colaboradores, españoles y extranjeros, a lo mejor, sin saber cómo, fracasó».

Siguió trabajando para «resucitar» el Colegio de San Gregorio de Valladolid y, en orden a este proyecto, reunió fósiles, insectos, pájaros y poco a poco formó un museo regular en Vergara para trasladar la mejor parte del mismo a Valladolid. Luchó contra muchas prevenciones y logró muy escasos éxitos, decía. Como no pudo fundar la revista, colaboró en algunas ya existentes y entre tanto apareció la Revista Eclesiástica, que respondía a su criterio y se honraba en ser ínfimo colaborador de la misma. Hacia la restauración del Colegio se proponía seguir caminando. No buscaba sino la gloria de Dios y el bien de las almas, con la defensa de la religión. Para comenzar pensaba fundar una academia de Santo Tomás, como la que tantos frutos venía dando en Salamanca. Tendría un carácter interdisciplinar para estudiar cuestiones mixtas que interesaran a la religión, y en la que todos los académicos, de cualquier carrera que fueran, pudieran tomar la palabra. De este modo estrechaban sus relaciones los alumnos de distintas facultades, y adquirían insensiblemente una erudición variada, y se imponían en los transcendentales problemas religiosos.

            Afirmaba ya en este discurso que la Iglesia es un organismo viviente, y como tal se desarrolla y se mantiene siempre en armonía y perfecta adaptación con las circunstancias. Por desarrollarse no se transforma en otra; es la misma siempre, siempre rejuvenecida. Poder evolucionar es para la Iglesia el poder vivir, crecer, progresar.

Unas conferencias dio el P. Arintero antes de 1917 sobre el Cantar de los Cantares, y una religiosa reparadora tomó sus notas e hizo un resumen que, revisado por el autor, vio la luz pública[41]. Pone de manifiesto el amor de Cristo hacia la Iglesia y la Santísima Virgen, y el divino desposorio del Verbo con las almas, que pide una configuración con el Señor y la fiel imitación de sus virtudes. Semejante muestra que perpetúa en el escrito su magisterio oral es, a la vez, descripción del tono con que hablaba por esta época y el aprecio con que se recibía su mensaje.

Ha de decirse que el P. Arintero, al menos en los últimos veinte años de vida, enriqueció su estilo literario, pero manifestó limitaciones a la hora de expresarse de palabra. Como es sabido, le afectaba una sordera que no sólo le dificultaba la comunicación fluida, sino hasta la expresión. En el ambiente internacional del «Angelicum» de Roma –entonces en Via San Vitale– no logró desenvolverse con facilidad; estuvo solamente un curso (1909-1910). Al defecto de oído se añadía una deficiente pronunciación[42].

Nada mejor a este respecto que repasar el relato del joven sacerdote valenciano, Francisco Arnau Moles, que participó en unos ejercicios espirituales predicados por el P. Arintero en agosto de 1917, en la casa de espiritualidad de los capuchinos de Masamagrell, entre Valencia y Sagunto. Lo observó detenidamente desde el momento en que bajó del tren; hizo el viaje en pleno verano, desde Salamanca y en un vagón de tercera clase. Apenas puso el pie en tierra se derrumbó la imagen que de él se habían forjado por los escritos sus admiradores de Valencia. Hablaba con precipitación y de manera disonante; les pareció excesivamente sencillo y llano en el trato[43]. Eran estos, sin duda, condicionamientos que afectaban a su magisterio oral.

Sin embargo, hay que afirmar que fue un gran maestro, también por medio del lenguaje. Las limitaciones aludidas, que eran reales, a la hora de la verdad, quedaban en un segundo plano cuando comenzaba a hablar de las cosas de Dios. Daba fe de ello también el mencionado Francisco Arnau: se aprovechaban de sus pláticas también los seglares, se admiraban de la doctrina y la retenían en su mente y corazón. La misma sencillez infantil que mostraba servía, de hecho, para transmitir su gran sabiduría; su muy profunda humildad exteriorizaba la santidad. El celo apostólico de que estaba poseído oscurecía sus limitaciones de sordera, voz desentonada y deficiente articulación de las palabras. Utilizó el espacio del tren en que regresaba de Liria a Valencia para seguir hablando a las señoras que participaron en los ejercicios que les dirigió en el santuario de San Miguel; sin respetos humanos, aprovechó la hora y media de viaje para darles una interesantísima conferencia, respondiendo a las preguntas que le formulaban.

Esta tanda de ejercicios para señoras en San Miguel de Liria fue preludio de la que dio, como queda dicho, a once sacerdotes y un seglar en el convento de la Magdalena de Masamagrell. Les edificó por su amabilidad y buen trato, se mostró sencillo y al alcance de todos; admiraron la devoción y profundo recogimiento al rezar el rosario, reunidos, como en familia, después de cenar; celebraba la misa con devoción y recogimiento envidiables, y prolongaba la acción de gracias; oraba con los ejercitantes; las pláticas eran doctas e interesantísimas conferencias sobre puntos de elevada espiritualidad; les parecía que no era ciencia humana la que transmitía, sino infundida por Dios; había capuchinos que se colocaban discretamente en la tribuna alta para seguir las charlas, admirados de tan celestial doctrina, centrada en el amor; animaba a contemplación y unión divina, y despertaba en el alma ansias de perfección[44].

El P. Arintero ejerció su magisterio por mucho tiempo en las clases. Comenzó a los 26 años en el Colegio de San José de Vergara, donde permaneció seis años, hasta 1892, y enseñó física, química e historia natural. Algún testigo de vista aseguraba que tenía el arte de interesar a los alumnos en todo lo que les era provechoso; le admiraban y querían todos, le rodeaban en los recreos para escucharle; era tan amable y humilde que a todos ganaba y cautivaba[45].

Su profesorado en Corias duró otros seis años (1892-1898), y aquí sus alumnos fueron dominicos; entre otros compromisos que adquirió al comenzar esta etapa de docencia fue el buen cumplimiento de las obligaciones académicas[46]. Por las aulas de Corias pasaron numerosos discípulos que se vieron conquistados por su magnetismo personal; entusiasmaba al comunicarse con el discipulado; enseñó física e historia natural, en el curso llamado de física, antes de que comenzaran la filosofía. Sus alumnos, con el paso del tiempo, poblaron conventos en España y América, enseñaron, a su vez, predicaron, dieron escritos a la imprenta; entre los discípulos de este tiempo, por citar sólo algunos, estaban los futuros obispos Albino González Menéndez Reigada, que rigió las diócesis de Tenerife y Córdoba, Raimundo Martín, que sirvió la diócesis de Coban, en Alta Verapaz (Guatemala), Sabas Sarasola y José María García Grain, vicarios apostólicos de Puerto Maldonado (Perú). El obispo Sarasola escribió a Salamanca desde las selvas Amazónicas apenas se enteró de la muerte de su venerado y queridísimo maestro, laborioso cual no había conocido otro y profesor que supo como ninguno, instruir y edificar, enseñar y conmover, ilustrar la inteligencia y encender los corazones.

En la última etapa de la vida del P. Arintero, formó parte de la comunidad de Salamanca el futuro obispo de esta diócesis Francico Barbado Viejo; otros nombres de discípulos en Corias: Luis González Alonso Getino, Sabino Martínez Lozano, Alberto Colunga, Ignacio Menéndez Reigada, Victorino Osende. De alguna manera proyectaron su propia acción, cada uno en su ámbito y según su estilo propio.

De 1900 a 1903 estuvo en Valladolid, como presidente fundador de la Academia de Santo Tomás; materias de enseñanza fueron la exégesis bíblica y la apologética; estaba a su lado Fr. Justo Cuervo, que enseñaba teología moral y elocuencia sagrada. En 1903 lo destinaron a Salamanca y aquí puede decirse que transcurrió la última etapa de la vida, si se exceptúa el año que estuvo en Roma (1909-1910). En Salamanca fue profesor de apologética, lugares teológicos, historia de los dogmas y, sobre todo, Sagrada Escritura. Fue subprior conventual varios años; ayudó desde este cargo al prior Beato Alfredo Fanjul. Y ya que hemos aludido a este mártir de la fe, no estará de más recordar algunos nombres de personas muy cercanas al P. Arintero, discípulos suyos, cuya santidad ha sido ya proclamada por la Iglesia.

Fue profesor en Corias de los Beatos Juan Mendibelzúa Ocerín, José Domingo Gafo Muñiz, Manuel Gutiérrez Ceballos, Francisco Calvo y Luis Urbano. El Beato Juan Mendibelzúa ejerció el apostolado especialmente en Madrid; celebraba alguna vez la misa en el oratorio particular del presidente de la República Niceto Alcalá Zamora. El Beato José Domingo Gafo fue profesor en Colegios, y también en el Estudio General de San Esteban de Salamanca, donde enseñó teología moral; escribió mucho y bien en la revista Ciencia Tomista, y adquirió merecida fama en el apostolado social. El Beato Manuel Gutiérrez Ceballos misionó en el Perú y de igual modo por gran parte de la geografía española; cuando murió el P. Arintero enseñaba elocuencia en el convento de San Esteban de Salamanca. El Beato Francisco Calvo pasó en 1912 a restaurar la provincia de Aragón, fue regente de estudios y profesor de teología. El Beato Luis Urbano recibió, sin duda, mucho del P. Arintero; fue una de las figuras de mayor relieve que tuvo la orden dominicana en la primera parte del siglo XX; como su maestro, enseñó muchos años Sagrada Escritura, en su caso en Valencia; fundó revistas, promovió colecciones, escribió libros y predicó por España y América.

Algunos de estos Beatos mártires siguieron en contacto con el P. Arintero en Salamanca, o desde donde se encontraban destinados. Otros lo hallaron en el convento San Esteban, y alguno lo acompañó hasta su muerte en 1928. En Salamanca dio clases a los Beatos José López Tascón, que completó estudios de literatura en la Universidad Central de Madrid y colaboró en revistas científicas; Santiago Franco Mayo, que formaba parte de la comunidad de Salamanca cuando murió el P. Arintero, y se dedicó después, en Navelgas (Asturias), a la formación de niños aspirantes a la vida dominicana; Miguel Menéndez García