La enunciación del título predispone a una
escena un tanto atípica, que el pintor quiere darle
unidad conceptual y pictórica aunque no lo consiga.
La composición rezuma un aire de primitivismo. La
Virgen y Santo Domingo centralizan la atención, donde
cada uno de los cinco santos ocupan las parcelas asignadas.
La Virgen y los Santos están pintados a escala proporcional
distinta de Santo Domingo. Sitúa la escena en un
clima etéreo, entre celeste y dorado con una organización
de formas diversas que separan a sus integrantes. Cada uno
ocupa su lugar sobre bancos de nubes irregularmente distribuidos.
La parte alta se reserva para la Virgen María, sentada
entre nubes, como Madre de la Orden de Predicadores, vestida
con túnica oscura y manto azul. Su rostro dibuja
una forma ovalada, con la mirada hacia abajo, y la cabellera
que cae sobre sus hombros. Tiene las manos extendidas, haciendo
la presentación del hábito de los Dominicos,
no muy bien definido. A ambos lados, dos ángeles
en vuelo acrobático coronan a la Virgen como reina.
De los antebrazos y manos de los ángeles cuelgan
diversos rosarios. A los extremos de la Virgen, se inicia
las distribución jerárquica de los santos
dominicos. Todos toman parte en la escena, mirando hacia
el centro. Iniciando su lectura por la derecha, el primero
es San Pedro de Verona, mártir de la fe, mantiene
con las dos manos un estandarte sobre el que se lee el lema
distintivo de su vida: FIDES. En el lado opuesto, se encuentra
San Antonino de Florencia con la mitra episcopal sobre su
cabeza y el letrero: PAUPER. A la derecha, figura Santo
Tomás de Aquino, con el letrero escrito: SAPIENTIA.
A la izquierda, aunque ligeramente más elevado, se
halla San Vicente Ferrer y la palabra que lo identifica:
IUDICIUM. Finalmente, en el ángulo izquierdo bajo,
Santa Catalina de Siena con el epígrafe: COR MUNDUM.
Toda esta galería de santos, enmarca la imagen de
Santo Domingo, de pie, sobre nubes, que se dispersan entre
los diversos santos. Es el protagonista de la composición,
por la proporción que le ha concedido. Mantiene con
la mano derecha la cruz patriarcal y la izquierda un libro
abierto. A sus pies, se revuelve el perro con la tea, mirando
hacia él. Toda la pintura adolece de indefinición
iconográfica, de primitivismo, y de deficiencia de
dibujo.