La pintura forma parte de un pequeño retablo neoclásico
de la nave derecha de la iglesia. Presenta una composición
piramidal entre los dos protagonistas, y centrada en ella
la figura del Niño, equilibrada con el juego de líneas
diagonales compensadas. La línea más marcada
se visualiza en las cabezas de la Virgen, el Niño
y Santo Domingo. Colabora en esta misma dirección
los brazos derechos de la Madre y Do-mingo, que se unen
mediante la donación del rosario. Las diagonales
cruzadas se acentúan en los cuerpos de los angelillos
que arrojan flores, los bancos de nubes y el brazo izquierdo
del Santo. En la cúspide de la pirámide
se encuentra la Virgen sentada, que se recorta sobre el
celaje celeste. El escalón del primer plano, destaca
la horizontalidad de la base, lo mismo que el pavimento
en penumbra. Sobre el peldaño se adivina una pilastra
arquitectónica para indicar el lugar sagrado donde
se realiza la escena. Toda la fuerza expresiva se concentra
en las tres figuras, sobre todo en la postura ascensional
de Santo Domingo, con devota inclinación de todo
su cuerpo. Sobre el regazo de la Madre se halla el Niño
Jesús, que parece flotar en el aire. Las miradas
de ambos se entrecruzan, con elegantes gestos. La incidencia
de la luz oblicua refuerza la caída descendente y
su diálogo gestual. Los tres ostentan aureolas
en forma de nebulosa con un punto de resplandor en su eje,
detalle iconográfico propio de los pintores de la
Escuela Madrileña. Por el fondo celeste surcan ángeles,
con azucena y corona de rosas, juntamente con diversa cabezas
de angelillos que rodean la escena. Contrasta cromáticamente
el clima luminoso de la parte alta, con las tonalidades
oscuras de la zona baja. Donde termina el escalón,
emplaza al perro con la tea encendida, iluminando la esfera
simbólica del mundo.