Una ola de estupor e indignación ha recorrido estos días nuestras conciencias. La noticia nos la han ofrecido los medios puntualmente y, pese a los muchos interrogantes que quedan por resolver, la sorpresa nos lleva a preguntarnos cómo pueden suceder cosas así. Un hombre de 73 años ha estado abusando de su hija, secuestrada para su personal provecho, durante veintitantos años.
Tras la sorpresa uno entiende que, ante hechos de este calibre, haya muchos hombres que pongan bajo sospecha las teorías que hablan de la bondad innata del ser humano. Parece claro que tanto la bondad como la miseria surgen de nuestras propias entrañas y uno no se sorprende de que muchos psiquiatras pongan entre paréntesis la incondicionalidad del amor maternal o paternal.
¿Cómo llega una persona a disociar tan abiertamente su realidad? Seguro que el tal sujeto, un ingeniero, desarrollaba su trabajo perfectamente. Posiblemente sería un hombre cumplidor y sus vecinos dirán que era una persona de quien no se podía esperar semejante monstruosidad porque, sin duda, era muy educado y trataba con atención a niños y ancianitas.
Parece claro que hay una capacidad enorme en la persona para diversificar su proyección exterior y saber compatibilizar conductas irracionales con otras que para nada muestran dicha irracionalidad. Este sujeto ha sabido mantener perfectamente separadas ambas conductas. La personal, con sus aberraciones y monstruosidades, y la social perfectamente encajada en los esquemas que de él se esperaban.
¿Cómo justificar ante sí mismo todo esa contradicción? Difícil saberlo. Seguramente hablará de impulsos que nunca pudo controlar, por tanto patología al canto; o bien, en el fondo, piense que su cuerpo es suyo y hace con él lo que quiere, o sencillamente que las apetencias de sus instintos le han llevado a dar rienda suelta a cuanto creía necesidad irreprimible. Las consecuencias que se seguían de todo ello no entraban en su cabeza. Pensando solo en sí mismo todo estaba justificado.
Su hija, maltratada y destinada a padecer cualquier disfunción, quedará marcada para siempre con interrogantes que nadie podrá resolver. En estos casos surge siempre la misma cuestión. Y es que, si no hay nadie ante quien responder de mi comportamiento, éste puede dejarse guiar por las conductas más extrañas y depravadas que siempre encontrarán justificación. Al fin y al cabo, yo me convierto en mi propio juez y, aunque a los demás repugne semejante conducta, desde mi condición de juez seré benevolente y absolveré mis actos, máxime si éstos no van a encontrar nunca jueces externos. A Dios gracias, hay un juez y habrá unos jueces ante quienes tendrá que responder, aunque hechos así nunca puedan tener respuesta. El ‘majora videbitis’ sigue llegando a nuestra puerta, por desgracia.