Santo Domingo de Guzmán
1173-1175   1221

“La fuerza de la Palabra y el ardor de la Contemplación”

 

 

 

Este castellano, nacido en Caleruega –Burgos- entre 1173 y 1175, es sin duda el “Gran Místico” que suscitó el Espíritu Santo a la Iglesia, para que el Evangelio echara a andar con fuerza y coherencia en una hora en la que la fuerza de la espada, del prestigio y de las pompas eclesiales ahogaban el más noble y auténtico espíritu evangélico, ignorando el mensaje liberador del Evangelio, su austeridad y su sello de “bienaventuranza” tal y como los había predicado y vivido Jesús de Nazaret.

 

 

 

 

Su genial intuición fue la de saber conjugar la vida contemplativa-orante, enriquecida con el estudio de la Verdad Sagrada, con la predicación del nombre de Jesucristo, desde la pobreza (en mendicancia y austeridad) y la autenticidad de vida. Bien pronto, comprendió, el joven Domingo, que las palabras pueden, tal vez mover algún corazón, pero que son los ejemplos los que “arrastran” y comprometen vitalmente con la causa del Reino, que es la causa de Jesús y la causa de los pobres. Por eso, puso a la obra  de la predicación, el sólido fundamento de la vida contemplativa de las hermanas, de la “mujer orante”. Prulla, la “Casa de la Predicación”, fue el hogar en el que, al calor y al abrigo de la fraternidad de los hermanos y las hermanas, se fraguó el anuncio de la Palabra de la vida –la predicación de la verdad – que ello harían en el nombre de Jesucristo más allá de los límites del monasterio, siempre con la ilusión de ir a los más olvidados y lejanos, “a los cumanos”.

 

 

Prueba de sus convicciones profundas fueron las opciones que tomó Domingo ante las que nada ni nadie podían hacerle retroceder, y que quedaron plasmadas en las siguientes frases salidas de su boca, pero forjadas, maduradas en su corazón orante, en la intimidad de la noche donde se daba cita el santo con su Dios:

 

Con los pies descalzos salgamos a predicar”. De este modo persuadía a sus acompañantes de la importancia de predicar desde la pobreza, en contraposición a la pompa y boato de los legados pontificios. Había que cambiar la idea de “conquista” por la fuerza a la de la convicción por la autenticidad.

 

Si alguien enseña a los frailes que faltar a las observancias es pecado, yo mismo iré sin demora por los claustros raspando todas las reglas con su cuchillo”. Respeta y pide que se respete lo que libremente se profesó, pero con idéntica libertad y firmeza deja bien claro que las observancias en la Orden no obligan bajo pena de pecado, puesto que son “medios”, necesarios, pero “medios.” Son una ayuda para vivir el ideal y no un código moralizante para medir la respuesta y la fidelidad.

 

El trigo amontonado se pudre. Cuando pretendieron disuadirlo ante su decisión de dispersar a los frailes. Y agregó: “Dejadme, yo sé muy bien lo que me fago”. Revela su confianza en la providencia y la audacia de su fe: Dios da la fuerza y el crecimiento.

 

Tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria”. Es este su testamento espiritual, legado en el momento de su muerte a los frailes.

 

El 6 de agosto de 1221 rodeado de sus frailes, en el Convento de Bolonia, Domingo entra en la Vida eterna. Fue canonizado por Gregorio IX el 3 de julio de 1234.

 

 

 

 “Padre Domingo, Maestro de la Verdad y discípulo orante de Jesús, enciende en la vida de tus hijos e hijas el fuego del amor. Haz que arda en nuestras entrañas el deseo de anunciar el Nombre de Jesucristo y de proclamar su fidelidad con nuestra vida. Revélanos el secreto de tu intimidad con Dios y ayúdanos a vivir sumergidos/as en el Misterio, iluminando las realidades presentes. Por Jesucristo Nuestro Señor.”