La espiritualidad del fraile dominico a grandes rasgos - Estudio
Fr. Julián de Cos Pérez de Camino O.P.
Además de llevar una vida ejemplar, santo Domingo sabía que era necesario predicar bien, y para ello hay que estudiar. Uno no puede aventurarse a predicar lo primero que se le viene a la cabeza, esperando que el Espíritu Santo le ilumine en ese momento. La historia demuestra con creces que se pueden decir muchas tonterías de ese modo, pues la voz de Dios puede ser confundida con otras muchas voces.
Los dominicos consideramos que el estudio es una gran fuente de inspiración divina. Para nosotros, estudiar es un ejercicio espiritual, es decir, un modo de acercarnos a Dios. Por ello santo Tomás de Aquino no nos anima simplemente a dar a conocer lo que hemos estudiado, sino a comunicar aquello que hemos contemplado. Los dominicos no nos limitamos a recitar públicamente lo que antes hemos memorizado. Hemos de predicar lo que hemos reflexionado, orado y profundizado.
Consideramos que la Verdad sale a nuestro encuentro y pone su morada entre nosotros. La Verdad existe y es Cristo conocido y reconocido en la experiencia eclesial. Una experiencia que tiene sus limitaciones, pero también sus mediaciones. El Magisterio actualiza la Verdad que continúa dialogando con su pueblo.
Cuando uno busca humildemente la Verdad con un corazón limpio y puro, la encuentra, y la disfruta interiormente, y la profundiza, y la hace suya. Y así el estudio nos guía por el camino de la conversión. Y con un corazón lleno de la Verdad que se ha estudiado e interiorizado, es posible caminar hacia Dios sin peligro a confundirnos de senda. Y ello lo hacemos movidos por el amor, que es la dimensión humana que, sin lugar a dudas, más nos acerca a Él. Pero el amor sin la guía de una inteligencia bien formada puede fácilmente desviarse y alejarse de su destino. Por ello el estudio nos ayuda a guiar nuestro corazón hacia una profunda experiencia de Dios.
Pero estudiar es también un arduo camino ascético. Qué duro resulta investigar áridos temas en los que la Verdad se esconde entre profundos vericuetos y enrevesadas ideas. Horas y horas delante de un libro antiguo o tecleando un ordenador, intentando sacar algo en limpio. Y pensamos: “¿Pero merece la pena?”. Pues sí, aunque dejemos en ello la vida, la más mínima gota de Verdad puede calmar la sed de Dios en los que escucharán en la iglesia nuestra predicación, o en la clase de Teología nuestra enseñanza.
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